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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 112 | Marzo 1991

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Centroamérica

La cosecha de los años ochenta

¿Qué queda de una década que comenzó con el triunfo de la revolución sandinista y con todos nuestros pueblos en efervescencia? ¿Será que de tan laboriosa siembra nada se ha cosechado?

Equipo Envío

Al comenzar a escribir la coyuntura de Centroamérica en 1990, parecería que se nos imponen las tintas negras y los presagios aterradores.


En Nicaragua, el modelo de la revolución popular sandinista no resistió la prueba de fuego de su segundo proceso electoral en una década. Sus errores y el despiadado y complejo acoso del imperio norteamericano lograron que el pueblo nicaragüense lo considerara, por el momento, inviable.

Los asesinatos de los jesuitas en la UCA de El Salvador mostraron que el sistema capitalista periférico y el militarismo imperialista que lo sostiene no están dispuestos a tolerar un pensamiento libre, critico y que de razones a la esperanza de los pobres, proponiéndoles alternativas creativas.

En las postrimerias del primer régimen civilista en 20 años, los militares en Guatemala desenmascararon una vez mas su verdadero rostro, al desencadenar, clandestina y oficialmente, unos niveles de violencia cercanos a los que aterrorizaron al pueblo a comienzos de los 80.

Así, en los tres países centroamericanos en los que las alternativas revolucionarias han tenido mas vigor, su vigencia se halla cuestionada por la envergadura de los costos que imponen al mismo pueblo en favor del cual se plantean. A esto se viene a sumar el derrumbe del socialismo europeo y - a menos que los generales y los burócratas duros del PCUS ganen la apuesta a Gorbachov, lo que seria una catástrofe para la URSS y para el mundo - y la casi virtual desaparición de la URSS como contrapeso del imperialismo norteamericano en el Tercer Mundo.

Con esto, la guerra fría, que en el Primer Mundo pierde su razón de ser, adquiere en el Tercer Mundo nuevos demonios que exorcizar: nuestros pueblos son metamorfoseados en traficantes de la muerte - por la droga o el terrorismo -, en miserables masas caóticas e ingobernables que amenazan las inversiones transnacionales y los recursos estratégicos naturales, y en invasores del medio ambiente del mundo rico, al que contaminan con una migración incontrolable.

La Guerra del Golfo pretende demostrar de una vez por todas quien manda en el mundo - en este "nuevo orden mundial" naciente - después del final de la guerra fría: los Estados Unidos. Son ellos los que están reconquistado la Organización de las Naciones Unidas y legitimando, con su autoridad tergiversada, la herramienta de sus armas de elevada y fría tecnología para imprimir al mundo un nuevo desorden al servicio de una nueva fase expansiva del capitalismo consumista de finales del segundo milenio. La sociedad de la abundancia para las minorías mundiales no tiene hoy ningún competidor creíble. Los mismos migrantes del Tercer Mundo la reciclan hacia sus países de origen cuando, junto
con sus remesas en dólares, envían también la imagen de la posibilidad de ser benditos por el "dios" de la abundancia.

¿Y los otros tres países del istmo centroamericano?

No faltan en Costa Rica luchas populares. Sin embargo, no han sido aun suficientes como para extender en el pueblo el desencanto por un modelo democrático cada vez menos capaz de repartir bienestar social desde un Estado cada vez mas sometido al dinamismo de la privatización.

En Honduras sigue todavía siendo eficaz la compra de dirigentes sindicales para dividir a sus organizaciones y frustrar su beligerancia. Continua la fragmentación de cúpulas izquierdistas incapaces de conectar su ideología con las necesidades fundamentales del pueblo y aun poco preparadas para entrar en una lucha electoral y competir por la administración de la democracia. Cuando todo lo demás falla y surge potente la protesta popular, el ejército viene en auxilio de un poder civil que no puede afrontar la huelga sino militarizando la producción.

El nacionalismo en Panamá aun no se ha recuperado de la inautenticidad y el desprestigio con que lo cubrió la delincuencia autoritaria de Noriega y de sus Fuerzas de Defensa. El hambre y la expulsión de sus puestos de trabajo de cientos de lideres sindicales han sido movilizadoras de masas en la ciudad de Panamá y en el campo. Entre los indígenas continua un proceso de organización a largo plazo, desconectado, sin embargo, de la reivindicación nacionalista.

¿Que queda entonces, cuando al comienzo de los 90 hacemos un balance de una década que comenzó con nuestros pueblos en efervescencia y con el triunfo de la revolución popular sandinista? ¿Será que de tan laboriosa siembra nada se ha cosechado? Una conclusión tan desmovilizadora no responde afortunadamente a la verdad y no resiste a un análisis serio.

Una derrota electoral liberadora

De la revolución popular nicaragüense, de la Nicaragua revolucionaria, experiencia de modelo a la vez que afirmación de utopía para el Tercer Mundo, queda, en primer lugar, una lección clara sobre los callejones sin salida por donde puede estancarse una revolución. Lo que no hay que hacer queda mas claro que nunca. Lo que no hay que hacer en una praxis histórica revolucionaria, que pretenda construir democracia en las bases de un pueblo así como asumir toda su creatividad económica y cultural.

Los elementos de esta lección fueron siendo expuestos por envío en varias ocasiones antes de la derrota, aunque no llegamos a creer que iban a causar la misma derrota. Lo liberador, ahora, no es que haya intelectuales que los señalen, sino que el pueblo esta mucho mas claro que antes de lo que no hay que hacer. La lección se ha hecho fuerza social en las masas.

El principal objetivo revolucionario no es la toma del poder del estado

El elemento fundamental de esta lección concierne al poder estatal. Un movimiento revolucionario o popular que teorice la toma del poder del Estado como captura de la plataforma mas importante para impulsar cambios radicales en la sociedad, se vera seducido y subyugado tarde o temprano por el fetichismo del poder. Esto quiere decir - hay que afirmarlo para no caer en la ingenuidad - que no es que no sea importante manejar instrumentalmente el Estado para ir profundizando una revolución. Claro que es importante. Pero la prioridad otorgada a la toma del poder del Estado llevara a ver en el Estado al gran benefactor del pueblo y a adjudicarle todo el poder, aunque se lo bautice una y otra vez como "poder popular". Se caerá así en una ceguera que impida ver en el Estado un instrumento ambiguo, capaz de conectar con la lógica de las mayorías los rumbos autónomos de asociaciones múltiples y pluralistas surgidas en la sociedad civil, pero capaz también de suplantarlas reduciendo su multiplicidad, uniformando su pluralismo y opacando su creatividad.

