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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 307 | Octubre 2007

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Nicaragua

“El huracán se llevó la armonía entre la persona, su familia y la comunidad"

Alta Hooker, rectora de la Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe de Nicaragua (URACCAN), compartió sus reflexiones sobre el pasado, el presente y el futuro del Caribe Norte de Nicaragua, hoy devastado por el huracán Félix, en una charla con Envío que transcribimos.

Alta Hooker

Vivo en Bilwi y cuando comenzaron a hablar de que avanzaba por el Caribe un huracán peligroso, lo primero en lo que pensé fue en el curso latinoamericano de maestría en Salud Intercultural que teníamos en la Universidad . Había 23 latinoamericanos de 12 países en Bilwi. Además, teníamos 100 estudiantes en la escuela de liderazgo, muchachos y muchachas de quince-diecisiete años. Me preocupé porque todos ellos y toda la gente que estaba viviendo en los hoteles de Bilwi estuviera segura y aseguré también las computadoras de la Universidad. Y después me fui tranquila a mi casa. Mi casa es de cemento con un techo de zinc recién puesto. No habría problema. No puse ni un plástico sobre nada de lo que tenía en mi casa... No tenía por qué preocuparme. Además, siempre decían que tal o cual huracán iba a entrar por Bilwi, pero eso nunca pasaba. Pero esta vez sí pasó…. Parte del techo de mi casa voló por los aires y eso también ocurrió en la universidad, en los hoteles, por todos lados.

Nadie estaba preparado para esta tragedia. También influyó la falta de luz. El huracán ganó fuerza en muy pocas horas, bajó en su ruta prevista y nadie tuvo información de esos cambios. En Bilwi hay un problema crónico de falta de luz. En mi barrio nunca hay luz. ¿Cómo estar pendiente de lo que iba a pasar? Todo sucedió muy rápido. El coordinador de la sociedad civil de Bilwi estaba esa noche en la casa de gobierno, en donde se estableció el centro de la emergencia, y a las 4 de la mañana salió a buscar unos formatos en los que introducir la información. El huracán entró a tanta velocidad y con tanta fuerza que por poco no regresa, casi le caen varios árboles encima y lo matan... Todos fuimos sorprendidos y hoy todos estamos asustados por lo que nos ha pasado.

Ya antes del huracán, históricamente, la Región Autónoma del Atlántico Norte, que equivale en extensión a una cuarta parte del territorio nacional, era altamente vulnerable. Y así nos encontró Félix, que vino a demostrar, con mayor crudeza, nuestra vulnerabilidad.

Los daños ocasionados por el huracán son incontables, invaluables. La información del desastre nunca será exacta. A finales de septiembre aún no estaban cuantificadas las pérdidas ni aproximadamente. No teníamos cifras definitivas ni de los muertos ni de las pérdidas materiales. Los vientos acabaron con iglesias, con escuelas, con viviendas, con los árboles. El huracán destruyó el bosque, los manglares, los arrecifes, mató los pescados, las langostas...Y algo más grave: sacudió la estructura del liderazgo comunitario, destruyendo el territorio, que es donde los espíritus mantienen el equilibrio de la vida y donde fluyen los pensamientos de los ancestros…

La producción está severamente afectada. Cuando llegamos, por ejemplo, a Tuapí, la destrucción que vimos era increíble. Allí las mujeres vivían de la venta de las frutas de sus árboles, de la venta de la pesca y los mariscos que recogían en los Cayos Mískitos. “Hoy yo no sé de qué vamos a vivir -nos dijo una mujer-, todos nuestros árboles frutales están en el suelo -después de cuatro días no los habían tocado- y muchos pescados han muerto envenenados. Tampoco vamos a poder producir en esta tierra, porque también la tierra está envenenada”.

¿De dónde ese veneno? Es que los manglares fueron destruidos y arrojados al mar. Y como en los manglares siempre hay químicos naturales, al cabo de varios días esas sustancias envenenaron el hábitat de muchos peces. También el lodo de los ríos quedó envenenado. El huracán trajo también mucha sal a la tierra y eso envenenó la tierra, la hace improductiva. Todo lo que se haga para des-envenenar el agua, para drenar la tierra salada, debe hacerse con el liderazgo de la comunidad. La gente tiene que participar en el proceso de des-envenenamiento del agua y de la tierra.

