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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 250 | Enero 2003

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Nicaragua

Desminar campos y conciencias: las huellas de la guerra

Las minas antipersonales son la estela más cruel que la guerra deja a su paso. Sus explosiones sorpresivas son como tambores fúnebres que acompañan los largos y penosos años de reaprendizaje ciudadano de una cultura de paz.

Carlos Powell

Periodísticamente hablando, y en un momento de la historia donde todo parece estar sujeto a su valor de mercado, la paz no se vende bien, no se cotiza. Sí se vende el rugir del cañón, la carne despedazada, la sangre, el fuego cruzado, la hecatombe, la desgracia, el llanto, el horror. Hay mucho mercado para lo escalofriante, para el espectáculo morboso. Quizá es por eso que hoy se habla menos de Nicaragua en la prensa internacional.

Es mucho más fácil comenzar la guerra que terminarla. Y más difícil aún reparar las secuelas invisibles, esas manchas del alma que no se borran jamás. Las guerras terminan cuando los generales se dan la mano, o cuando se firma un tratado, capitulación o pacto. Pero la paz no es un papel firmado, sino un proceso silencioso, lento, laborioso. No tiene un camino trazado sino que, como dice el célebre verso del recordado poeta español Antonio Machado, la paz se hace al andar.

La guerra tiene beneficios económicos fabulosos en moneda contante y sonante, que entra a los bolsillos de unos pocos. Esos pocos, en general, son los que no tenían necesidad de más. Los que nunca van a los frentes de guerra. La paz, en cambio, trae ganancias que no se miden en dólares y que además se reparten muchos, esos muchos que siempre son la carne de cañón, los que en vida no tienen lo básico para vivir. ¿Qué ganan ellos con la paz? Sencillamente, la vida. Sin embargo, en los países pobres vivir es sobrevivir. Cuando cesan las guerras, ¿a qué vida tienen derecho los que no murieron en ellas? Respirar, comer, caminar, son funciones comunes a todos los animales. Pero el ser humano, para afirmarse como tal, dignamente, necesita mucho más.

GUERRAS ENTRE HERMANOS: UN HORROR MAYOR

Las guerras no convencionales o civiles tienen una característica que las hace más execrables: se libran entre conciudadanos. La guerra de Nicaragua de los años 80 oscilaba entre estas dos definiciones. Los sandinistas no aceptaban que se la llamara civil, querían que el mundo supiera que frente a ellos estaba un ejército claramente identificable, financiado por Estados Unidos: los “contras”, quienes se autodenominaron Resistencia Nicaragüense. Más allá de estas definiciones, la realidad es que en un país tan pequeño como Nicaragua, los que tiraban unos sobre otros eran vecinos de la misma calle, el tío llegó a disparar sobre el sobrino, un hermano sobre otro, y sabemos que hasta padres e hijos estuvieron de uno y otro lado de la contienda. Estas huellas del horror son para el resto de sus días. La investigación actual nos muestra cómo algunas heridas bélicas parecen transmitirse de una generación a otra.

MINAS ANTIPERSONALES: ASESINAS INVISIBLES

Si la pacificación de las guerras civiles es en sí misma una empresa humana gigantesca, existe otra dimensión que la hace prácticamente insondable: las minas antipersonales. No sirven para destruir objetivos materiales, sino para protegerlos. He aquí la cruel paradoja: para proteger objetivos productivos y estratégicos de los ataques de la Resistencia Nicaragüense, los militares sandinistas de los años 80 los rodearon con minas antipersonales. 150 mil. Y hoy todavía, las minas que debían preservar el desarrollo de la población civil campesina, son su cruz cotidiana.

Las he visto. Cedí, por temeridad o por oficio, a la tentación de tener una mina aún no desactivada entre mis manos, sopesarla en silencio, tragar saliva. Me quedé con la sensación de haber tenido en las manos una cobra real dormida. Hay muchos modelos: la PMN y la PP-MI-SR, de baquelita, para eliminación individual, las más usadas. La M-18, para emboscadas. Todas están diseñadas para afectar o segar para siempre la vida de un ser humano. Instalar estos artefactos de muerte es mucho más fácil y más barato que desactivarlos, extraerlos de sus nichos mortales y destruirlos.

