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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 457 | Abril 2020

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Nicaragua

Carta de un joven poeta a Ernesto Cardenal

Querido padre y amigo: Esta larga carta nunca la abrirá porque nunca se la podré enviar. La escribo sólo para despedirme de su último adiós. Estoy en deuda con usted… Nunca olvidaré su adusta mirada tierna de niño espiritual atrapado en el cuerpo de un anciano imperecedero cuando leyó mis versos, cuando me contó de su trabajo como escultor… Yo nunca pensé que usted iba a morirse…

William Grigsby Vergara

Mi primer contacto con su obra fue a los 15 años, cuando encontré una edición de “Oración por Marilyn Monroe” en la mesa de noche del cuarto de mi abuelita Myriam, una de sus grandes lectoras, que lleva el nombre de uno de sus amores de juventud. Ese libro tocó mis primeras fibras literarias. Fue hasta después, cuando tenía 18 años y recién salía del Colegio Centro¬amé¬rica, que me sentí profundamente iluminado por su vasta obra universal.

Todo comenzó cuando iba caminando hacia la UCA una mañana soleada cuando me detuvo el rótulo de las oficinas del Centro Nicaragüense de Escritores. Decidí entrar y comprar un libro suyo, “Salmos”. Me gustó por tan antisolemne: una barata edición de bolsillo. Aquel librito cambió mi vida.

En la portada del librito que compré usted aparecía celebrando misa en Solentiname con la barba tupida, el pelo blanco, las gafas gruesas, las manos sobre el cáliz y la hostia. Recuerdo la foto, tan coherente con los versos que leí. Me sorprendió su lenguaje claro y directo, auténtico y lúcido. Y sentí que yo quería escribir como usted. Así empezó mi vocación literaria: queriendo imitarlo... aunque nunca pude.

DESDE ENTONCES, LE AGRADECÍ...


Desde entonces empecé a visitarlo. Usted me recibía, muy interesado en lo que yo escribía. Le llevé un fajo de poemas malos, como todos los malos poemas que uno escribe cuando es adolescente. Usted corrigió lo que pudo con mucho detalle. Le debo haber inspirado alguna nobleza. Si no, creo que me los hubiese devuelto, rechazándolos. Pero no, me dijo que “miraba futuro” en algunos de mis versos. Desde entonces me sentí profundamente agradecido con usted.

Ese mismo año 2003 nos encontramos en Cuba, cuando le dedicaron la Semana del Autor en La Habana. Yo estaba en la isla por motivos de salud y fui a su recital, pero casi no pudimos hablar porque al terminar lo rodeaba la prensa y una multitud de jóvenes le solicitaba fotos y autógrafos.

Volvimos a coincidir cuando participé en el Concurso Internacional de Poesía Joven Ernesto Cardenal 2005. La premiación fue en el paraninfo de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, la UNAN-León. Aquel día, Claribel Alegría, miembro del jurado y gran amiga suya, mimaba con particular cariño al ganador, nuestro querido Francisco Ruiz Udiel, quien se nos fue a destiempo en un trágico desenlace.

YO QUERÍA EXPLORAR LA RELACIÓN
ENTRE SUS POEMAS Y SUS ESCULTURAS


Años después tuve la oportunidad de prologar una presentación de sus esculturas en Galería Códice, la que sería su última exposición en Managua. Varios años después decidí hacer mi tesis de maestría sobre aquellas esculturas, de las que se habla menos que de sus poemas. Me interesaba explorar la relación entre su obra escultórica y su obra poética.

Para la tesis nos entrevistamos un par de veces en su oficina en Managua. Y de nuevo, como hacía años, sentí su apoyo en lo que yo hacía. La primera entrevista fue en enero de 2014, cercano su cumpleaños 89. Me dijo que, aunque cada vez trabajaba con más empeño, por la edad esculpía me¬nos. “Ya no tengo mucho que decir, pero sigo trabajando”, me dijo, y eso me pareció admirable.