En los Cayos Mískitos el desastre es tremendo. Los arrecifes en donde viven y comen los pescados más chiquitos, los que después se comen los pescados más grandes, están totalmente destruidos. El hábitat de los pescados y de las langostas quedó arrasado. El hábitat de pájaros y animales también. Los animales están, como nosotros, desconcertados. Hay, además, un grave problema con tanta cantidad de árboles caídos. Esa madera y esas hojas se van a secar y pueden comenzar las quemas y entonces será un desastre. En esta situación tan precaria, tendrá que llegar a las comunidades todo tipo de alimentos, porque ni la tierra ni el agua podrán darnos de comer durante mucho tiempo.

Es notable el dolor por los árboles caídos. Uno de los dolores mayores en este momento, para las personas más viejas, es haber perdido sus árboles frutales. Se les cayó la casa, pero lo que más les duele en el fondo del alma es que se les cayeron sus árboles…”Mire este árbol, lo sembró mi abuela… ¿Se acuerda de mi abuela?” Y con el árbol caído va toda la historia de la abuela que sembró aquel árbol. Como si los ya muertos volvieran a morir. El dolor por los árboles es también el luto por quienes ya no están en la comunidad…

Antes del huracán siempre hemos planteado, desde los pueblos costeños, que el desarrollo se vea, se diseñe y se enfoque desde la cultura. Desde la salud. ¿Y qué es salud? Salud es bienestar. Y si salud es bienestar, salud es vivienda, es producción, es aprendizaje, es intercambio, es la convivencia con la biodiversidad. Ahora debemos hacer realidad esta visión. El desarrollo, el bienestar de la Costa Caribe debe ser concertado con los pueblos costeños. Eso es lo que está contemplado y establecido en la Ley de Autonomía.

Los pueblos indígenas no hablan de la biodiversidad. Hablan desde la biodiversidad. El pueblo sumu-mayangna que vive en Bosawás tiene sus propias normas y regulaciones para mantener el bosque, los árboles, los pájaros, los animales…Tienen normas como ésta: si alguien caza demasiados animales se enferma porque rompe el equilibrio de los espíritus que controlan el agua, los mares, el bosque, el aire, la siembra. Para los pueblos indígenas, la biodiversidad es la articulación de todos los espíritus de la vida, que la reproducen y la conservan para que la comunidad de hombres, mujeres, niños y niñas puedan vivir de la vida sin destruirla.

Si ésa es nuestra cosmovisión, el huracán Félix destruyó mucho más de lo que vemos en las fotografías. Destruyó las comunidades, que son los espacios en donde conviven todas las formas de la vida El huracán destruyó el espacio en donde vamos a la escuela de la vida, que es la comunidad, en donde intercambiamos con los ancianos, en un intercambio que es oral, no escrito. El huracán destruyó iglesias, que son los espacios donde líderes indígenas y comunitarios se ponen de acuerdo. Destruyó escuelas, que son los espacios en donde intercambiamos el conocimiento. Destruyó los ríos, que son los espacios que nos dan alimento y bienestar. Todos esos espacios, controlados por los líderes de la comunidad -el wihta, el juez, la partera, el sukia, que son quienes dirigen los territorios- han sido destruidos. El huracán destruyó el equilibrio y la armonía que había entre
la persona, su familia y la comunidad. El gran reto que hoy tenemos para la reconstrucción es restaurar ese equilibrio, esa armonía.

Al destruirse ese equilibrio, existe hoy entre nosotros la sensación de que las normas de la comunidad para el manejo de la biodiversidad no se condujeron bien y entonces los espíritus se enojaron y reaccionaron con tanta destrucción. Hay que volver a conseguir el equilibrio, hay que volver a buscar esa armonía. Y tenemos este reto en un momento en el que todos estamos de luto. Todos estamos llorando, todos estamos tristes. Muy tristes porque hay gente a la que todavía no hemos podido encontrar. Cuando vamos a las comunidades y hablamos con el liderazgo, todos dicen: “Ya sabemos cuántos muertos tenemos, pero no sabemos aún dónde están seis, no hemos podido encontrar a seis…” Y los siguen buscando. Y así por todas partes. Es una situación nueva, a la que el liderazgo comunitario no está acostumbrado.

