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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 316 | Julio 2008

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América Latina

Una mirada sobre la Participación Política Juvenil: ¿Qué hay de nuevo, viejo?

Empieza a preocupar en Nicaragua la participación política de la juventud. Sobre esto se viene reflexionando en América Latina desde hace unos años. Y ésta es una de las reflexiones. A pesar de todas las distancias en el espacio, esta “mirada” calza con muchos aspectos de la realidad nicaragüense.

Sergio Balardini

Estamos hartos de ser comparados con la generación de viejos militantes que no paran de señalarnos que su tiempo fue el mejor, y ellos los mejores. Si fuese así, ¿por qué estamos como estamos? ¿Y qué nos queda por hacer? Así hablan hoy los jóvenes que se inician en la política.

Muchos adultos, sobre todo ex-militantes, critican a las nuevas generaciones por su supuesta falta de compromiso. Sostenemos que, antes de formular cuestionamientos sentenciosos, conviene poner las cosas en contexto: los profundos cambios políticos, económicos y culturales de las últimas décadas transformaron los modos de participación juvenil en América Latina. Lo que antes era visto como un espacio de sacrificio, utopías y disciplina se percibe hoy como un lugar de diálogo cara a cara y una posibilidad de obtener resultados concretos, donde entran también el juego y la diversión.

UN POCO DE HISTORIA...

Recurrentemente, tanto en los medios de comunicación como en círculos partidarios o politizados, asistimos al momento en que el tópico de rigor es caracterizar a las nuevas generaciones como apáticas e indiferentes. Y con frecuencia, quienes sostienen estas críticas son adultos ex-militantes, que desarrollaron en su juventud alguna clase de militancia social o política, en los epopéyicos y mitificados años 60 y 70. Frente a tales expresiones, no carentes de carga moral y vocación sentenciosa, es oportuno ejercitar un análisis que dé cuenta de los contextos en que se han socializado unas y otras juventudes, para ponerle coordenadas al asunto y evitar comparaciones en abstracto o ahistóricas. Y para introducirnos en la cuestión de los cambios en la participación juvenil en las últimas décadas, es necesario hacer un poco de historia, porque la historia aporta perspectiva y ayuda a construir sentidos.

¿Cuáles eran las claves político-culturales de los años 60 y 70? Proponemos como centrales las figuras del cambio como transformación de la realidad y la voluntad como expresión de participación en la determinación de las decisiones, como motor y dirección de esa transformación. Inscritas estas dos figuras en un contexto de fuerte radicalización política e ideológica, consecuencia de la disputa Socialismo-Capitalismo y de los procesos de descolonización y de liberación nacional, con Argelia, Vietnam y Cuba como paradigmas. Esta tríada define con toda claridad las características que asumía la participación política por esos años: la voluntad como motor de cambios radicales. La política era la voluntad. Y era, además, transformadora.

Además, había entonces una dimensión generacional que emergía y mostraba la presencia protagónica de los jóvenes, quienes, al calor de una mayor autonomía, fueron ampliando su círculo de injerencia y apropiándose gradualmente, en primer lugar, de las decisiones pertinentes a los hechos de su propia vida.

Esto fue posible, en gran medida, gracias a la construcción del Estado de Bienestar de postguerra, que les permitió disponer de mayor tiempo para sí mismos, a la vez que se ampliaron los espacios que operaban como ámbitos de encuentro de pares (la escuela, la universidad). Pero también porque les posibilitó decidir, en tanto jóvenes trabajadores, sobre sus propios ingresos, antes destinados al sostenimiento familiar. Y aquello que comienza con disputas generacionales en la familia se proyecta gradualmente y termina por abarcar otros campos y demandas. Poco a poco se generaliza el rechazo a lo instituido. La lucha contra el autoritarismo y la injusticia va extendiéndose en imaginarios círculos concéntricos: de la familia al sistema escolar, al mundo del trabajo, y finalmente, a la lucha política por la transformación del mundo.

AÑOS 60 Y 70:
EXCEPCIONAL ETAPA DE RUPTURAS JUVENILES

De este modo se produce la excepcionalidad de los años 60: el cruce entre la puja generacional y la radicalización política e ideológica, circunstancia que se expresa en el especial protagonismo social, cultural y político de aquellos jóvenes, que atraviesa y desafía las geografías.

Se trata de un tiempo en que los jóvenes rompen con el mundo de los padres -y con sus propios padres- y esto se ve reflejado en la política: sus referencias son sus pares, otros jóvenes que producen una nueva institucionalidad -nuevas dirigencias y organizaciones surgen aquí y allá-, o bien son sus “abuelos” (Marx, Lenin, Mao, Perón, Fanon y Marcuse, entre otros). No hay “padres” que operen como referentes políticos de esta generación.