El problema es que así, el movimiento revolucionario se ideologiza indefectiblemente, haciéndose incapaz de tomar distancia critica de la potencialidad ambigua del Estado en su base material - los aparatos del Estado - para producir diferenciación de clases sociales con un acceso al poder desigual y desigualizante, y para aplicar esta desigualdad por medio de mecanismos coercitivos y burocratizantes que minusvaloran y erosionan la participación popular, la democracia de base. La verdad es que la participación popular - el compromiso de las organizaciones populares libremente asociadas con la construcción de una mejor convivencia social, en relación autónoma con el Estado y los partidos políticos y en conexión viva con el pueblo no organizado - es el valor fundamental revolucionario que hay en el poder. Y es el único que lograra paulatinamente hacer que el poder no sea dominación de unas minorías. Indefectiblemente, el movimiento revolucionario que se ciega ante la ambigüedad del Estado, acaba por consentir en que el poder del Estado expropie ese valor y se convierta en poder no democratizador, aunque aparezca como "poder popular", encubriendo con esta etiqueta su elitismo.

En Nicaragua el sandinismo no se liberó de la preferencia leninista por el poder del Estado como instrumento revolucionario privilegiado. Esto le hizo olvidar que Lenin, como se lee en el diario de sus secretarias, paso los últimos años de su vida de enfermo obsesionado por como detener la creciente influencia de dos burocracias estatales, que empujaban al Estado revolucionario de los soviets (los Consejos Populares de obreros, campesinos y soldados) hacia el burocratismo autoritario. La burocracia heredada del zarismo y la desarrollada por el partido bolchevique, en su afán de poblar al Estado con sus dirigentes para asegurar la herramienta de su poder, atormentaron a Lenin hasta su muerte. Vio el problema pero no pudo resolverlo, obsesionado como estaba por su estrategia de que el Partido dirigiera al Estado.

Esta misma obsesión también hizo al sandinismo pasar por alto que, para Marx, tan importante como encontrar el camino hacia la socialización (la democratización) de los recursos económicos era encontrar la ruta hacia la socialización (la democratización) del poder, como se puede ver ya en su Tesis 3 contra Feuerbach y, mas tarde, en su análisis sobre La Comuna de París y en aquel otro sobre la Critica al Programa de Gotha".

Apropiación social de la producción - en realidad de toda la economía - y apropiación social del poder son dos procesos inseparables de todo proceso revolucionario autentico y conexos con la producción de una hegemonía popular. Privilegiar el poder del Estado como instrumento revolucionario significa entender la socialización de los recursos económicos preferente e idealmente como estatización de la propiedad y también significa entender la socialización del poder preferente e idealmente como concentración estatal del poder.

Prescindiendo del contrapeso a los rasgos no democratizadores del Estado sandinista, representado por la estrategia del pluralismo político en la sociedad, no pocos nicaragüenses fueron interpretando al sandinismo como "opresor y totalitario" a partir de sus elementos no democratizadores. En el estudio de opinión publica postelectoral, realizado a los seis meses de la derrota del 25 de febrero por el Instituto de Estudios Nicaragüenses (IEN) dirigido por Paul Oquist, se descubre que así lo percibieron el 46% de los que votaron por la UNO y el 5% de los que votaron por el FSLN. Esta constelación de significado "opresor y totalitario", según lo aclararon los investigadores por medio de la técnica de la discusión en grupos enfocada con confianza sobre un tema, incluía, como contenidos concretos, elementos de control económico, de control militar y de control político e ideológico.

Los grupos mencionaban, por ejemplo, la priorización del Area Propiedad del Pueblo (estatal) y de las cooperativas de producción, los bloqueos o "tranques" del comercio interior de productos básicos, la obligatoriedad del servicio militar y la forma dura y a veces injusta como se aplicó, así como la indoctrinación de los reclutas, la centralización sindical, la estigmatización de la critica como reaccionaria o contrarrevolucionaria, los abusos de poder y la corrupción a través del favoritismo sectario.

De hecho fue también el dominio del Estado, usado sin cautela, el que facilito al sandinismo, después de la derrota, adjudicar bienes del Estado, en forma discutible y sospechosa, a personas particulares, dejando así que muchos nicaragüenses le atribuyeran un estigma de corrupción, que aun no ha sido ni aclarado ni
borrado.

Consideramos crucial este punto del poder del Estado. En el se cifra la excesiva politización de los procesos revolucionarios y desde luego - pese a todos los lemas liberales del Estado arbitro no interventor - en el se cifran las diversas formas de dominación burguesa. De hecho, aun hoy, un año después del reves electoral, el sandinismo, a través del debate abierto con que prepara el primer Congreso del FSLN, considera como principal finalidad de sus necesarias transformaciones el disponerse para reconquistar en 1996 el poder del Estado. Con ello queda - y probablemente quedará - en un segundo plano durante cerca de seis años el servicio revolucionario que el sandinismo puede y debe prestar al pueblo nicaragüense, si quiere ir profundizando su carácter popular-revolucionario.

Se trata del servicio al crecimiento del pueblo como sujeto histórico en todos los niveles, el económico, el político, el cultural y el internacional, de manera que vaya construyéndose como verdad social la estrategia de que "se gobierne a Nicaragua desde abajo", es decir desde una concepción de participación popular que asegure una practica democrática en las bases mayoritarias del pueblo.

Si así se hiciera, estos seis años no tendrían que pensarse como una transición entre dos períodos revolucionarios, sino que se verían cargados de posibilidades históricas de ir profundizando un mismo período revolucionario en otra fase de su historia. Si no se hace así, el objetivo fundamental del FSLN para 1996 - tomar de nuevo el poder del Estado - no se diferenciaría mucho del electoralismo con que sobreviven los partidos de las democracias burguesas en los períodos inter-electorales.

Entre partido leninista de vanguardia y pluralismo político hay contradicción

Un segundo elemento importante de lo que no debe ser una praxis revolucionaria nos lo ofrece la experiencia de esta década sandinista cuando miramos al carácter del FSLN como partido revolucionario. No necesitamos ya extendernos tanto. Estrechamente unida a la concepción del Estado como poder revolucionario propiamente tal, esta la concepción del partido revolucionario como vanguardia de la alianza social de clases,
cuyos intereses mayoritarios van a ser privilegiados en el proceso revolucionario. El sandinismo se enredo en una contradicción importante entre una concepción de la sociedad como económicamente compleja (economía mixta), políticamente diversa (pluralismo político) y culturalmente libre y creativa (hegemónica y no coercitivamente popular) y una concepción del partido, forjador de este programa revolucionario, como "comite ejecutivo" de la clase social única y auténticamente revolucionaria -comite ejecutivo fundido con el Estado -, es decir como una organización vertical con tendencia a unir poder y propiedad, con un poder absoluto concentrado en una dirección nacional, regional y de base no electa, y con la identidad cultural de ser la incuestionable reserva de "conciencia" revolucionaria, el único conocedor autentico de las estrategias y las tácticas revolucionarias.