Reconstruir el equilibrio y la armonía no es fácil. Hay que partir de valores, de cómo reproducimos nuestra visión del mundo. Por eso, desde hace tiempo en las universidades de la Costa hemos venido preparando a nuestros propios profesores en educación intercultural bilingüe. Las poblaciones negras y las poblaciones indígenas tenemos que sentirnos orgullosas de lo que somos. Somos diferentes, hablamos diferente, nos organizamos diferente y tenemos que sentirnos orgullosos de esas diferencias. Pero para sentirnos orgullosos debemos partir de lo que aprendemos. Ahora, en esta emergencia, es el momento de aplicar todo lo aprendido.

¿Quiénes nos ayudarán a buscar el equilibrio perdido? En primer lugar, los médicos tradicionales. ¿Quiénes son los que han logrado devolver la armonía a la comunidad en el caso de la enfermedad del Grisis Signi, que es una enfermedad espiritual? No han sido los sicólogos, han sido los médicos tradicionales -el sukia, el curandero, el spirit man, el buyei- porque son los que saben trabajar con los espíritus. Con cierta frecuencia, los medios nacionales han informado sobre el Grisis Signi, una enfermedad que aparece en las comunidades del Río Coco. Para la medicina occidental se trata de una histeria colectiva. Pero para los médicos tradicionales del Caribe es una dolencia que afecta a las personas cuando pierden el equilibrio con su medio ambiente. El Ministerio de Salud de Managua nos ha mandado sus médicos a la comunidad en donde aparece esta enfermedad, pero no pueden curarla ni resolver el problema que la causa. Los médicos tradicionales son los únicos que saben qué hacer ante esta enfermedad. Ellos son los que en este momento están llamados a sanarnos, a buscar el equilibrio necesario para devolvernos la armonía entre la persona, la familia y la comunidad. Pero su desafío es mayor ahora que nunca, porque ellos mismos también están sufriendo, también ellos perdieron familiares.

La organización comunitaria ha identificado ya 32 afectaciones posibles en esta etapa de crisis. Una de ellas, el Isingni, la enfermedad que alguien experimenta cuando un familiar o una persona cercana muere, pero su espíritu no halla paz, no encuentra cómo descansar, por haber sufrido una muerte traumática. Es de esperar que en las comunidades se presenten muchos casos de Isingni, también del Grisis Signi y otras dolencias parecidas -las que tienen que ver con traumas espirituales- porque la armonía de la vida, la normalidad de la vida, se destruyó.

Y ojo: la medicina tradicional no es sólo conocer y emplear las plantas medicinales. Ya hemos aprendido que no basta estudiar las plantas y sus propiedades medicinales, que no basta saber para qué sirve tal o cual planta, qué cura tal o cual planta. La medicina tradicional va mucho más allá que eso: es la manera cómo se corta el árbol, es la manera como se prepara el medicamento, es también el ritual con que se aplica la medicina... Acompañando a los médicos tradicionales hemos entendido que para que las plantas sanen deben ir acompañadas de prácticas tradicionales, de rituales.

Ante la emergencia, hemos comenzado ya a trabajar en manuales para la sanación espiritual. Mantenemos un intercambio con los médicos tradicionales para, de manera conjunta, interpretar esta catástrofe, para que la gente no la entienda como un castigo por alguna falta, por algún pecado. Porque hay una sensación de que pasó lo que pasó porque la gente no cumplía con las normas morales y hay pastores en las radios acusando a la gente, culpándola, afirmando que el huracán llegó porque no llevaban una buena vida.

La iglesia morava juega un papel muy importante en las comunidades y en toda la región. Fueron los pastores de la iglesia morava quienes históricamente nos enseñaron las normas de una buena vida, de una vida moral. Los pastores siempre forman parte del liderazgo de la comunidad. En cualquier comunidad, cuando se juntan para intercambiar, allí está el pastor, que influye mucho en la vida de cada persona y en la vida de la comunidad. Hay también en la Costa un Consejo Ecuménico, en el que participa la jerarquía de las iglesias. Las autoridades regionales y nacionales se reúnen con el Consejo. A mitad de septiembre hubo un culto en el parque grande de Bilwi, en el que participaron los católicos y los moravos. Uno de los desafíos más grandes que tenemos en este momento es cómo no buscar culpables y como organizarnos mejor para que lo que nos pasó no nos vuelva a pasar y para reconstruir juntos.

