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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 410 | Mayo 2016

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América Latina

Rubén Darío, lector latinoamericano de la cultura europea

Darío, “el nicaragüense universal” fue también un apasionado lector de la cultura europea en un momento en que el viejo continente vivía una época de cambios acelerados. Hoy, cuando es el mundo entero el que vive una transformación vertiginosa, ese nuestro “paisano inevitable” que es Darío tiene mucho que enseñarnos: su mirada crítica sobre el mundo que le tocó vivir, su afán de agotar un tema desde todas las perspectivas, su espíritu de provocación.

Pascual Ortells

El 6 de febrero de 2016 se cumplieron cien años de la muerte de Rubén Darío. El gobierno conmemoró la fecha emitiendo un decreto que lo declara Héroe Nacional y otro que ordena que se recuerde su obra durante todo este año en todas las escuelas e instituciones. También inauguró un parque en su honor en la ciudad de León. El propio día de su muerte se realizaron actos públicos con declamación de sus poemas más conocidos, hubo comentarios en los medios de comunicación y mensajes en las redes sociales sobre detalles de su vida, su muerte y sus funerales, alguna polémica y… muchos “vigores dispersos”.

En Nicaragua solemos hablar siempre de las mismas etapas de la trayectoria errante de Rubén. Hablamos más de su muerte que de la accidentada etapa que vivió seis años antes, cuando intentó suicidarse en La Habana. Hablamos más de su dramática vida que de su extensa obra en prosa. Mucho menos hablamos de su variado trabajo periodístico. Y de su obra poética conocemos y recitamos casi siempre los mismos poemas. Hay algunos, como Pax, que casi nadie recuerda, a pesar de su vigencia en la etapa que vivimos hoy en Nicaragua:

¡Oh pueblos nuestros!, ¡oh pueblos nuestros! Juntaos
en la esperanza y en el trabajo y la paz;
No busquéis las tinieblas, no persigáis el caos,
y no reguéis con sangre nuestra tierra feraz.
Ya lucharon bastante los antiguos abuelos
por Patria y Libertad…


ENTERRADO COMO PRÍNCIPE DE LA IGLESIA


Dicen los historiadores que en los funerales de Félix Rubén García Sarmiento el fervor popular se desbordó en las calles de León. Erick Blandón llama “monumentalización” a la estrategia con la que el gobierno conservador de entonces y los jerarcas católicos intentaron sepultar el mensaje de Rubén Darío y su obra entre los restos mortales del personaje rindiéndole los más altos honores de la liturgia. Al enterrar como Príncipe de la Iglesia al príncipe de las letras trataban de enterrar en el olvido todo lo que en la obra del poeta modernista evocaba los principios filosóficos, sociales y políticos del modernismo, una corriente del pensamiento y del arte condenada por el Papa Pío Décimo. Finalmente, el pecador había recibido los santos sacramentos y el librepensador había abjurado de sus errores…

Para quienes lo sepultaron entre incienso y agua bendita, uno de los pecados de Darío había sido su relación con el Presidente liberal José Santos Zelaya.

Todavía en 1912, con motivo de la gira que realizó para promover la revista Mundial, Darío visitó a Zelaya -ya depuesto del cargo- en Barcelona, hecho que se pasa por alto en algunos clichés hagiográficos. El encuentro quedó documentado en el número de junio de la revista con una foto de Boyé y un texto de Javier Bueno, supervisado por Darío, “quien me instruye y me guía sobre lo que han de ser estas crónicas”, que decía: “Este hombre que durante diecisiete años fue Presidente de la República de Nicaragua es una víctima del odio norteamericano porque defendió los sagrados derechos de la raza latina, viéndolos amenazados por la avaricia de los hombres del Norte”.

Ese día, Zelaya invitó a Darío a comer en su “villa llena de flores y soleada”, donde vivía retirado “satisfecho del deber cumplido”. Más allá de los intereses de la revista en cuestión, el encuentro respondió al deseo de Darío. Era el modo de reafirmar su posición política, expresada ya años atrás en varios artículos contra el Presidente de Estados Unidos Theodore Roosevelt, al que criticaba por dar lecciones de democracia a los franceses. Expresada también en textos contra la “antidiplomacia” de otro Presidente del Norte, William Howard Taft, quien fue el que envió a Nicaragua la famosa Nota Knox, que precipitó la caída de Zelaya.