Aquel día me contó que desde niño, cuando estudiaba en el Colegio Centroamérica de Granada, ya hacía figuritas. También, siluetas en el barro que dejaban las lluvias. Que siempre tuvo afición de modelar. Me contó que cuando estudiaba en la Universidad de Columbia, en Nueva York, hizo esculturas pequeñitas en cera y plastilina y al regresar a Nicaragua se las mostró a Rodrigo Peñalba. “Le gustaron mucho”. El maestro Peñalba, padre de la pintura moderna en Nicaragua, se las enseñó a José Gómez-Sicre, director del Museo de la Unión Panamericana, que ahora se llama OEA. Gómez-Sicre andaba recorriendo América Latina, buscando pinturas y esculturas para una gran exposición que se llevaría a cabo en Washington. Escogió algunas de las suyas, le pidió que las trabajara en mayor tamaño y más profesionalmente. Y así llegaron a la exposición. Desde entonces usted no sólo escribió, también se dedicó a esculpir.

Sus primeras esculturas en gran formato fueron un repertorio animal: tapires, lapas, tucanes, tigrillos, zanates, quetzales, peces... También pintó al óleo, pero lo que hacía no les gustaba mucho a Peñalba y a Armando Morales, los grandes pintores de Nicaragua. Finalmente, dejó la pintura.

“SOY UN AUTOR INSTINTIVO”


Cuando empezó a hacer esculturas más grandes, Fernando Saravia, profesor de escultura en la Escuela de Bellas Artes de Managua, lo corregía y le daba orientaciones. Saravia era pintor y escultor. Fue su maestro en la escultura, el único que tuvo. Le enseñó a manejar el yeso y, sobre todo, mejoraba su estilo: “A veces mis líneas eran vacilantes y Saravia me ayudó a pulirlas, a realizar curvas y rectas bien definidas”.

“Soy un autor instintivo”, me dijo usted. Sus esculturas tienen cierta afinidad con las de Brancusi y Giacometti. Me dijo que a Brancusi lo conoció después de haber encontrado ya su personal estilo. “Vi en él un parecido con lo que yo hacía y eso me gustó, lo de él era menos abstracto, más representativo, pero en la misma línea de simplificación y estilización”. También hizo algunas obras en alambre y hierro, inspiradas en Giacometti después de encontrar su propio camino. Pero fue apenas una exploración, porque pronto regresó a sus animales tallados en madera.

UNA ESCULTURA MUY MODERNA


En aquella primera entrevista para mi tesis le pregunté sobre la relación entre su poesía y su escultura. “Hay cosas en común”, me dijo. Y era así: la simplicidad de su poesía era como la simplicidad en su escultura. El minimalismo que algunos miraban en sus esculturas también estaba presente en sus poemas. Eliminar los adornos y dejar muy sobria la figura y la palabra: eso estaba en su escultura y en su poesía.

También, la influencia de lo popular, de lo indígena. El mundo precolombino “y el de los indígenas de nuestro tiempo, como los de Nagarote, me inspiraron”. Usted bebió de las culturas de otros pueblos primitivos. “Los esquimales, por ejemplo”. Las esculturas de pueblos de Oceanía y de África también fueron abrevaderos para usted y algunas de las esculturas de los indígenas mesoamericanos, las más simples, lo influenciaron mucho.

Yo le dije lo que pensaba: que su escultura era muy moderna. “Tenés razón”, me dijo. Y me explicó que las estilizaciones que hay en la escultura y en la arquitectura del mundo moderno eran similares a las suyas. En ellas, la curva, el arco, lo esférico se repiten. En autores como Zaha Hadid, Henry Moore o Santiago Calatrava se ven esas formas.

“AQUELLA LECCIÓN ME MARCÓ PARA SIEMPRE”


Hacia los años 50 usted esculpía cabezas de muchachas, desnudos y torsos femeninos. También hizo una escultura de Santa Teresita. Y cuando vivió como monje trapense en la abadía de Nuestra Señora de Getsemaní, en Kentucky esculpió cristos, vírgenes y monjes.

“Una vez le dije a mi maestro de novicios, Thomas Merton -me contó-, que yo tenía el escrúpulo de hacer esculturas que no eran religiosas, sino las que había hecho toda mi vida, de animales. Merton me dijo que también los animales eran un motivo religioso, que eran la Naturaleza y la Creación de Dios las que yo reproducía. Me dijo que no tenía por qué haber una diferencia entre lo sacro y la vida cotidiana. Fue una lección que me dio Merton y me marcó para siempre”.

Finalmente, le atrajeron particularmente las formas de los animales, en donde veía puras curvas: “Si te fijás en sus patas son arcos y más arcos”. En el tiempo en el que lo entrevisté me dijo que estaba “trabajando más las plantas”. Y cuando le pregunté su opinión sobre el arte conceptual y sobre las instalaciones, fue categórico: “No me gustan, no les encuentro sentido”.