Desde el primer momento hemos visto una solidaridad y una hermandad enormes. Nunca habíamos conocido una movilización a favor de la Costa Caribe tan grande como la que estamos viendo, desde todos los departamentos de Nicaragua, desde la sociedad civil, desde las universidades, desde las organizaciones nacionales e internacionales. Todo el mundo queriendo ayudar. Sentimos que realmente estamos siendo acompañados.

Quisiéramos que toda la ayuda fuera concertada con los costeños y orientada a un desarrollo con identidad. Y eso significa diálogo, concertación, ponernos de acuerdo y cumplir cada quien con la parte que le corresponde. Y digo esto, porque hemos visto llegar algunas brigadas de ayuda a las comunidades, sin ningún conocimiento de la cosmovisión y de las maneras de ver el mundo que tienen nuestros pueblos. Brigadas de sicólogos, brigadas que llegan directamente a una comunidad y empiezan a decidir. Pero, cuando alguien viene a visitarnos a nuestra casa, ¿no nos avisa antes? ¿Puedo ir a tu casa, vas a estar allí? ¿Por qué a una comunidad indígena se llega y se entra sin antes preguntar? Brigadas que llegan a decirnos qué es lo mejor para nosotros. Esto es muy traumático. Especialmente ahora, porque nos encuentran sumamente frágiles. Brigadas que llegaron diciendo: Venimos a trabajar con los niños.¿Por qué con los niños? Dijeron que los niños son su prioridad. ¿Y nadie pensó en trabajar con el liderazgo comunitario, que es el que está penando y es el que tiene que dirigir el territorio, especialmente ahora, cuando están tan desconcertado?

Un desarrollo desde la cultura debe priorizar al liderazgo comunitario, ayudarlo para que vuelva a ponerse de pie y comience a tomar las mejores decisiones en la comunidad. Llegaron otros, también para trabajar con los niños y con “el carrusel”. Pero, ¿cuándo los niños han visto eso? Pensamos que si se va a trabajar con los niños de la comunidad, especialmente en este momento, hay que mantenerlos cerca de las cosas que conocen, con palabras que conocen, en su idioma, con su manera de organizarse, con las maneras de la comunidad en donde han vivido.

No queremos asistencialismo. Queremos que no hagan las cosas por nosotros, que las hagan con nosotros. Queremos ponernos de acuerdo y hacerlo juntos, que nos acompañen a facilitar procesos. Antes del huracán ya estábamos acostumbrados a que llegara gente a las comunidades diciéndonos: Construyan así las casas, hagan letrinas, hagan pozos… Cuántas letrinas había en las comunidades y no se usaban. ¿Pozos? No se usan. ¡Es otra cultura! ¿Por qué trabajar con los niños si los que están sufriendo más y los que tienen que dirigir son los más viejos? ¿Por qué no volver a ver a los viejos? ¿Porque ahora la moda de las agencias es priorizar a los niños?

La Costa Caribe Norte fue uno de los territorios en donde más sufrimos los efectos de la guerra de los años 80, pero nunca tuvimos la oportunidad de tener ningún tipo de tratamiento sicológico que no fueran los del conocimiento tradicional. Los médicos tradicionales nos han ayudado a sanar de la guerra. Y también, de una manera o de otra, hemos venido sanando solos. Porque hemos tenido que trabajar juntos quienes fuimos enemigos durante la guerra. Yo fui concejal durante ocho años en el primer Consejo Regional. Y allí, a las sesiones del Consejo, llegábamos los yátamas y los sandinistas armados. Nos tomó dos años entender que no éramos enemigos, que estábamos allí para ver cómo resolvíamos juntos la situación de nuestra región. Hace poco hicimos una investigación en el río Coco para ver el estado mental de la población de niños y jóvenes. Y resultó sorprendente: esos niños, que no habían nacido cuando había guerra, dibujan aún tanquetas y armas y soldados. ¡Dibujan el traslado de sus comunidades a Tasba Pri, y ellos no habían nacido cuando eso ocurrió! Realmente, nunca nos recuperamos de una guerra.