Democracia para la sociedad y dictadura en el partido no son compatibles. Una u otra acaban por imponerse en la sociedad y en el partido, o a lo mas acaban produciendo híbridos de poca calidad y con contradicciones irresolubles. Mientras se considere al poder del Estado como el mejor instrumento revolucionario, la complejidad de un Estado, que se piensa debe estar en todas partes y actuar a todos los niveles de la sociedad, rivaliza con la complejidad de la sociedad civil, en cuyas articulaciones todas si esta el pueblo. El partido se ve entonces ante la alternativa de tener que escoger entre dedicarse a llenar los puestos necesarios para controlar el Estado o dedicarse a ser un fermento de organización popular en medio de las masas. Es la diferencia entre partido-destacamento de vanguardia y partido-movimiento social de masas. Esta segunda alternativa saldrá siempre perdiendo.

Una organización que no se diferencia claramente del Estado no tendrá que buscar en otra fuente la razón de por que paulatinamente obstruye los canales por los que le deberían llegar desde las bases las aspiraciones del pueblo. El Estado burocratizó al FSLN como todo Estado burocratiza a todo partido que se identifica con el, dejando así de ser movimiento social, continuamente renovado por su identificación con las mayorías populares y dedicado a fomentar en ellas sus organizaciones autónomas.

El FSLN, "comite ejecutivo" de una clase social en el Estado, perdió en su praxis histórica la complejidad dialéctica que tenía en su composición como frente-partido. No alcanzo a llegar a ser sobrio y cauteloso dirigente de un Estado condensador de los intereses generales de muy diversos grupos sociales y sintetizador, a la vez, de las aspiraciones de las mayorías populares. No logro ser el seguidor de la lógica de las mayorías en sus organizaciones autónomas, el acucioso descubridor de las aspiraciones no expresadas en formas organizativas, pero presentes en el seno del pueblo.

El desarrollo no lo hacen los grandes proyectos

El tercer elemento de una praxis revolucionaria viciada, por cuyas rutas el sandinismo ha mostrado claramente que la revolución en Centroamérica y en países similares del Tercer Mundo se empantana, es la obsesión por el rápido avance en el desarrollo económico a través de la preferencia por proyectos demasiado ambiciosos de industrialización. Estos proyectos exigen una tecnología relativamente avanzada, absorben cuadros técnicos y administrativos escasos y suponen financiamientos casi exclusivamente originados en recursos externos y cuyo rendimiento es a muy largo plazo. La envergadura de estos proyectos y su lentitud en rendimientos productivos y financieros los hacen candidatos privilegiados para la estatización. Su grandiosidad y el salto tecnológico que implican en nuestros países, confieren al Estado una especie de carácter de creador casi de la nada.

Prácticamente, lo casi divinizan, porque "la creación de la nada" pasa por ser uno de los atributos de la omnipotencia. En estos proyectos, el Estado, concebido como instrumento
revolucionario fundamental, se engrandece aun mas. Por su mediación, los revolucionarios se sienten capaces de manipular creadoramente, prácticamente en cualquier dirección, pero siempre hacia "el progreso", el mundo de la economía. El fetichismo de las fuerzas de producción encubre en el mito del progreso - mito que un cierto marxismo-leninismo comparte con el liberalismo - la realidad de las relaciones sociales de producción. Poco a poco se va olvidando que las personas y sus relaciones sociales - que hay que transformar tendencialmente hacia relaciones comunitarias - son el centro de la economía. Se olvida también que los pueblos solo pueden transformar la base material de su existencia partiendo de lo que tienen ya y de lo que ya saben, y asimilando paulatina y criticamente lo que otros pueblos han desarrollado y experimentado ya.

El sandinismo, en cambio, especuló con la creación de un eje de acumulación estatal gigantesco - en relación a nuestras proporciones - y descuido el refuerzo solido y constante de los grupos sociales ya productivos mas importantes del país: el campesinado, la pequeña industria y la agroexportación tradicional de café y ganado.

Una estrategia de defensa de alta intensidad

En la respuesta a la guerra de agresión desatada por el imperio tenemos un cuarto elemento por donde se encajono la revolución nicaragüense en una salida demasiado costosa. A una guerra de baja intensidad, peleada por el imperio en todos los campos, pero especialmente en el acoso a la economía y en el desprestigio propagandístico de la revolución como totalitaria,atea y antioccidental, respondio el sandinismo con una defensa militar de alta intensidad tecnológica. Esta estrategia de defensa, que trabajo también muy articuladamente el campo diplomático con una gran imaginación, descuido la retaguardia popular.

No invirtió en la seguridad y en el fomento de la economía del campesinado, en cuyo terreno se peleo sobre todo la guerra, y subestimo la cultura popular con la convocatoria a un servicio militar que resulto extremoso en su obligatoriedad y deficiente en su voluntariedad, a pesar del heroísmo admirable de tantos jóvenes que si fueron voluntarios. Fracaso también porque no pudo penetrar a fondo en el simbolismo religioso, principal cauce cultural de la identidad nicaragüense, tanto en el campo como en las zonas populares urbanas. Aunque "se pego" al enemigo y - en gran parte - al terreno, no consiguió éxitos similares en la tarea de "pegarse" a las mayorías populares en toda su rica complejidad.

No enfrentarse a la iglesia no aguijonear al imperio

Frente a las enormes sospechas y a los desproporcionados temores que todo proceso revolucionario genera en la Iglesia Católica y en el imperialismo norteamericano - "nuestra paranoia anticomunista - ha escrito el ex-senador Fullbright - nos impide constatar si podemos o no convivir con las revoluciones" -, el sandinismo mostró un quinto elemento que señala por que rutas no debe adentrarse la praxis revolucionaria en países demasiado cercanos al imperio y con una cultura cuyo simbolismo predominante es religioso y católico. La perdida de paciencia frente a las incomprensiones y aun frente a la agresividad de la jerarquía católica supuso costos demasiado elevados en la conciencia de mucha parte de la población, para la cual la percepción de lo sagrado en la jerarquía es una de las fuerzas simbólicas en las que se consuela su cultura.

El exceso de retórica anti-yanke y la minusvaloración de la agresividad combinada con sutileza que caracteriza a la guerra de baja intensidad obligaron al sandinismo a tensar la cuerda del nacionalismo, exigiendo a este otro componente cultural nicaragüense reacciones de resistencia sobrehumana. Según el estudio post-electoral del IEN, un 50.8% de los entrevistados declararon que es "un error para un pequeño país de Centroamérica intentar enfrentarse a la política norteamericana". Respondieron así un 64.2% de los votantes por la UNO y un 32.6% de los que votaron por el FSLN.