LAS GARZAS DE SOLENTINAME
Y LAS CURVAS DE LOS DINOSAURIOS


En diciembre de 2016 volví a entrevistarlo, siempre en Managua. Esa vez usted me dijo que le gustaba mucho esculpir garzas. “Por su cuello, siempre lo están moviendo”. Las garzas, tan abundantes en Solentiname, mueven el cuello en todas direcciones, lo retuercen, lo alargan, lo recogen, siempre toma formas diferentes.

Me contó cómo era el proceso creativo de sus esculturas: “Empiezo dibujando en el papel con un lápiz, de forma espontánea y automática hasta que una figura me sale completa, por azar. Es algo muy instintivo. Los estilizo, así me salen... Cuando ya tengo el dibujo hago una réplica, en chiquito, sobre todo con las garzas y los animales cuadrúpedos, zorros o gatos. A veces los pinto. Casi siempre, últimamente, cuando trabajo en madera se lo doy a un carpintero para que lo haga más rápido y más fácil con materiales que yo no tengo”.

A sus 91 años seguía esculpiendo animales. “Hace poco -me contó- hice un pato aguja en madera. Iba yo en un bote a Solentiname y vi al pato en el lago, y pensé que esa forma la podía hacer en una varilla. Lo concebí así y así lo hice, blanco y negro. Lo dibujé de memoria”. Otra de sus aficiones era esculpir dinosaurios: “Tienen una forma muy caprichosa y muy escultórica. Sus curvas me llaman mucho la atención”, me dijo con la pasión del artista.

SU APENAS MENCIONADA OBRA ESCULTÓRICA


A pesar del enorme interés que despertó siempre su obra poética en todo el mundo, fue casi nulo el interés en un diálogo intertextual entre su escultura y su poesía. En mi tesis de maestría repasé algunos de los autores que habían comentado, reseñado o criticado su obra poética en artículos, prólogos y antologías. Y encontré autores nicaragüenses y extranjeros que resaltaban siempre sus virtudes extraliterarias, especialmente su compromiso ético con los más desfavorecidos, el carácter innovador de su poesía revolucionaria y de su poesía científica, lo que le hizo a usted merecedor de muchos reconocimientos, los principales el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2009 y el Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía 2012. Sin embargo, su obra escultórica apenas era mencionada.

Descubrí que había un gran vacío en la vinculación entre las dos expresiones artísticas en las que usted destacó, la escultura y la poesía. Creo, hasta me permito asegurar, que eso se debe a la escasa promoción de sus esculturas en el extranjero: de las 29 exposiciones individuales que se hicieron en más de noventa años, sólo 8 fueron en el extranjero, el resto siempre en Nicaragua.

“PLEGARIAS EN BRONCE Y MADERA”


Luce López-Baralt, la estudiosa más importante en su faceta de místico, sí se refiere explícitamente a su obra escultórica. En su libro El cántico místico de Ernesto Cardenal afirma que usted “también expresa su experiencia infinita a través de las artes plásticas, que van desde sus célebres crucifijos de lava y sus monjes estilizados hasta sus magistrales formas vegetales y animales (cactus, garzas de cuello alargado, peces de Solentiname), que sin querer se le convierten en plegarias en bronce y madera”. “El poeta -concluye ella- ce-lebra con sus piezas policromadas toda la vida exuberante que el Dios creador ha hecho evolucionar de una sola célula sagrada”.

López-Baralt rescata muchas reflexiones interesantes, en las que oración espiritual y trabajo escultórico dialogan entre sí. Yo quise ir un poco más lejos y establecer un vínculo más estrecho entrevistándolo a usted para entender mejor esa relación. Y en mi búsqueda, sólo encontré tres autores que han comentado su obra escultórica con algo más de profundidad, desde su primera iconografía cristiana hasta la iconografía silvestre: la española crítica e historiadora del arte María Dolores Torres, y los nicaragüenses Mercedes Gordillo, escritora, y Julio Valle-Castillo, poeta y crítico de arte.