Antes del huracán había muchos sueños y muchas aspiraciones en la Costa Caribe. Sueños de tener una región en donde el desarrollo se pueda ver desde la identidad. Un desarrollo donde los pueblos indígenas y los pueblos negros puedan identificar su manera de ver y entender el desarrollo. Y eso quiere decir que puedan vivir según planes construidos con la gente, desde la gente y con nosotros participando en el desarrollo que nos parece mejor para nosotros. Por eso, nuestro planteamiento ahora es ver la emergencia provocada por el huracán como una oportunidad. Nuestro planteamiento es reconstruir desde un enfoque intercultural. Algo hemos podido hacer. De la organización Los Pipitos, por ejemplo, llegaron por tierra con vehículo y con materiales, con ayuda. Logramos hablar con ellos y hacer un intercambio sobre la cosmovisión, sobre la espiritualidad de las comunidades y después conformamos equipos conjuntos, con los expertos de Los Pipitos, con personal de salud intercultural y con nuestras enfermeras de salud mental, todos indígenas de la región, partiendo de la cosmovisión con la que vemos el mundo. Juntos diseñamos cómo sería nuestra entrada a las comunidades.

Es necesaria la intervención de brigadas interculturales con la comunidad y desde la comunidad. Esto nos permitirá convertir la crisis en una oportunidad y aprovechar la solidaridad y hermandad que ya se ha dado y que se continuará dando, para ir más allá, para difundir conjuntamente cómo queremos llegar al desarrollo manteniendo cada pueblo su identidad. Mientras las comunidades reciben alimentos -los alimentos que no podrán producir durante mucho tiempo- esas brigadas conjuntas deben buscar cómo des-envenenar la tierra, cómo des-envenenar el agua para que la gente, y también los animales, puedan pronto, tomar agua limpia.

El huracán, una de las mayores tragedias que hemos vivido, llegó a nuestra región cuando tenemos un nuevo gobierno nacional y cuando en ese nuevo gobierno del Frente Sandinista participan, por primera vez, muchos compañeros y compañeras de la Costa Caribe en cargos muy altos: en el MARENA, en Salud, en Educación, en la Cancillería, en la Intendencia de la Propiedad... En cargos altos del gobierno nacional tenemos hoy a siete compañeros y compañeras. Además, tenemos diputados caribeños en el Parlacen y diputados nacionales y regionales en la Asamblea Nacional. En conjunto, tenemos en el Ejecutivo y en el Legislativo unos 25 compañeros y compañeras. Todos ellos conforman el Consejo Asesor de la Costa Caribe. De ellos y ellas, esperamos que asuman una administración nacional más participativa con la Costa.

Pero la Ley de Autonomía establece claramente quiénes son las autoridades en la Región: los Consejos Regionales, los Consejos Municipales y también las autoridades comunitarias. El gobierno nacional, el gobierno de Managua, siempre ha tenido una instancia nacional para controlar la Costa Caribe, para decidir por nosotros…sin nosotros. Yo no quisiera ver al nuevo Consejo asesor de la Costa Caribe haciendo esto. Quisiera verlos como lo que son: asesores. Porque nuestras autoridades son las que hemos elegido, las que están en el territorio. Y los que están en Managua deben coordinarse con los que están en el territorio. Ése debe ser el espíritu. Si los compañeros y compañeras que están en Managua no logran una buena articulación con las autoridades regionales, con la sociedad civil costeña, con el liderazgo comunitario, será mucho el tiempo perdido en medio de esta emergencia.

Como unas dos semanas antes del huracán llegaron de Managua con una propuesta de planificación estratégica y comenzaron a conformar comisiones de trabajo. Mi aspiración es que en esas comisiones de trabajo podamos despedazar ese plan y volver a construirlo partiendo de nuestras aspiraciones. Ahora, en esta emergencia, la coordinación y nuestra participación en la toma de decisiones, son aún más urgentes.