Tanto en el campo de la defensa como en el del llamado al nacionalismo señalamos deficiencias o excesos, sin propugnar en ningún momento por claudicaciones o sumisiones indignas.

La falta de coordinación regional de la política nacional

Finalmente, la concentración del sandinismo revolucionario en la defensa del poder del Estado nacional nicaragüense no permitió liberar energías populares para coordinar todos los esfuerzos revolucionarios a nivel centroamericano.

Si, por ejemplo, en 1980 se hubiera ofrecido trabajo y tierra en Nicaragua a los cientos de miles de salvadoreños que empezaban su éxodo por la brutal represión a la que se veían sometidos, es probable que la revolución nicaragüense se habría fortalecido con la cultura salvadoreña del trabajo y que muchos salvadoreños habrían tenido una experiencia de construcción revolucionaria de incalculables efectos. Claro que no habría sido fácil combinar los talantes de dos pueblos tan diversos sin tener que limar asperezas en incontables ocasiones.

Por otro lado, es al menos dudoso que ignorar diplomáticamente - en el marco de Esquipulas, por ejemplo - la brutalidad del régimen guatemalteco haya sido la decisión política que mas margen de negociación haya dado al sandinismo. Mientras el imperialismo norteamericano ha tenido en Centroamérica una política centroamericana, creemos que no ha habido, a partir de las condiciones creadas por el triunfo de la revolución nicaragüense, una política regional revolucionaria suficientemente elaborada y con base popular. Una vez mas, también aquí el sandinismo no supo contrapesar su carácter estatal con su carácter popular-revolucionario. Sin estrategias regionales, revolucionarias y populares, que tomen en cuenta la variación histórica de las coyunturas - por ejemplo, el reves electoral del FSLN -, no son de extrañar enredos tácticos como el ultimo incidente entre el Ejército Popular Sandinista y el FMLN, aunque finalmente haya sido solucionado en forma tan imaginativa.

Caminos abiertos y fecunda cosecha

Debemos ahora dar vuelta a la página para pasar a los que creemos fueron grandes aciertos revolucionarios o populares en los 80. Los caminos anteriormente criticados no parecen ofrecer en el futuro puertas de entrada a procesos de cambio que quieran viabilizar una alternativa popular y, a largo plazo, revolucionaria para las mayorías centroamericanas. La experiencia nicaragüense nos lo ha mostrado. A menos que se prefiera una adhesión "creyente" a la indefectibilidad e irreversibilidad de las "leyes de la historia", reduciendo a errores subjetivos los fracasos históricos del socialismo europeo o el reves electoral de la revolución sandinista.

No es este, sin embargo, el único legado de la década sandinista en Nicaragua. Hay muchos caminos abiertos que es preciso ensanchar. Y allí donde se sembró con lúcidez y acuciosidad hay también una fecunda cosecha. Es preciso intentar hacer su inventario.

La dignidad ganada: un voto heroico

Se ha cosechado un avance notable en la dignidad y en el apego popular a la exigencia de una profundización de cambios radicales. Esto, a pesar de todas las explicaciones "políticas", es lo que demuestra el hecho de que un 41% de los nicaragüenses votaran por el FSLN con heroica coherencia. En una elección con la pistola al pecho, se evidencio que la década sandinista ha creado un núcleo de decisión revolucionaria, en el que esta construyéndose, pese a todos los vaivenes y no sin amenazas a su consistencia duradera, un nuevo sujeto histórico popular.

Parte del voto heroico - la elección tuvo un antes, un en y un después de ella - es la aceptación de los resultados del voto, que que el partido sandinista gobernante asumió y sostuvo, haciendo triunfar en una decisión democrática su adhesión al pluralismo político de la sociedad por encima de su identidad de vanguardia. Parte también de la ponderación de ese voto heroico fue patrimonio de quienes, en el lado triunfador, reconocieron su victoria con mesurado realismo, es decir como un cambio de gobierno dentro de un marco constitucional y no como un referéndum ganado para hacer tabla rasa de diez años de historia. En estas dos actitudes pivoto la posibilidad de consagrar en Nicaragua los fundamentos de la democracia, que incluyen la alternabilidad en el gobierno del Estado de diversas tendencias, dentro del pluralismo político. En definitiva, la sangre de los mártires, la nacionalidad rescatada y comenzada a construir a fondo por la juventud alfabetizadora, los sacrificios asumidos popularmente y tantos otros avances profundos no fueron en vano. Muy al contrario, están en la entraña de un pueblo que ha
comenzado a renovarse.

El año 91 ha mostrado con evidencia que sin el pueblo sandinista no se puede ya construir nada en Nicaragua. Toca ahora defender a fondo esta influencia participativa del pueblo revolucionario en los asuntos nacionales y toca también enraizarla a mayor profundidad.

Para ello es necesario sobre todo promover el surgimiento y el encauzamiento de propuestas populares creativas a todos los niveles de la sociedad, especialmente al nivel de una mucho mayor madurez económica. Es indudable que no se podra hacer esto sin organizaciones populares transformadas, tanto en la línea de una autonomía real frente al FSLN como en la de un abandono del verticalismo con sus bases y una atención mucho mayor al talante e iniciativas espontaneas del pueblo no
organizado.

Una constitución símbolo de la democracia

De la década sandinista el pueblo ha cosechado una Constitución Política que afianza a Nicaragua como una democracia y le da un marco de derecho sobre el cual se puede construir una convivencia social civilizada. En este terreno si se supo usar al Estado como instrumento, en principio, para fomentar el poder del pueblo. La misma consulta del proyecto de Constitución en cabildos abiertos fue una experiencia inédita y notable de participación popular. Urge defender este marco jurídico, urge facilitar que el pueblo se vaya apropiando de este potencial simbólico. No todo es perfecto en la Constitución, obviamente. Mientras se trata de obstaculizar cualquier rodeo al espíritu de la Constitución -factible sobre todo por el énfasis que la misma Constitución pone al crear un Ejecutivo demasiado fuerte -, importa también ir preparando reformas constitucionales o cuerpos de leyes que desplieguen las virtudes de la Constitución y mantengan la iniciativa jurídico-legislativa al alcance de las aspiraciones populares. Para el futuro habría que imaginar el mecanismo que institucionalizara una segunda cámara legislativa,
surgida del voto directo de las organizaciones populares, laborales, culturales, étnicas, de genero y de edad.

Estado plurietnico: autonomía regional

La década sandinista ha dejado como legado el reconocimiento constitucional de que Nicaragua es un estado multiétnico. Ha consagrado también la autonomía de aquellas regiones en donde predominan indígenas y afroamericanos, sin por ello dejar de tener en cuenta que allá también existe una importante población mestiza. Se trata aquí de otro punto, en el que, tras un desgraciado y conflictivo comienzo -relacionado con la supervaloración del poder del Estado y de su presunto potencial inequívocamente benefactor -, el sandinismo supo usar el instrumento estatal para adentrarse pioneramente en el terreno de los derechos de las múltiples etnias que hoy pueblan a América.