Sin embargo, los hechos no deben asimilarse a un “juvenilismo”, en el sentido de una moda juvenil ausente de plataformas de ideas, Éstas, al contrario, tuvieron fuerte presencia y se fueron constituyendo como argamasa simbólica de una época. Como señala Beatriz Sarlo, “la guerrilla de los años 70, o la radicalización política, no es una aventura del sentimiento. Esa densidad ideológica es la que hay que restituir para extirpar la idea de que era una aventura juvenil”.

En un texto de época, (1976), Daniel Bell señala aquello que considera el mayor de los males de su tiempo -principios de los años 70-: una ampliación de demandas políticas que incluye un nuevo menú, con apetencias de servicios que mejoren la “calidad de vida” en el corazón mismo de los países capitalistas, demandas que erosionan la economía con exigencias que ponen en jaque la tasa de ganancia del capital y que, para Bell, resultan contradictorias con el desarrollo de la economía capitalista misma. Y advierte en su crítica que la política -la voluntad- es la que tracciona a la economía, y que esta circunstancia habría de generar una crisis importante. Esta formulación, expresada en el contexto de los países centrales, tendrá su correlato en la tesis sobre el “exceso de democracia”, que intenta dar cuenta de la situación en los países periféricos.

Con el Estado interpelado, y en ocasiones instrumentado, por los sectores populares que exigen respuestas a sus necesidades y sus reclamos de justicia, los sectores del capital interpretan la crisis estatal que sobrevive -y sus efectos de gobernabilidad- como producto de una “sobrecarga de demandas” que debe cesar.

HOY ES OTRA ÉPOCA: CAMBIOS TECNOLÓGICOS, DESEMPLEO, ESCEPTICISMO

La puja de intereses inherentes a la crisis tuvo su desenlace con una salida por la derecha, vía reformas liberales desarticuladoras de un Estado de Bienestar que hacía agua por todos lados, apoyada en una feroz represión y proscripción, desatadas en el marco de sucesivos golpes de Estado, bajo el paraguas de la Doctrina de la Seguridad Nacional, y con el norte puesto en los informes sobre la “crisis de gobernalidad” producidos por Crozier y Huntington para la Comisión Trilateral. Se responde así a la movilización social y política buscando cerrar un período de auge de demandas y luchas populares en América Latina.

En la etapa que sobreviene, se aceleran los cambios destinados a modificar las condiciones de la esfera de la producción -mediante la robotización, la informatización y nuevos modelos de gestión-, con la consiguiente disminución del número de empleos y la reducción de los salarios. La exigencia de mayores aumentos en la productividad aparece acompañada por el temor a la pérdida del empleo y la reducción de las luchas por los derechos sociales y laborales.

Por otra parte, en un buen número de casos serán las democracias retornadas a la región durante los años 80 y 90 las encargadas de enfrentar la exigencia de legitimar o consolidar esas reformas. Poco a poco, se advertirá entre los ciudadanos la sensación de la llegada de una época en la que el estado de cosas no puede ser transformado significativamente, de la mano de la caída del Muro de Berlín y el promocionado e interesado “fin de las ideologías” de la Guerra Fría. La participación tradicional se percibe cada vez más como poco relevante y se advierte la desilusión. Como consecuencia de todo esto, el flujo participativo decae al mínimo. Y si bien se recupera con cada nueva esperanza, ésta dura menos tiempo y el escepticismo tiende a instalarse como el clima de nuestra época.

DE LA BIPOLARIDAD DE LA GUERRA FRÍA
A LA ACTUAL REORGANIZACIÓN GLOBAL

En ese contexto, tan diferente del período anterior, debe formularse la pregunta por la participación social y política en general, y la de los jóvenes en particular, para advertir sus enormes diferencias.

Como explicó Pilar Calveiro en su obra Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años 70: “La organización bipolar de la Guerra Fría se basaba en una constelación de espacios y valores que reivindicaban lo estatal, lo público y lo político como principios de universalidad. Admitía la lucha, la confrontación y la revolución, como formas, si no únicas, válidas y valiosas de la política”.

“Se definían y guardaban las fronteras -nacionales, ideológicas, de género-. Existía una extraordinaria tendencia a realizar clasificaciones, y, sobre todo, formas de organización binarias -explotados y explotadores, justo e injusto, correcto e incorrecto-. Las personas reivindicaban la disciplina, la razón, el esfuerzo -que las instituciones grababan en ellas- como parte de sus logros… Se podría decir que, tendencialmente, estos rasgos organizaban la visión del mundo”.