Por eso, cuando cesa de tronar la metralla, un largo martirio civil comienza. Porque el potencial criminal de estas bombas radica precisamente en su invisibilidad: cuanto más sorprende, más aumenta su eficacia. Dentro del contexto de la “transición”, iniciada en 1990, algunas organizaciones comenzaron tímidamente a pensar que había que ocuparse también de los discapacitados de la guerra de manera específica, iniciar tareas de prevención contra los accidentes entre la población civil con las minas antipersonales, y diseñar los primeros programas para la recuperación de una cultura de paz con la mirada puesta en el futuro. Es decir, comenzar a trabajar por algo y no en contra de alguien.

Para poder iniciar el proceso de desminado, Nicaragua encontró la base necesaria en la Convención de Ottawa. La comunidad internacional se sumó entonces al financiamiento de estos costosos programas, siendo el ejecutor el nuevo Ejército nacional, a través de su Programa Nacional de Desminado. Hasta la fecha, el Teniente Coronel Spiro Bassi, a cargo del Programa, estima que a un costo de 350 dólares por mina, se han invertido ya 20 millones en la destrucción de minas en arsenal y la desactivación y destrucción de minas en tierra. El mando militar afirma que de las aproximadamente 150 mil minas en tierra habría sido destruido el 59%. Y el Presidente Enrique Bolaños, en el acto de clausura de la conferencia “Avances del Desminado en las Américas”, realizada en Managua en agosto de 2002, celebró el acto de destrucción número once de minas en arsenal en Nicaragua, con lo cual -dijo- el país es ahora un territorio libre de minas almacenadas. Sin embargo, la realidad es que aún quedan escondidas en tierra 55 mil minas antipersonales, especialmente en el norte del país, a lo largo de la frontera con Honduras, en el departamento de Nueva Segovia.

DESPUÉS DEL MITCH: BUSCAR A CIEGAS

Fue en medio de la evolución del proceso de desminado que llegó a Nicaragua, en octubre de 1998, el huracán Mitch, en pleno gobierno de Arnoldo Alemán. Además de toda la destrucción que provocó -drama conocido internacionalmente- el huracán desplazó enormes cantidades de lodo, lomas enteras cambiaron de lugar, muchos ríos modificaron su curso desplazando enormes bancos de arena. La topografía cambió en ocasiones de tal manera que ni los habitantes la reconocían. Y por supuesto, los mapas militares de ubicación de minas antipersonales quedaron obsoletos. El señalamiento visual, las advertencias, carteles y cintas, todo lo que lentamente se había comenzado a hacer para entonces, fue destruido por los vientos furiosos y las aguas torrenciales del Mitch.

La ayuda internacional tuvo que volcarse, entonces, a la urgencia del momento. Esta ayuda humanitaria fue devastada por otro huracán: la mano inescrupulosa del presidente Alemán y de sus allegados políticos, hecho también conocido internacionalmente y con repercusiones actuales. Trágico destino el nicaragüense, similar a los peores castigos de la mitología griega.

No sólo se interrumpió el trabajo de desminado ya iniciado, sino que éste se transformó en una tarea más peligrosa aún: buscar a ciegas. La progresión se hizo más lenta, y más criminal. Especialmente en el norte de Nicaragua, donde la topografía es sumamente montañosa y quebrada, e impide la utilización de los barreminas motorizados. Allí sólo zapadores especializados pueden intervenir, a un costo muy alto en moneda y en riesgo. Muchos productores, apurados por entrar en sus tierras y cultivarlas, se aprovechaban de la miseria de la gente y pagaban a cualquier persona para que desactivara las trampas explosivas. Otros habitantes, por la necesidad, lograban extraerlas pero las usaban para pescar. ¿Cuántas personas murieron de esta manera? Es difícil saberlo en un país dislocado económicamente, permanentemente al borde de una anarquía general e inmerso en una profunda miseria.

CADA ESTALLIDO, UNA HERIDA QUE SE VUELVE A ABRIR

Las minas antipersonales constituyen la estela más pertinaz e inconcebible que deja la guerra tras su paso. Con sus explosiones sorpresivas son como desacompasados tambores fúnebres que acompañan los largos y penosos años de reaprendizaje ciudadano de una cultura de paz. Mientras los hermanos otrora enfrentados en la guerra hacen mil esfuerzos por aprender a vivir juntos, cada estallido que lanza por los aires a un niño, cada silueta que aparece titubeando por una calle con su elemental prótesis, cada madre mutilada cargando a cuestas un hijo, cada silla de ruedas que aparece de pronto frente al caminante en alguna comarca, es como una herida que vuelve a abrirse y a sangrar. De repente, en un segundo, todas las imágenes de la guerra aparecen ante los ojos de los pobladores como si hubiera sido ayer. Cuando se trata de niños, estas heridas son más cortantes aún, por cuanto son víctimas de una guerra en la que no tuvieron arte ni parte: la mayoría ni siquiera había nacido entonces.