En el primer artículo que leí sobre su obra plástica, escrito por María Dolores Torres, usted se nos presenta “en la línea de la figuración y, a pesar de su estilización y la omisión de lo que considera accesorio, es evidente el parecido que mantienen sus trabajos escultóricos con las formas naturales, a pesar de estar reducidas a su más pura esencia”. En otros textos sobre su trabajo, Torres presenta una visión cautivadora de sus obras, aunque no las hace dialogar explícitamente con su obra poética.

El aporte de Mercedes Gordillo es breve: “La escultura de Ernesto Cardenal proviene del elemento terrestre y lacustre. En mística oración extrae formas, movimientos, colores y esencias de magia primigenia. Obra de amor humilde, auténtica, culta. Poesía material abierta a la diversidad, al espacio orgánico y silente. Siempre persiguiendo la forma más cercana a la verdad, la belleza, que es lo mismo que decir el Eros Perfecto o el Amor”.

“ES POESIA–IMAGEN, IMAGEN–POEMA”


Es julio Valle-Castillo quien hace el aporte más interesante en un texto escrito sobre su obra escultórica, en el que por fin vemos una aproximación intertextual entre su poesía visual y su escultura.

“Aunque Cardenal es valorado y conocido como poeta -dice-, es todo un escultor con un sitio casi solitario en el panorama del arte en Nicaragua. Se ha dicho con ligereza que el exteriorismo, tendencia de la cual Cardenal ha sido cultivador y teórico principal, desdeña las metáforas, las figuras, las imágenes verbales y conceptuales. Pero no, el exteriorismo, como su mismo nombre lo indica, propugna, en un afán de absoluto verbal, por lo exterior como forma, hacer del poema un objeto, poesía-imagen, imagen-poema. No en vano los recursos estilísticos de Cardenal: la ortografía decorativa, siglas y signos, números y petroglifos -como los ideogramas chinos que amaba su maestro Pound-, y la gama cromática entre los elementos descriptivos de sus poemas, están presentes en toda su obra. El acto poético de Cardenal ocurre en el ojo, poesía plástica”.

Sólo Valle-Castillo traza el puente necesario entre su poesía visual y su obra plástica. Él, poeta y pintor, logra ver de manera integral los dos oficios a los que usted dedicó su polifacética vida.

OBRAS VANGUARDISTAS
EXPUESTAS SILENCIOSAMENTE


Si bien es cierto que existen otros escultores destacados en Nicaragua, como Jorge Navas Cordonero o Edith Grøn, el sitio que usted ocupa es el más singular por dedicarse a esculpir animales y plantas en un país en donde predominaban las esculturas de próceres históricos.

Otros contemporáneos suyos fueron importantes artistas visuales: Patricia Belli, Luis Urbina, Orlando Sobalvarro, Miguel Ángel Abarca, Alberto Gutiérrez, Noel Flores, Leónidas Correa, Aparicio Artola, Ilce Ortiz de Manzanares... Sin embargo, la obra suya no tiene precedentes en Nicaragua.

Usted se retiró del mundo, esculpía en la intimidad y con sus obras vanguardistas, expuestas silenciosamente, hizo un aporte artístico enorme, desafiando la cultura del descarte en la que hoy vivimos, donde la chatarra que producimos tiene más valor que la materia orgánica como la madera.

UN ORFEBRE LÍRICO,
UN CLÁSICO CONTEMPORÁNEO


Usted recicló en arte la materia elemental creando un arte propio. Se puede decir que su obra, además de ser moderna, es profundamente rupturista: superó los motivos cristianos que dominaron la escultura en Nicaragua hasta inicios del siglo 20 y en su solitaria labor de creador instintivo no buscó crear para las plazas públicas. Fue a lo elemental: esculpir un insecto o un cactus con materiales básicos: arcilla, madera, chatarra, pintándolos al final con pintura para autos.

Usted creó y se recreó, fue un orfebre lírico con los materiales con los que jugó desde niño. Su obra poética y escultórica subvierte la tradición desde la modernidad, cuestiona la modernidad desde lo primitivo y es original desde lo instintivo. Usted, querido padre y amigo, logró encarnar su propio producto artístico. Pienso que cada uno de sus poemas y cada una de sus esculturas es biográfica: nos hablan de usted como ser humano. Hay en su legado un artista que toca la fe de su espectador. Y aun si el espectador no comulga con usted, es capaz de conmoverlo.