Al acercarnos a los 500 años del trágico desencuentro entre dos mundos y del encubrimiento de la dominación del conquistado por el conquistador, del vencido por el vencedor, fue en la Nicaragua sandinista donde se comenzó a levantar la brutal hipoteca de la conquista. La profundización de lo ya logrado se impone, tanto mas cuanto que los "atavismos" centralistas - constelaciones culturales tradicionalmente arraigadas entre los que los costeños llaman "los españoles" del Pacifico nicaragüense - están ya resurgiendo en la clase política que hoy detenta el gobierno. Prueba de ello son las mezquindades presupuestarias con los gobiernos autónomos de las dos regiones atlánticas. El peligro se agrava por la equivocada creación de un instituto estatal para la Costa Atlantica con una dirección en manos de un dirigente miskito, Brooklyn Rivera, casado con una concepción de la autonomía que es étnica y no regional. El caso es que la autonomía étnica tiene, en el caso de la Costa Atlantica nicaragüense, el peligro de acabar en dominación de unas etnias sobre otras, dada una coexistencia territorial difícilmente superable. Existe por eso el peligro de caer en una dominación similar a la que ya el Pacifico ejerció sobre el Atlántico.

Un ejército para el pueblo sumiso a la autoridad civil

Ningún pueblo de América Latina o del Tercer Mundo desvalorizara lo que significa que la década sandinista haya dejado tras de si la herencia, por mucho que se la despoje de idealizaciones, de un ejército y una policía que, obedientes a la autoridad civil, han descartado el predominio militarista en nuestra sociedad. En menos de un año, un ejército de alrededor de 100 mil personas se ha transformado en uno de menos de 30 mil. Pero menos aun subestimaran nuestros pueblos, tantas veces victimas de la prepotencia de los ejércitos y las policías, que este ejército sandinista, en proceso de mas profunda profesionalización, se haya comprometido a no volver sus armas nunca contra el pueblo.

A pesar de que el año 91 ha sido testigo de un incremento en la polarización política de los nicaragüenses y, no obstante el hecho de que dos veces - en la huelga sandinista de julio con barricadas y en el movimiento social ultraderechista de noviembre con bloqueo de carreteras - el gobierno ha sido desafiado por fuertes sectores del pueblo, ha sido en lo fundamental con negociaciones y no con las armas como se solucionaron ambos conflictos. Urge ahora defender el carácter popular del ejército y de la policía, y urge profundizarlo, sabiendo que esta desmilitarización va a contrapelo de las tradiciones centroamericanas.

Proceso de autonomía de las organizaciones populares

La revolución sandinista ha legado además un enorme incremento de organizaciones populares, sobre todo en el campo laboral. El reves electoral ofrece a estas organizaciones las condiciones políticas para ensanchar su autonomía y evolucionar marcadamente hacia una defensa de los intereses populares no enturbiada por su excesiva vinculación al Estado-Partido. La democratización de las organizaciones populares debe seguir profundizandose y ampliándose mas allá del terreno laboral, para que la sociedad civil vaya adquiriendo mayor consistencia. Por eso es necesario ir reformando dentro de ellas el verticalismo de su liderazgo, reflejo del que fue norma en sus relaciones con el FSLN en el poder del Estado.

Profundizar la reforma agraria

En el terreno de la reforma agraria, el legado de la década sandinista es mas profundo que en cualquier otra parte del continente. Urge en adelante defender y profundizar la reforma agraria, privilegiando sus dimensiones económicas mas que las políticas y haciendo de ella un semillero de diversas formas de apropiación democrática de la tierra y de uso adecuado de tecnología. Urge sobre todo defenderla de un proceso de disolución, haciéndola resistente a las seducciones del mercado de tierras y, para ello, menos dependiente del crédito bancario, así como luchando para que, en su marco, se proteja sobre todo la producción, la tecnología apropiada, el acopio y el mercadeo del
campesinado pobre.

Un importante precedente: nuevo orden jurídico internacional

De la década sandinista nos queda una batalla legal ganada para reafirmar el lugar que los países pobres y pequeños tienen al amparo del Derecho Internacional. También a este nivel el sandinismo supo usar al Estado para plantear con seriedad y dignidad su demanda contra los Estados Unidos ante la Corte Internacional de La Haya. La sentencia de la Corte, favorable a Nicaragua, puso al gobierno de los Estados Unidos, que no quiso acatarla, en contradicción con su propia filosofía política de respeto a la ley. Se introdujo así un precedente revolucionario hacia un Nuevo Orden Jurídico Internacional, hacia la igualdad de todos los pueblos ante la ley, nunca mas necesario de afianzar que en estos momentos, cuando nos amenaza un "Nuevo Orden Mundial" en el que todos los Estados, e incluso la misma ONU, quedarían a merced de los dictados de la única superpotencia en ejercicio, los Estados Unidos.

Esquipulas: reivindicación del espacio regional

La rápida alineación de las cumbres presidenciales centroamericanas con la política de los Estados Unidos, una vez que el sandinismo dejo de ser gobierno, arroja luz sobre el hecho de que fue la Nicaragua revolucionaria, mas que Oscar Arias, la que abrió en Esquipulas un proceso de autonomía regional para los gobiernos centroamericanos frente a los Estados Unidos, esta vez si, con un uso hábil de las posibilidades del Estado. No hay duda de que este proceso fue parcialmente cooptado, obligándolo a funcionar muy sesgadamente para presionar a Nicaragua. Pero ninguno de los otros procesos de negociación, hoy en curso en Centroamérica, seria concebible sin Esquipulas.

El documento fundamental de Esquipulas queda escrito como una especie de Segunda Declaración de Independencia, fruto principalmente de la tenaz lucha popular nicaragüense e instrumento de presión para ser usado, nacional y regionalmente, por el pueblo centroamericano. Entre los procesos útiles para ello, habrá que continuar fomentando el proceso denominado "Esquipulas de los Pueblos", con la misma tenacidad de la que son capaces las mayorías populares cuando una idea se hace fuerza social en ellas, ya que Esquipulas - como Contadora - es parte de los intentos de recuperación hechos por Nicaragua de una visión bolivariana de América Latina. Es parte también de una política tercermundista, presente en la iniciativa que Daniel Ortega y Miguel D'Escoto realizaron en el Golfo Pérsico y que afirma - en el espíritu del dirigente africano Julius Nyerere - la necesidad de una amplia alianza entre los países del Sur y de múltiples alianzas regionales que les permitan volver a diseñar equitativa y solidariamente este "nuevo mundo", dividido hoy mas que nunca entre Norte y Sur.