Hemos avanzado algo, pero nos falta mucho. Ya tenemos nuestros propios profesionales, preparados en la región. Ayer me reuní con el equipo técnico que está apoyando en la Casa de gobierno: “Miren, hermanos y hermanas, ésta es la prueba de fuego de URACCAN, ésta es nuestra prueba de fuego, llevamos trece años preparándonos desde la cosmovisión. Todo nuestro discurso parte de la cultura, ahora es cuando, ahora es la hora de ir y poner todo eso en los planes”. Y ya sabemos que “poner todo eso” en los planes significa pleito. Pleitos, pleitos. Discutir y discutir hasta lograr introducir nuestro punto de vista en el plan. Y si lo introducimos, ¿significa que va a funcionar? No. Significa que no lo podemos soltar, significa continuar y continuar y estar ahí, estar en las comunidades, significa luchar.

Estamos acostumbrados históricamente a los pleitos, eso no nos asusta. En la Costa estamos acostumbrados a pelearnos entre nosotros, los mískitos, los negros, los sumus-mayangnas, los mestizos, porque tenemos diferentes maneras de ver las cosas. Porque ésa fue nuestra historia. ¿Qué es lo que nos junta? Que alguien del Pacífico nos ataque. Cuando llegó el diputado liberal Enrique Quiñónez a la Costa y ofendió a nuestras autoridades regionales, acusándolas de irregularidades y diciendo que desde Managua harían una comisión investigadora, eso nos molestó a todos, a todos nos juntó, y todos estamos enojados con él. Porque ésas son nuestras autoridades, las pusimos nosotros y merecen respeto. Con cosas así es cuando nos unimos, cuando nos juntamos todos.

Yo creo que la Costa Pacífica de Nicaragua necesita un diálogo franco con nosotros. Tenemos que encontrarnos para podernos dar la mano con respeto. Pero falta mucho para lograrlo. Sólo un ejemplo: los abogados preparados en las universidades del Pacífico no estudian la Ley de Autonomía. ¡Y esa Ley cubre el 52% del territorio nacional! La Constitución Política de Nicaragua empieza diciendo que Nicaragua es un país multiétnico, multilingüe y pluricultural. Si la Constitución dice eso, todo el gobierno tendría que estar organizado para que eso sea verdad y para que todos podamos alcanzar. Pero, ¿funciona así? No. Seguiremos peleando para hacernos visibles.

A como está organizado el gobierno, cuesta que nosotros podamos hacer un buen control de nuestro liderazgo. En esta emergencia, las decisiones las está tomando un grupito. Pero nosotros hemos dicho: Vivimos aquí y nadie nos puede sacar. Nos metimos como sociedad civil a participar ¿y quién nos va a sacar?

El partido indígena Yátama está ahora ante un gran desafío, en un contexto nuevo, por su alianza con el Frente Sandinista, que ahora es gobierno. La alianza Yátama-Frente Sandinista es un reto para ambos partidos. Porque en la Costa no todo el mundo es Yátama ni todo el mundo es sandinista y hay diferentes ideologías en la población. Por eso hay que tener un gran cuidado para evitar que politicen la ayuda. Y un gran cuidado para que los partidos no diluyan nuestra identidad ni nos aparten de los sueños que tenemos.

Nosotros creemos que toda la ayuda debe coordinarse con las autoridades regionales. El SINAPRED, que está conformado por instancias nacionales, ha centralizado la ayuda. ¿Cómo lograr una descentralización, la articulación de ésa y de otras instancias nacionales con las instancias regionales? Eso nunca lo hemos logrado y cuando teníamos todavía un largo trecho por andar, llegó el huracán. El huracán nos encontró tratando de articularnos. Y con discursos diferentes. Pero yo tengo la confianza de que vamos a poder avanzar. Porque la Ley de Autonomía se aprobó en 1987, estando el Frente Sandinista en el gobierno. Yo confío en que nos van a dejar hacer las cosas a nosotros, a quienes nacimos, vivimos y luchamos en la región.

En estos momentos, lo más urgente es dejar de culparnos. Si nos pusiéramos a buscar culpables de lo que pasó, ¡la lista sería grande! Ahora, tenemos que usar toda nuestra energía en la reconstrucción. Y eso es lo que estamos haciendo: las energías las estamos usando para obtener informes reales, para trabajar en propuestas que sean coherentes y para ayudar a la gente a salir de esa sensación de vacío y de pérdida que reina hoy en nuestras comunidades.

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