En su obra ha logrado crear una “nueva aura moderna”, devolviéndole así lo sagrado a la materia. Y lo hace con esa rareza que usted también alcanzó: representar el amor en la materia cósmica, cuando se supone que la naturaleza cósmica sólo la abarca la mirada fría del científico retirado en su laboratorio, incapaz de mirar besos donde sólo hay condensación de gases. Esto lo hace también un artista de ruptura y un adelantado a su epoca. Toda su obra se resiste a ser efímera y desde la poesía y la escultura usted ya es un clásico contemporáneo.

EN MÉXICO, CELEBRANDO SUS 90 AÑOS


Estando en México, donde cursé mi posgrado y presenté mi tesis sobre su obra escultórica, tuve la oportunidad de conocer a muchas personas que se sentían deudoras de su legado humano y literario, personas de todas las edades y de diferentes nacionalidades que daban seguimiento a todo lo que usted hacía y decía desde Nicaragua.

Lo recuerdo agasajado por el público mexicano, particularmente por los jóvenes, en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México, donde celebró sus 90 años de vida. Ese lugar, símbolo de cultura para toda América Latina, le abrió las puertas para que allí brindara un recital. En México, el país que siempre consideró su “segunda patria”, empezó su aventura literaria como estudiante de Filosofía y Letras de la UNAM. Allí conoció a Octavio Paz, a Xavier Villaurrutia y a León Felipe, quien cuando lo vio a usted por primera vez encontró en sus ojos de cervatillo nervioso la mirada de un poeta ensimismado y con cariño lo llamó siempre “mi angelical amigo”.

Yo pensé, querido padre y amigo, que usted nunca iba a morirse. Yo miraba que pasaban los años como novias infieles que le iban robando la edad, pero usted no se moría nunca y creo que, en realidad, usted nunca se murió, aunque los diarios de todo el mundo hayan hecho crónicas luctuosas sobre su desaparición física. Creo que lo que ha pasado es que usted experimentó una metamorfosis: un trance de hombre a espíritu…

TAN GRANDE COMO ESA ESCULTURA


No recuerdo quién decía, sabiamente, que uno es del tamaño de lo mejor que ha hecho. Y cuando veo la gigantesca escultura de Sandino que usted hizo, esa silueta que se dibuja sobre el cielo de Managua, y que Managua contempla todos los días en la cúspide de la Loma de Tiscapa, donde antes estaba el ominoso palacio presidencial de Somoza, pienso en su verdadera estatura. Ahora que usted está más cerca del cielo que nosotros, seguramente nos mira desde ella. Querido padre y amigo, usted es tan grande como esa obra suya, y como toda su obra, una obra que nos rebasa.

Usted fue el único nicaragüense capaz de hacer que los muertos se levantaran con solo nombrarlos. Usted, que profetizó la caída de Somoza, tenía sangre de iluminado, igual que su hermano Fernando, quien profetizó que algún día “los jóvenes de Nicaragua saldrían de nuevo a las calles para hacer historia”. Y así sucedió en abril de 2018. Usted, que contiene multitudes, como diría Walt Whitman, uno de sus grandes maestros, fue también un sacerdote que anunció y denunció las injusticias cometidas por los tiranos, los corruptos y los poderosos. Hoy le debemos la sagrada escritura del quinto Evangelio, el Evangelio de Solentiname, traducido a más de veinte idiomas, donde la teología, la poesía y la contemplación de la Naturaleza se funden con las islas del Cocibolca, el gran lago dulce de Nicaragua.

UN ETERNO ENAMORADO DE DIOS


Lo recordaremos, padre y amigo, porque también le dio voz al poeta niño de la Revolución, al prodigioso Leonel Rugama, quien escribió ese poema eterno que es “Como los Santos”. Usted también fue inspiración para que Leonel escribiera todo lo que escribió con apenas veinte años, antes de que la guardia somocista pretendiera silenciarlo a tiros.

Usted inspiraba esa rara esperanza que contagian los elegidos. Yo siempre lo miraba con su joroba espiritual y su silencio acumulado por la edad, terco y dulce, duro como un roble y yo me decía a mí mismo: el padre nunca va a morirse, el padre Cardenal es como sus propias esculturas, sólido, claro, esencial. No hay adornos, no hay amagues, no hay barroquismos en él. Todo lo que hay en él es la síntesis de un cosmos inabarcable, incuantificable líricamente.