Pueblo de revolucionarios pueblo religioso

Finalmente, no se puede pasar por alto el hecho de que, a pesar de los enfrentamientos entre la revolución sandinista y la Iglesia Católica a nivel de cúpulas, de cierta burguesía y de ciertas capas medias catolicamente neo-conservadoras, de no poco pueblo catolicamente muy tradicional y de ciertos cuadros sandinistas "cuadrados" en su antirreligiosidad, el sandinismo revolucionario se abrió también profundamente al cristianismo liberador.

Ambos fueron mutuamente fecundados, ambos mantuvieron la capacidad de apuntar hacia la utopía y de criticarse mutuamente por sus realizaciones concretas en sus diversas practicas. Ambos han sufrido con la derrota, porque es propio de auténticos revolucionarios y de cristianos con una síntesis vital entre fe y justicia priorizar en la historia las utopías sociales que necesita, para actuar, la imaginación esperanzada de los pobres.

Donde los pobres mantienen su carácter de absoluto, tanto el sandinismo como el cristianismo pueden vivir la derrota como un fracaso liberador que, a la vez que causa un profundo sufrimiento, empuja a mejorar los caminos de la practica para que los pobres accedan a condiciones de vida humanizadoras. Desde el punto de vista cristiano, ninguna derrota puede convertirse en derrotismo que bloquee el seguir buscando soluciones de vida para los pobres. Estas soluciones deberán siempre mirar mas lejos que sus realizaciones practicas, siempre ambiguas. En términos cristianos, deberán mirar hacia esa utopía cristiana que llamamos Reino de Dios, o en términos no creyentes, hacia esa "patria donde nadie ha estado todavía," como dice Ernst Bloch en El Principio Esperanza.

Los frutos de la década en el resto de Centroamérica

La derrota electoral del sandinismo ha sido el resorte mas tenso que, disparado, provoco mas preguntas desconcertadas y ansiosas entre nuestros pueblos centroamericanos. También las provoco en el resto de América Latina e incluso en los países tercermundistas de Asia y Africa, así como también entre las minorías del Primer Mundo que son solidarias con los esfuerzos del Tercer Mundo hacia la vida. Nicaragua había resistido con gran dignidad y por mucho tiempo a los dictados del imperio, refrenados por una cruel guerra de baja intensidad.

Las preguntas, sin embargo, no son solo nicaragüenses. La década de los 80 ha visto también la lucha de otros pueblos centroamericanos o la frustración de sus causas mas sentidas. ¿Qué queda de toda la lucha de El Salvador?¿Que cosecha se ha obtenido en Guatemala?¿Que futuro han sembrado las organizaciones populares en Honduras? ¿Que ha sido del nacionalismo panameño? Y en Costa Rica, ¿que ha sucedido?

En El Salvador

Monseñor Romero

1990 ha sido el año de la celebración del décimo aniversario del asesinato de Monseñor Romero en el altar del hospital de cancerosos incurables donde vivía. En muchas partes del mundo y, desde luego, en El Salvador, su memoria continua viva. Como ha escrito el teólogo Jon Sobrino, se ha hecho ya "tradición", en el sentido fuerte en que el Corán, la Biblia, Mahoma, Jesús de Nazaret, Gautama Buda o la Virgen de Guadalupe son tradición de importantes segmentos de la humanidad. De toda la lucha de El Salvador ha quedado, en primer lugar, San Romero de América como paradigma exigente y consolador de lo que un dirigente cristiano puede hacer para sostener a su pueblo en su lucha por su liberación.

"Con Monseñor Romero Dios paso por El Salvador", escribió el teólogo Ignacio Ellacuria, asesinado también como el arzobispo. En un mundo cuyos poderes dominantes cada vez usan mas en vano el nombre de Dios para justificar sus exigencias de dominación y obtener hegemonía en el actual resurgimiento de lo religioso, de El Salvador, de ese minúsculo país de Centroamérica, surgió con nueva fuerza la verdadera postura creyente frente a la política.

No se trata de una postura que le quita a la política su autonomía y la religiosiza fanatizandola. Se trata de aquella otra que le recuerda profeticamente tanto su ambigüedad como sus ineludibles responsabilidades éticas. Una postura creyente autentica, como lo fue la de Monseñor Romero, hace pasar a Dios por la historia porque reconoce en la historia el lugar donde se juega la vida de los seres humanos, la vida de la tierra y la del universo, que son para Dios - en numerosas religiones - su gloria. Celebrar la memoria de Monseñor Romero es, por tanto, afirmar el valor absoluto de la lucha histórica del pueblo salvadoreño.

Intelectuales mártires al servicio de un pueblo

1990 ha sido también el año siguiente al asesinato de los seis jesuitas de la UCA de El Salvador y de sus dos compañeras del pueblo, con ellos también asesinadas. Estos jesuitas universitarios hicieron de la universidad una fuerza social al servicio de la humanizacíon del conflicto salvadoreño. Llenaron a la universidad de una enorme capacidad imaginativa para buscar caminos hacia la negociación y la paz. Analizaron con precisión las posiciones negociadoras y siempre las confrontaron con el objetivo que debían conseguir para afianzar la paz, es decir con el diseño de una sociedad que extirpara la injusticia y la violencia estructurales, raíces de la guerra.

En este año que ha seguido a su muerte es asombroso constatar que la indignación provocada por su asesinato ha tenido alcances mundiales, que han contribuido a hacer de los objetivos de sus vidas metas asumidas por fuerzas sociales de todo el mundo. En los Estados Unidos, se ha abierto camino la conciencia de la futilidad de esperar que los militares salvadoreños suavicen su brutalidad y renuncien a su impunidad, mientras sigan recibiendo ayuda militar. El asesinato de los jesuitas marco con el sello de la autenticidad las posturas que defendieron para encontrar solución a la guerra. Además, logro que mucha mas gente, y gente ubicada en posiciones de influencia, diera una seria atención a sus razonamientos y propuestas. Su muerte contribuyo así al inicio de una negociación profunda que enfrenta por vez primera los verdaderos puntos críticos que se juegan en el conflicto salvadoreño.

Si se piensa que, estando vivos, tuvieron influencia con sus planteamientos en la estrategia del FMLN de terminar el conflicto salvadoreño, no únicamente por la fuerza militar sino haciendo también propuestas negociadoras, aun se valorará más lo que su muerte peso para forzar al gobierno salvadoreño y al de los Estados Unidos a entrar por los caminos de la negociación e incluso de la desmilitarizacion. La fuerza de la razón universitaria y profética, puesta de manifiesto en la impotencia frente a la violencia que los asesino, ha puesto ahora en desventaja a la razón de la fuerza.