SER DIPLOMÁTICO PARA PODER ESCRIBIR


Rubén Darío pasó toda su vida aspirando a un cargo diplomático. Veía en la diplomacia la vía más idónea para tener una posición digna que le permitiera dedicarse a la literatura, como era el caso de su amigo colombiano Vargas Vila. Y en sus dos primeras misiones diplomáticas. Lo logró como secretario de la delegación de Nicaragua al Cuarto Centenario del Descubrimiento de América, cuando conoció en persona a Menéndez Pelayo, Juan Valera, Emilio Castelar, a la reina regente María Cristina y a la familia real española; y lo logró como cónsul general de Colombia en Argentina, cuando pudo trasladarse de Guatemala a Buenos Aires con una escala en Nueva York, donde fue invitado de honor a un mitin de José Martí, y en la segunda escala en París vio a Paul Verlaine, aunque apenas pudo cruzar con él unas palabras por el estado triste, doloroso, grotesco y trágico en que la adicción alcohólica había dejado al poeta francés. En los casi seis años que se desempeñó como cónsul de Nicaragua en París se desplazó también a Madrid como delegado en la Comisión de límites de Nicaragua y Honduras y a Río de Janeiro para la Tercera Conferencia Panamericana.

Al representar a Nicaragua en España casi alcanzó su sueño de ser embajador, pues tendría que haber sido nombrado ministro plenipotenciario, en vez de ministro residente, lo que significaba menos recursos financieros. Su peor experiencia como diplomático la sufrió como delegado de Nicaragua al Centenario de la Independencia en México.

En 1910, después de casi tres años de ejercer como ministro residente en España -cargo del que ya le adeudaban doce meses- y del que para mantener el decoro de la legación nicaragüense en Madrid había tenido que recurrir a sus ganancias como escritor, a la venta de su piano y a lo que ganaba como periodista escribiendo en La Nación de Argentina con el seudónimo Ni-ka, Rubén se trasladó a París y renunció a su cargo en la legación. El nuevo presidente, José Madriz, sin aceptarle la renuncia de manera explícita, le respondió diciendo que lamentaba la separación y esperaba contar con él en el futuro, cosa que hizo pronto, nombrándolo representante del gobierno de Nicaragua a los actos del Centenario en México.

SER PERIODISTA PARA PODER VIVIR


Pero no fueron sus experiencias en el servicio diplomático las que lo decantaron hacia el periodismo. Darío era consciente de que sólo el periodismo podía colocarlo en la palestra internacional para difundir sus ideas renovadoras en la Lengua y en las Letras. Tal vez ésa fue una lección que aprendió en su adolescencia en León, leyendo al escritor y político cosmopolita ecuatoriano Juan Montalvo.

Reconocer a Rubén Darío como periodista es reconocer que el “nicaragüense universal” necesitaba ingresos para vivir con dignidad en un tiempo en el que ya no existían mecenas y en el que los autores apenas gateaban en el mercado de la literatura. Lo que sucede es que la palabra “periodista” no se usaba en tiempos de Darío con el mismo senti¬do que le damos hoy. A quienes escribían en los periódicos no se les llamaba periodistas, se les llamaba gacetistas, jornalistas (del francés journal) y diaristas. En los primeros años del siglo 20 todavía Valle-Inclán hablaría en Luces de Bohemia de una “mozuela golfa” que era “periodista y florista” y eso significaba que vendía periódicos y flores. Sin embargo, desde 1862 Juan Valera ya había afirmado en su discurso de ingreso a la Academia de la Lengua que ser periodista era un oficio, como el de médico, ingeniero o abogado.¬

PERIODISTA DE CALLE,
CORRESPONSAL, DIRECTOR DE DIARIOS...