Cuando ya con 80 años empezó usted a visitar a los niños leucémicos del hospital La Mascota, era el maestro necio y necesario, tenaz y paciente con sus discípulos. Inventó hacer talleres de poesía con niños y niñas que tenían un futuro tan incierto y a esos niños enfermos de cáncer, aburridos de transfusiones, inyecciones y sueros, usted les despertaba la imaginación y les regalaba así el futuro que sus padres no podían darles porque además de niños enfermos eran niños pobres.

Lejos de las cámaras y los reflectores, sin la intención de ser notado, pero con su notable presencia, usted se entregaba ciegamente a los demás, como los enamorados. Creo que usted siempre fue un eterno enamorado de Dios: amaba sin esperar amor a cambio, como casi nadie ama en esta vida.

SU BOINA NEGRA ES LA CÚPULA
DE LA CATEDRAL DE LA POESIA NICARAGÜENSE


Siempre he pensado que Rubén Darío, Alfonso Cortés, Joaquín Pasos y Carlos Martínez Rivas son las cuatro columnas que sostienen la Catedral de la Poesía Nicaragüense. También he pensado siempre que su boina negra es la cúpula de esa catedral.

Esa cabeza lúcida, querido padre y amigo, la mantuvo usted hasta el final. Esa barba suave y esa cotona, blancas como su alma celestial, ese perfil de sacerdote sui generis que se mantuvo al margen del oro acumulado por el Vaticano, también los mantuvo hasta el final. En 1983, usted, arrodillado ante el Papa se miraba más alto que él. Usted, que supo sostenerse incólume y sonriente ante al dedo acusador del Sumo Pontífice que lo sancionaba ante los ojos del mundo, nunca perdió la humilde sonrisa llena de gracia de aquel día.

Usted, querido padre y amigo, que dormía en una hamaca y caminaba siempre con sandalias, austero, parco y huraño, no dejó nunca de lado su vocación espiritual y su temple solidario, pese a la suspensión a divinis con que le castigaron y que finalmente le levantó el Papa Francisco en su lecho de enfermo.

Hoy usted se expande con el universo y sus metáforas cósmicas danzan con los planetas que gravitan alrededor del sol entonando la música de las esferas. Usted que decía que tenía mal oído y no servía para los cánticos del coro del monasterio trapense, nos legó tanta música en sus poemas porque usted podía escuchar nítidamente los murmullos de Dios en su alma para luego traducirlos en poesía.

LO QUE NOS QUEDA


Sacerdote, poeta, escultor, apóstol de la iglesia campesina de Solentiname, teólogo de la liberación, pero sobre todo ser humano que siente y empatiza con el otro, con los otros, con los nadies, con los orillados por el sistema que le rinde culto al dinero, usted, padre y amigo, es inclasificable.

Ahora su alma convive con las almas de los muertos que no tienen sepulcro porque sus tumbas son el territorio nacional. Ahora usted se une a tantos cipotes caídos en tantas batallas y forma parte de la constelación de héroes y mártires que inspiraron y siguen inspirando al pueblo de Nicaragua, que todavía no conoce el verdadero sabor de la paz duradera.

Nos queda su tributo a Laureano Mairena, a Donald Guevara y a Elvis Chavarría, entre tantos otros caídos en combate, y su tributo a Alvarito Conrado y a los de esta etapa de lucha.

Nos queda la conmovida oración que escribió en Antioquia por esa muchachita que soñó con ser estrella de Hollywood y a la que la industria cinematográfica le saqueó su cuerpo ante millones de espectadores pasivos alrededor del mundo.

Usted, padre Cardenal, secretario de Dios, que escribía todo lo que Dios le dictaba desde que Dios se le reveló aquel sábado 2 de junio de 1956, según cuenta en sus Memorias, nos deja un patrimonio tan grande como su amor al cosmos. Nos deja sus Epigramas y sus Salmos, convertidos en un clamor continental. Nos deja el ejemplo de las privaciones y sacrificios que exige la utopía cristiana, la que usted abrazó con tanta pasión.

Ahora, durante las noches más oscuras, podremos sacar los telescopios y mirar su blanca sonrisa brillando en el cielo como un cometa que deja una estela inefable. Querido padre y amigo, yo pensé que usted nunca iba a morirse. Hoy sé que no se ha muerto. Padre Ernesto Cardenal, ahora que ya está allá, donde los violines del éter pulsan su claridad, conteste usted la llamada de Marilyn Monroe.

ESCRITOR.

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