Dentro de El Salvador, algunos de los movimientos mas promisorios del pueblo, los que han reivindicado con éxito la reubicación de los desplazados por la guerra durante estos años y la repatriación de los refugiados, han vinculado sus esbozos de una nueva sociedad, espacios de humanizacíon y aun de poder popular rescatados del poder represor, con la memoria de estos jesuitas intelectuales que estuvieron a su servio desde la universidad.

Así, la repatriación de Meanguera, en Morazan, se llama hoy "Ciudad Segundo Montes", la reubicación de Guancorita, en Chalatenango, se llama "Ciudad Ignacio Ellacuria", no pocos cantones han tomado el nombre de "Ignacio Martín Baró..." El 16 de noviembre de 1990, primer aniversario de su asesinato, la Universidad Centroamericana fue "tomada" por campesinos y pobladores, por miembros de comunidades eclesiales de base, etc., simbolizando así la nueva conjunción entre la universidad y los pobres. Se trata de una cosecha largamente trabajada, que fortalece la causa popular y señala rutas por las que seguir abriendo camino.

Se ha comenzado ya el trámite para entablar proceso judicial contra la Fuerza Armada por la masacre de mas de mil personas en El Mozote, Morazan. Estas victimas anónimas merecen que esta iniciativa, emprendida antes de que el crimen prescribiera jurídicamente a los diez años de ser cometido, sea apoyada con tanta fuerza como lo ha sido el proceso entablado por los asesinatos de la UCA.

Negociación: camino revolucionario

La dominación fundada en la oligarquía, los militares y el gobierno de los Estados Unidos, es en Centroamérica un proyecto de mas de un siglo de raigambre. Es difícil dejar de reconocer que el proceso negociador de 1990 entre el gobierno salvadoreño y el FMLN, mediado eficazmente por el Secretario General de la ONU, representa una cosecha magnifica de dos décadas de rebeldía popular y de lucha político-militar de las fuerzas revolucionarias. Si se supera la concepción de que solo se pueden conseguir cambios profundos en una sociedad capturando de una vez el poder del Estado, nadie puede ocultar que el proceso actual de negociación constituye ya un cambio revolucionario, fundante, con probabilidad, de un proceso de cambios profundos en la sociedad salvadoreña.

En Guatemala crisis del ejército

Es menos evidente descubrir la cosecha sembrada en Guatemala con tan excesivo dolor. Probablemente no hay en América Latina un pueblo que haya sido masacrado tan brutalmente como Guatemala, desde que en 1954 la CIA organizo el golpe que acabo con su naciente democracia (1944-54). Sin embargo, al final de la década, un ejército poderoso, el mas organizado e independiente en Centroamérica, no solo no ha logrado acabar con la amenaza guerrillera, sino que la guerrilla ha crecido, ha extendido el teatro de la guerra, acercándose incluso a la capital. Además, la URNG se ha convertido durante el año 90 en un interlocutor respetable para la comunidad internacional, para la Comisión Nacional de Reconciliación, para los partidos políticos, para el CACIF empresarial, para las organizaciones religiosas y para las organizaciones populares y las mas importantes instituciones culturales.

Por vez primera en los años de terror, toda una población indígena en el municipio de Santiago Atitlán se reveló contra la arbitrariedad del ejército y no se arredro a pesar de una masacre de 17 personas, consiguiendo al fin que el Presidente Cerezo tuviera que retirar de Santiago Atitlán el destacamento militar. También por vez primera, las "Comunidades de Población en Resistencia" (CPR) de la sierra quichelense, alrededor del triángulo ixil, han logrado quebrar el muro del silencio y hacer que su clamor por ser tratadas como población civil sin pagar el precio de ser concentradas en aldeas modelo, resonara por todo el país e internacionalmente. Si se consolidan las fracturas entre el ejército y la burguesía, entre la sociedad civil y el ejército y se ensancha la brecha de falta de credibilidad que mina al ejército como sector dirigente de un proyecto de Estabilidad del Estado, ningún sufrimiento habrá sido en vano.

Honduras: las organizaciones populares buscan autonomía

Mas lejos aun en términos de cosecha de la movilización popular se encuentra Honduras. Sin embargo, la tenacidad inquebrantable, que una y otra vez conduce al pueblo a buscar esquemas organizativos populares, sobrevive a todos los mecanismos de mediatización que ya hemos mencionado. En este año de 1990, además de organizar una huelga bananera mas fuerte que la legendaria de 1954, desarticulada finalmente solo a través de la militarización de las plantaciones, el signo mas esperanzador parece ser la decisión de un grupo de organizaciones populares de afirmar su autonomía orgánica respecto de los partidos de izquierda tradicionalmente fraccionados y fraccionantes del movimiento popular.

Con esta decisión, la nueva "Plataforma de Lucha" de varias organizaciones populares puede haber dado un paso crucial, aunque modesto aun, hacia su mayor vinculación con las bases y con el pueblo no organizado, encontrando un nuevo mecanismo estructural que la preserve de una absorción por los políticos y le permita jugar todo su potencial en la sociedad civil. En una sociedad de tanta miseria como es Honduras, lucha ética contra la vanelidad de los dirigentes populares tiene que ser reforzada orgánicamente, consagrando la autonomía de sus organizaciones respecto a los partidos y al Estado.

Panamá: hacia la superación popular de la invasión

Para Panamá, un pueblo que en su enorme mayoría recibió el año pasado a los invasores norteamericanos como liberadores, las dos grandes marchas de la Coordinadora Nacional por el Derecho a la Vida-marchas del 16 de octubre y del 5 de diciembre de 1990-significa una rápida recuperación popular, tanto de la combatividad para satisfacer las necesidades fundamentales como para rescatar la soberanía.

Es importante que esas demostraciones de oposición a un régimen doblegado por ajuste estructural fondomonetarista sin mitigaciones y por la continua presencia de tropas norteamericanas en su territorio, hayan brotado de organizaciones populares reconstruidas y no de partidos políticos marcados por el pasado. El gobierno de Endara no mostró más imaginación para enfrentar a esta oposición popular que tratar de enlodarla con el descubrimiento "oportuno" de una conspiración contra la democracia y de una pantomima de intento de golpe de estado.

El terrible desgaste de un gobierno, que fue electo en mayo de 1989 con un 70% de los votos, muestra de nuevo que no hay proyecto ajeno que tenga en nuestros países posibilidades de éxito. Las dos coaliciones organizadas electoreramente en el 89 por los Estados Unidos y financiadas con dólares de la Fundación para la Democracia - la panameña y la nicaragüense - termina el año 90 con hondas divisiones, producto de su artificialidad. Su dependencia de la ayuda norteamericana y la mezquinidad con que los Estados Unidos las han tratado, desenmascaran el lastre anti-nacional de estas coaliciones opositoras, marcadas más por anti-tendencias que por tendencias positivas.