En el periodismo, a excepción de dueño de un periódico, Rubén Darío hizo casi todo: fue colaborador, reportero, columnista, corresponsal, director artístico y director. Y haciendo de casi todo en el periodismo transcurrió prácticamente toda su vida: desde que colaboró con El Termómetro -que dirigía en Rivas el historiador liberal José Dolores Gámez- publicando allí sus primeros poemas, y con La Verdad de León, donde publicó sus primeros artículos, hasta su última crónica, que apareció en La Nación de Argentina unos meses antes de su muerte.

Publicar en periódicos y revistas sus poemas, cuentos y novelas no lo hizo periodista. Lo fue porque dirigió periódicos: La Unión en El Salvador y El correo de la tarde en Guatemala. Porque fundó revistas: Revista de América en Buenos Aires. Porque apoyó la fundación de otras: Revista Nueva en Madrid. Fue también periodista de calle cubriendo sucesos y la nota roja en La Época, periódico liberal de Santiago de Chile.

A su llegada a Buenos Aires en agosto de 1893 visitó por primera vez la redacción de La Nación, el principal periódico de Argentina, entonces el más influyente de América Latina, en el que ya colaboraba desde su estancia en Chile. Fue este diario no sólo su fuente de ingresos, también el minarete desde el que convocaba a los creyentes en la Religión del Arte. En La Nación verían la luz más de 630 escritos suyos: crónicas, ensayos, prólogos, poemas, cuentos, y novelas. La última carta de Rubén Darío está dirigida al director de ese diario, agradeciéndole el último pago y encomendándole a su hijo Güicho.

LAS CRÓNICAS PERIODÍSTICAS:
UN LABORATORIO POÉTICO


Después de residir cinco años en Buenos Aires, Darío encontró, gracias a La Nación, la oportunidad de establecerse en España por un tiempo antes de dar el salto definitivo a París para cubrir la exposición universal de 1900.

Para entonces ya había alcanzado fama como poeta en Buenos Aires, una de las ciudades latinoamericanas más prósperas en el siglo 19. En España su cometido consistiría en “fomentar las relaciones intelectuales y afectivas entre España y la República Argentina”. Lo lograría como corresponsal del diario en Madrid, lo que le dio plena libertad para abordar los temas de sus crónicas, consideradas lo más novedoso y “raro” de sus textos periodísticos.

Fue el crítico uruguayo Ángel Rama uno de los primeros en revalorar las crónicas de Darío y las de otros autores modernistas. Rama afirma que los poetas modernistas utilizaron el periodismo como un laboratorio donde experimentar mucho de lo que después llevarían a su poesía. Antes de los años 70, cuando Rama reflexionaba así, la crítica literaria consideraba efímero y hasta sospechoso todo lo que no pudiera clasificarse estrictamente como poesía, como narrativa o como drama, y en ninguna de estas etiquetas entraban las crónicas de Darío.

Casos significativos del trabajo periodístico de Rubén Darío los vivió en la revista Mundial y en la revista de modas Elegancias. En París y gracias a la fama de su pluma Darío fue propuesto como director literario del magazine Mundial.

Durante tres años esta revista innovadora fue un éxito de ventas, no sólo por el prestigio que ya tenía Darío y los autores que allí publicaban, también por su lujosa edición, incluida la publicidad que presentaba. Cada número tenía 100 páginas (18 x 25.5.cms) y en la portada, de cartulina, el rostro de una mujer con ilustraciones elaboradas por los artistas más reconocidos de la época. Las páginas interiores estaban adornadas con orlas, viñetas e iniciales mayúsculas, elementos característicos de la estética modernista. El éxito también se explica por la distribución “globalizada” que logró la revista, que contaba con suscripciones y agentes de ventas en Inglaterra, Suiza, Alemania, Italia, España y varios países latinoamericanos.

SU FAMA SE EXTIENDE POR EUROPA
Y POR AMÉRICA LATINA


Es paradójico que Darío, un personaje que irradiaba simpatía en círculos íntimos y que daba respuestas cortas en público, que no era orador y que en vez de declamarlos, recitaba o leía sus poemas con voz sensual, alcanzara la fama por el poder de su palabra escrita en su país donde muy poca gente sabía leer y en un mundo en el que la tecnología de la comunicación era aún rudimentaria: los telegramas, el teléfono de manivela, los periódicos, el daguerrotipo o las fotos que sustituyeron a los cuadros al óleo empezaban apenas a poner al alcance de las clases medias una nueva forma de interacción.