“En cambio, la reorganización global a la que asistimos ha construido una constelación del todo diferente, basada en la valorización de la sociedad civil y lo privado, por oposición al Estado y al sistema político, casi siempre satanizado. Se reivindica la concertación y, con cierta hipocresía, se condena toda forma de violencia abierta, en especial política”.

“Se avanza hacia la ruptura o desdibujamiento de fronteras -por lo transnacional, lo híbrido, lo transgenérico-. Se exaltan las diversidades y, para permitir su libre expresión, la organización en redes. Los sujetos reivindican la personalización de todo, la individualización, el sentimiento y el disfrute. Estos valores, que esconden un potencial autoritario tan poderoso como los anteriores -aunque se expresen de manera diferente-, se presentan prácticamente como incuestionables en el mundo actual, precisamente porque son parte de la reconfiguración que hoy sucede en los imaginarios y en los sujetos”.

LA UTOPÍA Y LOS CAMBIOS RADICALES
QUEDARON ATRÁS

En los años 60 y 70, la política era vivida como el lugar desde el cual transformar la realidad, en una perspectiva plagada de utopía, que adquiere sentido, implica un valor y significa la voluntad y la posibilidad del cambio radical. “Todo podíamos cambiar, estábamos convencidos. La situación era totalmente distinta a la de ahora; estábamos seguros de estar presenciando un acontecimiento histórico, excepcional. La guerra de Vietnam, la liberación de los pueblos del Tercer Mundo, la Revolución cubana, Mao en China... Eran años en los cuales la idea de cambiar el mundo era constitutiva de un joven. Teníamos la certeza de que todo era posible...” Así lo dice José Pablo Feinmann en Juliana Periodista.

Ese sentido de la política como lugar de transformación del mundo se invierte en los años 80 y 90, cuando la economía pasa a subordinarla y pretende convertirla en pura técnica y administración. La política como transformación quedó entonces desplazada porque -se proponía- las cosas no se pueden cambiar.

Eso significaba, además, naturalizar las relaciones sociales. Naturalizar: pobres los hubo y los habrá siempre. Naturalización que, como tal, encubre el hecho de que allí no hay naturaleza, sino decisiones humanas: se trata de la sociedad, de la cultura y de la política. A esto habría que agregar algo que hoy todos sabemos: aquella política ni siquiera cumplió su promesa de gestionar con honestidad y eficacia. Administró, pero haciendo una transformación devaluada de lo real, en muchos casos con baja eficacia, y con altísima corrupción.

En cuanto a la sociedad y la cultura, hoy se viven tiempos de celebración de lo instantáneo, una cultura narcisista que busca y propone satisfacción inmediata y el repliegue sobre el individuo y los efectos, en una suerte de desplazamiento, de lo público a lo privado y de lo perdurable a lo efímero.

También la confrontación generacional adquiere otro tono: “Enfrentados con otros adultos: porcentajes de padres que desearían ser jóvenes por siempre, políticos sólo motivados por el poder y el dinero, empresarios que basan su riqueza en negocios turbios, preocupados por el lifting y el personal trainer, que juegan golf, que salen de noche, que se divierten, que salen con los novios de las hijas, que se las saben todas, que no les importa nada ni nadie...” Así lo describe Feinmann.

De allí que, por donde se mire, los 90 puedan presentarse como los 60 al revés, cuando lo hasta ayer alternativo se integra al mainstream y lo hasta hace poco “corriente principal” pasa a ser sólo una posibilidad más de un menú que se abre.

OTRAS FORMAS DE PARTICIPAR

¿Qué jóvenes participan y cómo lo hacen actualmente? Leslie Serna (1998) describe algunas características novedosas de la participación de las y los jóvenes actuales:

- Causas de movilización novedosas, entre las que pueden mencionarse la defensa del medio ambiente, la promoción y defensa de los derechos humanos, los derechos sexuales y reproductivos, el apoyo a la causa indígena…

- Priorización de la acción inmediata, orientada a la resolución pronta y efectiva, “aquí y ahora”, de las situaciones que enfrentan. Esto puede articularse con una solución radical de largo plazo, pero rechazan sostenerse en un futuro no evidente y buscan ir construyendo en el presente un nuevo tipo de sociedad a través de una ética de la acción diferente, también por falta de confianza en la representación. En todo caso, “cambiar el mundo” comienza ahora, aportando al cambio en su mundo más próximo.