Costa Rica: el deterioro popular encubierto por democracia

Toda la evolución de la sociedad costarricense en los 80 apunta hacia la pauperización de la pequeña propiedad campesina. Esto se traduce en el aumento en las ciudades de una migración rural, acosada por el alcoholismo y por la prostitución. A estos vicios van a parar muchos de los beneficios sociales por desempleo, que nunca derivan hacia nuevos empleos. Sin embargo, el escenario costarricense, donde se siguen representando con elegancia los papeles de la democracia, mantiene aún al pueblo empobrecido dentro del consenso nacional.

Esto muestra la fuerza de la aspiración popular a decir una palabra social con el voto. Por otro lado, el gran desarrollo del solidarismo erosiona las organizaciones sindicales que, en su impotencia para contener internamente el deterioro de las oportunidades y la creciente desigualdad que discrimina a los sindicalistas, han planteado un juicio en la Organización Internacional del Trabajo contra el gobierno de Costa Rica. Mientras los empobrecidos en Costa Rica no logren desenmascarar el aspecto perverso del complejo sistema que los empobrece cada vez más, los pobres de Centroamérica tendrán en los pobres de Costa Rica una especie de caballo de Troya.

Haití, Chile y Cuba: la cosecha en América Latina

Ninguna lucha popular, en Centroamérica o en América Latina, ha sido en vano. El pueblo de Haití el más mísero de América Latina, se asomó en los primeros días de 1991 a una esperanza renacida. Debilitado inconcebiblemente durante décadas y décadas, sus miembros más lúcidos comenzaban los análisis sobre su país afirmando que con la mitad del pueblo haitiano no se podría contar para ninguna acción liberadora, por estar tarados por una desnutrición irremediable desde el vientre de sus madres.

El primer pueblo latinoamericano que obtuvo su independencia es también el último que emprende una aventura de cambios profundos. La alegría de sus gentes, desbordada en danza incontenible durante la campaña del candidato presidencial, Padre Jean-Bertrand Aristide, se transformó en masiva y férrea defensa de su voto (67% fue la mayoría que eligió a "Titid") sobre los golpistas de comienzos de enero de 91, arrastrándolos al fracaso con la fuerza de su avalancha.

Lavalas- creole para el francés avalanche - fue el lema símbolo de la campaña electoral. Frente a Haití nadie puede dejar de evocar la extática alegría de las masas nicaragüenses un 19 de julio de hace más de once años. "Sacar a Haití de la miseria a la pobreza con dignidad " a través de "justicia, participación y transparencia", y "comenzando con lo que tenemos" :son los objetivos del gobierno popular que se inició el 7 de febrero.

Haití tiene un potencial de gente con recursos económicos magníficamente preparada... en el exterior. Antes, exilio y hoy migración. Existe un millón de haitianos en la dispara, ¿Regresarán para servir a su pueblo? Esta es una de las innumerables incógnitas que no pueden empeñar la grandeza de la resurrección de este pueblo desde la tumba a la que lo condenaron la intervención norteamericana de 1915 y las sucesivas tiranías que culminaron con la de los Duvalier. A pesar de su innegable fragilidad y de los salvajismos ya perpetrados contra el presidente Arístide - el más cruel, unos días antes de su toma de posesión, al incendiar el hogar de niños por él fundado: "atacan mi corazón, pero no me volverán duro", fue su respuesta -, el realismo modesto de sus objetivos señala el comienzo de un camino atinado. América Latina, la afroamericana esta vez, ofrece de nuevo, de donde menos cabía esperarlo, la prueba de su resistencia. Y exige, por eso, nueva solidaridad. Como lo dice uno de sus refranes populares, Haití busca "la esperanza de vivir para poder vivir con esperanza".

Chile ha derrotado a la dictadura militar en mucho menos tiempo que el que Brasil necesitó para lograr el mismo resultado, sin que sus militares perdieran ninguna guerra de las Malvinas y pesar del sueño de un crecimiento económico típico en América Latina. Los caminos democráticos de Salvador Allende han sido reivindicados por el pueblo de Chile. No es pequeña la cosecha que se sembró entre enormes sufrimientos y lágrimas.

La esperanza de los pueblos latinoamericanos es que la revolución cubana ofrezca también una cosecha enriquecedora en la América Latina de los 90. Sería una tragedia para todo el continente que una revolución que nos inspiró tanto, no fuera capaz hoy de entrar en una fase en la que entregue a América Latina el ejemplo de una gran flexibilidad y de una mayor eficiencia productiva, el protagonismo democrático de sus bases populares y una gran apertura al potencial de espíritu que el pueblo religioso de América Latina le ha ofrecido en los 80, especialmente a través del canal de comunicación que representó para Cuba la Nicaragua revolucionaria.

El gran problema de la renovación del liderazgo debe ser afrontado con decisiones audaces - muchas veces las más prudentes - para que en la sociedad cubana el gozne donde se ensamblan Estado, Partido y Pueblo no siga siendo condición absoluta de continuidad revolucionaria, sino que sea el pueblo, en toda su riqueza participativa, la clave del futuro, aunque sea a costa de descubrir en ese pueblo aspiraciones contradictorias o simplemente divergentes.

Se trata de algo muy radical. El cambio del mundo amenaza a Cuba con el peligro de un ataque norteamericano sin contrapeso soviético, pero a la vez le ofrece la oportunidad de una revolución en la revolución que entregue a América Latina un socialismo rejuvenecido, desconectado del estatismo omnipresente, del burocratismo orgánico y de personalismo insustituible. El poder de un dirigente vivo, Fidel, al igual que lo fue la memoria de otro sacrificado, el Ché, tiene que se heredado por un pueblo gestor de su destino. Para ello es imprescindible que América Latina no repita la lamentable y vergonzosa postura de tantos de los gobiernos de la nación árabe frente a Irak. Mun al contrario, América Latina debe trabajar ardua y solidariamente con el pueblo de Cuba para preservar su capacidad inmensa de cambiar profunda e independientemente, con flexibilidad y eficiencia, lo que ese pueblo decida cambiar a través de una evolución revolucionaria.

La obsesión norteamericana contra Cuba y su revolución son una amenaza para toda América Latina. Se pretende destruir un proceso popular de más de 30 años y obstaculizar el camino con el que Cuba se ha ido insertando nuevamente en América Latina política, cultural y económicamente. El fin de la guerra fría debe llegar al trópico para que podamos reconstruir entre todos - también con Cuba - un espacio latinoamericano relativamente autónomo en el que comencemos a hallar solución a nuestros dramáticos problemas.

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