Muchas son hoy las organizaciones que trabajan en diferentes proyectos destinados a detener para siempre esta vorágine de sangre. Muchos de los donantes de hoy -¡ay!- son países que en otros momentos actuaron “diplomáticamente” durante la guerra. Diplomáticamente es una palabra diplomática. No quiero en este relato referirme a ellos. No quiero referirme al trabajo que el Ejército nacional hace hoy, porque es su obligación y no debe ser percibido como una obra gloriosa.

Tampoco quiero mencionar aquí a las organizaciones o instituciones oficiales que se han desarrollado en los últimos años con enormes recursos. Sus acciones son las que muchos conocen porque son divulgadas prioritariamente por los medios, en varias columnas o en los grandes noticieros. Están bien y nunca serán suficientes.

URIEL Y LEÓNIDAS: DESMINANDO CONCIENCIAS

Encontré a gente de una de las organizaciones más pobres de Nicaragua, que trabaja en el terreno en un proyecto de educación para la paz. Se trata de una organización que buscó y sigue buscando integrar a discapacitados que pertenecieron al Ejército Sandinista y a la Resistencia Nicaragüense, sea en la sandinista Organización de Revolucionarios Discapacitados (ORD) nacida en 1982, como en la Asociación de Discapacitados de la Resistencia Nicaragüense (ADRN) nacida en 1992. Esta extraordinaria mutación de dos organizaciones locales nacidas de la guerra hace también que sea uno de los pocos vestigios institucionales que sobreviven de esa época.

Hablé con Uriel Carazo y con Leónidas Pérez, antiguos enemigos durante la guerra y ambos lesionados para siempre por ésta. Ellos son los coordinadores de estas dos organizaciones en el departamento de Madriz, nueve municipios donde viven unas 135 mil personas. En su frontera con Honduras quedan aún decenas de miles de minas todavía sin desactivar. Desde hace años, con una oficina situada en la ciudad de Somoto, Uriel y Leónidas trabajan en la Comisión Conjunta ORD-ADRN. Detrás de estas siglas, una guerra devastadora; delante de ellas, una labor luminosa de humanidad. A su solicitud, hablan los dos a una sola voz.

“Nacimos en 1992-93 -empiezan su narración-, con la desmovilización de la Resistencia Nicaragüense y el proceso de reducción del Ejército Sandinista, el Centro de Estudios Internacionales (CEI) de Managua tuvo la iniciativa -a través de su Programa de Educación y Acción para la Paz- de auspiciar el acercamiento entre la ORD y la ADRN. Al inicio fue difícil, sandinistas y contras asistían a las reuniones con sus pistolas. El CEI organizaba encuentros de varios días, y teníamos que dormir en la misma habitación unos y otros.

Eran momentos en que sólo la mención de palabras como sandinista o resistencia ponían a todo el mundo chiva. Pronto, unos empezaban a preguntar: Y vos ¿de qué comando eras? Y vos, ¿en qué frente estabas? Rápido, con el recuerdo de la guerra, los ánimos se iban caldeando, nos poníamos tensos y unos ¡Vos fuiste contra! y otros ¡Y vos piricuaco! A veces faltaba poco para que nos volviéramos a agarrar, era una zozobra total. Los organizadores tenían que cambiarnos de cuarto, para evitar problemas. Exactamente como si fuéramos muchachones inmaduros. Ahora, cuando nos acordamos de esos momentos, hasta nos da vergüenza.”

PRIMERO RECONCILIADOS Y DESPUÉS RECONCILIADORES

“Sin embargo, fuimos creciendo -sonrien-. Con el tiempo y el esfuerzo mutuo, pudimos pasar por dos etapas fundamentales: primero la de reconciliados y más tarde la de reconciliadores. Los pioneros de todo este esfuerzo fueron siete personas que lograron superar las tensiones iniciales: tres lisiados de guerra del Ejército Sandinista y cuatro de la Resistencia Nicaragüense. A fines de 1993 decidimos, después de una serie de encuentros, aceptar el reto que nos estaba lanzando el CEI y formar la Comisión Conjunta de Discapacitados por la Paz ORD-ARDN. Lamentablemente, de todas las comisiones conjuntas que se formaron, la única que sigue funcionando es la nuestra, en Madriz. Quizá porque es aquí donde se concentraron los frentes más grandes durante la guerra. Quizá porque se tiene la idea de que cuando se desactivan las minas en un sector, ya no es necesaria la Comisión Conjunta. Un grave error.”