- Ubicación del individuo en la organización, lo que se aleja de las concepciones en las que el colectivo masificado lo diluía en pos de un interés “superior”. Actualmente, los jóvenes recuperan la dimensión del individuo como algo fundamental y no están dispuestos a perder su individualidad en una organización-masa, lo que los lleva a participar en organizaciones con otro tipo de dimensiones y encuadres y en iniciativas específicas, muchas veces con bajo grado de institucionalización.

- Énfasis en la horizontalidad en los procesos de debate y de coordinación, con promoción de formatos más horizontales de grupos de trabajo, de mesas o de redes, buscando el respeto por la autonomía y con mucha desconfianza y gran rechazo a las instancias de verticalización o de centralismo democrático.

ACCIONES POLÍTICAS SIN PARTIDO

Los jóvenes de hoy negocian permanentemente y confrontan escasamente. Aprendieron a negociar desde pequeños, con sus padres, con los adultos en general, y saben resolver la aparente paradoja de negociar y orientarse hacia la acción directa. Leída desde los 70, esta supuesta paradoja implicaría diluir la táctica en la estrategia, el objetivo y los fines últimos. Sin embargo, como decía Freud, “a veces un puro es solamente un puro”: tomar una escuela es exigir que se arreglen sus techos ya y no un momento de acumulación en el camino hacia un futuro de revolución.

Los jóvenes de hoy, cuando participan, buscan hacerlo en instancias de relación cara a cara, concreta y próxima, en un vínculo de eficacia con el esfuerzo que se realiza, donde el producto de su participación sea visible o tangible. Con acciones puntuales, con reclamos y denuncias concretas relacionadas a su vida por cierta proximidad, y no canalizadas a través de organizaciones tradicionales.

Al contrario de lo que sucedía en los años 70, estos jóvenes no se preocupan por el “saldo organizativo” -la construcción del partido, por ejemplo-, sino por el “saldo resolutivo”, concreto. Buscan un saldo de resultados, se trate de acciones sociocomunitarias, de gestión cultural o de denuncia. Con estos propósitos, los hemos visto, en Argentina y en otros lugares, manifestarse masivamente en las calles, en marchas de silencio vinculadas a situaciones de injusticia, en manifestaciones en defensa de la educación pública, colaborando en forma voluntaria en tareas de ayuda ante desastres naturales, en repudio a la acción o inacción de instancias estatales -en particular policiales-, realizando cortes de rutas en territorios “abandonados” por el Estado, realizando “escraches” a responsables de violaciones de derechos humanos y manifestándose contra los golpes de Estado del pasado.

Los hemos visto en acciones políticas sin partido, aunque en ellas participen jóvenes de partido. Son más proclives a vincularse o asociarse alrededor de proyectos de gestión concretos que con fines de representación de intereses. No es que los jóvenes se guarden en una apatía desinteresada y sin respuestas: en su nueva sensibilidad, las motivaciones, los lugares y las instancias de participación responden cada vez menos a los canales tradicionales.

YA NO ESTÁN EN LOS PARTIDOS

A la devaluación de la política como instrumento de cambio, los jóvenes le suman el hecho de vivirla, con frecuencia, como un espacio de manipulación al servicio de tal o cual dirigente, donde aparece también, con diferentes índices, la corrupción. La política partidaria ya no es el espacio que seduce a masivos contingentes juveniles. Muchos de los convocados visualizan la política como espacio de militancia profesional, con fuerte perfil técnico y acorde con una política tecnocrática. Otros la ven como una oficina de empleo en tiempos de alto desempleo. La impugnación social de la política llegó al punto de elaborar esta síntesis: si quien participa es un jo¬ven de sectores populares “consiguió un trabajito”, si quien lo hace es de sectores medios, “está robando”, si es de sectores altos “no le gusta trabajar o “no sabe qué hacer con su vida”.

De todos modos, hay que reconocer que también están aquellos que, habiendo tenido algún tipo de socialización vinculada a la política entendida como transformación -favorecidos por la proximidad con los militantes de unas décadas previas-, trabajan dentro de estructuras partidarias, con la convicción de que aún se pueden cambiar cosas y de que es necesario hacerlo, porque las injusticias abundan.

LA MILITANCIA Y LA VIOLENCIA DE AYER

En términos generacionales, los militantes de los años 60 y 70 portaban un mandato moral muy fuerte, que puede ser entendido tanto en sentido positivo como negativo. Un mandato de disciplina, de moral, de deber, que exigía y daba soporte a cada una de sus acciones, eslabones en un proyecto mayor. En ese marco, “la militancia” se vinculaba a una lógica política cargada de elementos de jerarquía, disciplina, verticalidad, que construyó un artefacto cerrado, difícil de permear. Asimismo, los términos en que se planteaban los antagonismos, como exclusión radical del otro, incluían una lógica de “amigo-enemigo”, en la que su eliminación era un acontecer posible. Cuestiones de seguridad, de moral cultural, de rigideces y certezas que definían a un militante que asociaba solidaridad con sacrificio. La existencia de certezas actuó en muchos casos como legitimadora de atajos y de métodos que, hipotéticamente, acelerarían los tiempos justos por llegar, con las consecuencias conocidas.

Pero, ubicando las cosas en su justo lugar y tiempo, no hay que olvidar, como dice Pilar Calveiro, “los jóvenes radicalizados de la década de los 70 habían aprendido el valor político de la violencia en una sociedad que se valía de ella desde muchos años antes, y militarizaron su práctica revolucionaria bajo el influjo de las teorías foquistas del Che, crema y nata de los círculos revolucionarios de los años 60 y 70. Fueron, en consecuencia, un fiel producto de su sociedad y de las polémicas políticas de la época. No se los puede considerar como un brote de locura repentino, sino que constituyeron un fenómeno consistente con su momento y con su país, del que reunieron algunos de sus rasgos más brillantes y más nefastos”.

LA PARTICIPACIÓN DE HOY

A partir de los años 90 encontramos una mayor presencia relativa de jóvenes que participan en ámbitos y organizaciones informales o no tradicionales, a quienes no les agrada llamar “militancia” a su práctica, y que, además, procuran pasarla bien, desvinculándose de la imagen del militante sufrido, que pareciera cargar con demasiadas culpas y responsabilidades y reserva poco margen para la diversión y la vida cotidiana.

En lugar de comprometerse desde un orden moral cerrado y un deber rígido, su participación refiere a una conjunción de ética y estética, con atención a sus modos, procesos y figuras. Se atiende tanto a las formas, a cómo se hacen las cosas, como al objetivo buscado. Hay una estética de la ética, y una ética de la estética que constituyen lo político. En esta nueva escena, asoman jóvenes dispuestos a participar en acciones tamizadas de aspectos lúdicos, con un componente expresivo-comunicativo, que indica la presencia innovadora de la cultura infantil en el campo de la política, más allá de si las demandas son generales o específicamente juveniles. Y, en sintonía con lo anterior, ya no hay convocatoria efectiva que pueda realizarse desde el discurso de las puras ideas si no se evidencian detrás el ejemplo y la práctica que las sostengan. En ese sentido, se reconoce un resto reciclado en operaciones más próximas al marketing publicitario.

DESAFÍAN A LOS PARTIDOS

Las formas de participar que hoy proponen muchos jóvenes hubieran sido impugnadas y vetadas en aquellos tiempos. Pero es importante comprender que estamos ante la emergencia de una sensibilidad diferente: ya no se trata solamente de ejercer una acción consciente y responsable, ésta también debe ser libre y placentera.

Actualmente, son muchos los jóvenes que participan en proyectos socioculturales y sociocomunitarios y que se preguntan acerca del sentido de sus prácticas, lo que implica un proceso de politización en la acepción más positiva del término. Otros jóvenes lo hacen en las lides de la política partidaria. En ese sentido, es importante comprender que su contribución a la construcción de una sociedad civil participativa tensiona a los partidos, instándolos a ser mejores. Ayer, hoy y en el futuro habrá quienes militen en partidos, quienes realicen acciones sociocomunitarias, quienes participen en proyectos socioculturales. Lo beneficioso es reconocer que toda esa riqueza es necesaria, que debe convivir con la autonomía, que puede y debe colaborar y, eventualmente, articularse: ninguno de estos ámbitos debe pretender subsumir y resolver al otro.

NO ES APATÍA

No compartimos la tesis de la apatía generalizada: no hay indiferencia en abstracto, sino escaso interés en la vida partidaria y en los canales tradicionales de participación. Esta circunstancia no deja de ser preocupante, ya que los partidos son instituciones irremplazables de la vida democrática, pero implica un desafío de renovación para las fuerzas políticas y sus prácticas. No hay modelos participativos transhistóricos para replicar, aunque sí experiencia para transmitir.

SICÓLOGO. ESPECIALISTA EN ADOLESCENCIA Y JUVENTUD Y POLÍTICAS PÚBLICAS DE JUVENTUD. COORDINA EL PROYECTO JUVENTUD DE LA FLACSO (FACULTAD LATINOAMERICANA DE CIENCIAS SOCIALES).
TEXTO APARECIDO EN “NUEVA SOCIEDAD”, NÚMERO 200, NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2005.

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