“Llevamos ya muchos años trabajando. Quiere decir que hemos madurado, que hemos crecido, que hemos aprendido. Sabemos que podemos ser ejemplo no sólo para otras regiones de Nicaragua, sino también del mundo. Pero esta Comisión Conjunta nunca debería dejar de existir, aunque ya no quedara ni un solo lisiado de la guerra en el país: debería seguir trabajando en la prevención, en la educación para una cultura de paz, permanentemente”.

“Nuestra misión es integral: no sólo se trata del desminado y de la prevención de accidentes con todo tipo de armas y explosivos que ha dejado la guerra en el territorio nacional, que son mandatos específicos de la Convención de Ottawa. Nuestra misión es la reinserción integral de los afectados, crear las condiciones económicas, sociales y profesionales adecuadas -luchando contra las barreras administrativas y los prejuicios- para que todos participemos en el desarrollo local.”

EL GRAVE ERROR DE SUPERMAN Y LA MUJER MARAVILLA

“Además de ocuparnos de un sinnúmero de tareas administrativas que tienen que ver con la simple sobrevivencia de los discapacitados (trámites burocráticos, gestiones para obtención de prótesis, elaboración de proyectos productivos) organizamos talleres específicos sobre protección ambiental, enfoque de género, desarrollo comunitario, derechos de los discapacitados, resolución de conflictos, sensibilización sobre la discapacidad, conferencias sobre ética, justicia y paz. El trabajo de educación popular ocupa un espacio importante.

En estos años ha habido grandes organizaciones que llegaron aquí con las mejores intenciones y mucho dinero, pero sin tener una visión social clara. Y se cometieron errores garrafales. Un ejemplo: una de estas organizaciones imprimió en miles de ejemplares un folleto “popular” de prevención contra el peligro de las minas dirigido a los niños. Era una historieta de Superman y la Mujer Maravilla -sacan el folleto de un cajón, me lo muestran y casi no puedo creer lo que veo: una edición full-color en papel satinado donde Superman y la Mujer Maravilla ocupan los roles estelares de “salvadores” de los niños, levantándolos en el aire justo a tiempo antes de que pisen una mina-. Con este documento, que no solamente era totalmente inapropiado culturalmente por lo que representa Superman en el imaginario social, lo que sucedió fue que muchos niños querían encontrar minas y ponerse deliberadamente en una situación de peligro, para que Superman o La Mujer Maravilla vinieran a rescatarlos...

LA GUERRA ES UN BUEN NEGOCIO PARA RICOS Y POLÍTICOS

Pregunto a Uriel y a Leónidas, cómo se pueden ubicar las minas aún enterradas si los mapas militares han quedado obsoletos a raíz del huracán Mitch. “Esto es un proceso largo y delicado. Los mapas militares fueron utilizados desde el 93 hasta el 98, cuando pasó el huracán Mitch. Luego, hubo que recurrir a la información que podían dar los soldados desmovilizados de uno y otro ejército, sobre lugares de almacenamiento -buzones- y nichos de todo tipo de armas explosivas. Lamentablemente, sabemos que todavía queda mucho material clandestino. También se ha recurrido a la colaboración de los campesinos, porque ellos saben y ven muchas cosas, aunque prefieren no informar por temor a meterse en problemas. Les hacemos comprender que su ayuda es fundamental para ellos mismos, sus hijos, sus economías de sobrevivencia, sus pocos animales”.

Les digo que resulta una enorme paradoja que ahora se tenga que recurrir a los pobladores para resolver un problema en el que no sólo no tuvieron ninguna responsabilidad, sino que han sido y siguen siendo los primeros afectados.

“Sí, desgraciadamente así es -me dicen-. La guerra es un negocio para los burgueses, para los ricos, para los fabricantes de armas, para los políticos. Los que ponen los muertos, mayoritariamente, son campesinos, mujeres y niños. Cuando nosotros nos dimos cuenta de que tanto los soldados contras como los soldados sandinistas teníamos los mismos problemas y éramos igual de pobres, nos pusimos a trabajar juntos.”

“Pero también nos dimos cuenta de que una de las peores barreras es el pozo cultural y educativo en el que han sido hundidos nuestros campesinos. Éste es un trabajo titánico. Enfrentamos la inconsciencia de mucha gente. Esto también tiene sus raíces en el problema de la educación básica y en la miseria económica. Por ejemplo, muchos productores del campo, que tienen capacidad económica, cuando saben que hay una mina en algún campo de cultivo, para “resolver” rápido, no informan a las autoridades: buscan algún hombre que necesite dinero y le pagan cien córdobas para que la desactiven. Otro caso es el de las personas que logran recuperar intactas las minas, y en lugar de entregarlas al Ejército o a la Policía, las usan, por ejemplo, para pescar. Las dejan caer en el fondo de un laguito o de un río y después le tiran una piedra, la hacen estallar y recuperan los peces que afloran muertos a la superficie. Se han registrado accidentes por todos estos actos de inconsciencia de la gente. Además de lo que esto supone como daño ambiental.”

“LA MINA ME DESTROZÓ LAS PIERNAS Y QUISE MATARME”

Al final de la conversación, Uriel y Leónidas me contaron algunas de sus experiencias personales con las minas, en la guerra.

“Ahora podemos contar lo que nos pasó, porque ya hemos superado lo peor: la tentación del suicidio, que muchos experimentan en algún momento si no hay una estructura que les ayude a empezar una nueva vida, con un nuevo cuerpo. Nosotros sufrimos accidentes como combatientes, no como civiles. Esto cambia un poquito el enfoque porque cuando uno hace algo por convicción no tiene que culpar a nadie después”.
“Yo -aquí habla sólo Uriel- caminé sobre una mina en 1988, en un lugar que se llama El Doradito, entre Honduras y Nicaragua. La mina me levantó por el aire. Al caer, después de la explosión, estaba consciente y me vi las piernas destrozadas. Inmediatamente pensé que iba a quedar discapacitado para toda la vida, que iba a dar lástima a la gente. Y tuve una primera reacción: agarré una granada y quise quitarme la vida. Pero un compañero de tropa se me echó encima y me dijo: ¡Si te matás, me matás a mí también! Ese gesto me detuvo. Al tercer día hubo condiciones y me sacaron de la montaña. Cuando salí del hospital, meses después, empecé a hacer trabajo administrativo dentro del ejército, apoyando a los combatientes que llegaban a Managua desmovilizados o heridos. Creo que esto fue lo que, poco a poco, me fue devolviendo la autoestima que necesitaba. Y después fui invitado a los primeros talleres organizados por el CEI. Y aquí estoy.”

“Lo mío -cuenta Leónidas- fue menos grave que lo de Uriel. Yo recibí en combate esquirlas de un tiro de mortero, que se me incrustaron en la espalda y en un brazo. No tengo problemas motores, pero sí me ha afectado en mi desarrollo personal de otras maneras.”

“Sin duda -continúan ahora los dos- que estas experiencias hacen que una persona vea la vida de manera diferente. Aunque depende también de otros factores personales, nacionales. Dependió también de la derrota electoral del Frente Sandinista y de la desmovilización de los dos ejércitos. Estos hechos “sacudieron” el árbol en Nicaragua: algunos cayeron parados, otros acostados, otros de cabeza. Otros se quedaron colgados o bien aferrados al árbol. ¿Entiende lo que queremos decir? No es necesario ser pobre, campesino y haber sufrido un accidente con una mina para hacer el trabajo que hacemos nosotros. Pero haber pasado por eso nos confiere una cierta autoridad, especialmente frente a cualquier político de la ciudad.”

ESCRITOR Y PERIODISTA ARGENTINO. ESTE TEXTO, CON EL TÍTULO “SE HACE LA PAZ AL ANDAR”, EDITADO Y RESUMIDO POR ENVÍO POR RAZONES DE ESPACIO, OBTUVO EL PREMIO EN LA CATEGORÍA DERECHOS HUMANOS, DE LA EDICIÓN 2002 DEL CONCURSO JUAN RULFO, PROMOCIONADO POR EL COLEGIO DE MÉXICO Y RADIO FRANCIA INTERNACIONAL.

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