¿Qué razones pudieron influir para que Darío despertara tal fervor popular en una época así? Contribuyeron a su popularidad su prodigiosa memoria, la capacidad que tenía para improvisar, su origen humilde, aunque emparentado con los Darío, muy conocidos en la sociedad leonesa desde los tiempos de la Colonia. Y su sentido del humor. Desde su juventud esgrimió con acerado humor su estilete polémico: ya en época temprana definió a dos tipos de escritores: a quienes lucen “el casco de oro” de la diosa Minerva y a quienes calzan “cuatro cascos como los burros”.

La fama de Rubén Darío colmaba cafés, restaurantes y comedores de hoteles en Nicaragua y más allá, en Buenos, Aires, París, Barcelona… Llenaba teatros como el Odeón de Buenos Aires, uno de los más importantes de la ciudad a lo largo del siglo 20 y ateneos en La Habana, Montevideo y Madrid, donde leyó la “Salutación del optimista”. Un año antes de su muerte consiguió llenar el auditorio de la Universidad de Columbia en Nueva York.

En la gira del magazine Mundial, que lo llevó de París a Buenos Aires, ida y vuelta, pasando por Barcelona, Madrid, Lisboa, Río de Janeiro y Montevideo, las despedidas y los recibimientos con que lo aclamaban en las estaciones de tren y en los puertos sorprendían a los pasajeros que no lo conocían.

CON RESPALDO
EN LAS CALLES DE MÉXICO


En determinadas coyunturas fue el factor político el que elevó la fama de Darío haciéndolo aún más popular. En 1910, cuando México decidió conmemorar el Grito de Hidalgo en el municipio de Dolores como el Centenario de la Independencia, no sólo de México, sino de toda América Latina, Rubén Darío fue designado por el Presidente nicaragüense José Madriz para representar a Nicaragua en los festejos que se desarrollarían en México.

La caída de Madriz, antes de cumplirse un año de la caída de Zelaya -a quien había sustituido en el cargo-, retuvo al poeta nicaragüense en Veracruz, mientras la prensa de oposición al dictador mexicano Porfirio Díaz protestaba por haberle retirado las credenciales a Darío y en Nicaragua y en la capital de México la población se tomaba las calles para respaldarlo. Fueron aquellas las primeras manifestaciones callejeras contra Porfirio Díaz, quien -presionado por el gobierno estadounidense-, no había admitido al poeta en la capital.

Tres años antes, en 1907, Darío había visitado Nicaragua -lo relata en su libro El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical. En aquella ocasión se organizaron comités de apoyo en su honor en Managua, Masaya, Granada y sobre todo en León, donde hubo un desfile de carrozas alegóricas de la Victoria, la Fama y la Poesía, precedidas por un estandarte con la figura del cóndor y un pegaso.

“DESPIERTO
A LAS INQUIETUDES POLÍTICAS Y SOCIALES”


Los textos periodísticos de los escritores modernistas latinoamericanos nos permiten conocer no sólo el contexto exterior del que escriben, también nos descubren su mundo interior. Recuperando y estudiando la prosa política de Darío, sus dispersos textos de crítica literaria y sus crónicas de viajes nos acercamos a su percepción de los acontecimientos de la época que le tocó vivir y de la cultura que dominó el cambio de siglo. Nos acercan al arte y a la vida cotidiana que acompañó la pujante revolución industrial y, a la vez, nos conectan con el mundo interior del poeta, reflejado en su poesía.

Junto a José Martí, Rubén Darío forma parte del grupo de periodistas de su tiempo más conocidos por su poesía que por su prosa, a pesar de la enorme importancia de sus escritos en prosa. Ante ellos, Salomón de la Selva se asombraba de “hasta qué punto estaba despierto su intelecto a las inquietudes sociales, políticas y económicas”.

Una de esas “inquietudes” sobre las que escribió fue la polémica creada por el famoso caso Dreyfus, apellido de un capitán e ingeniero francés de origen judío acusado de traición a la patria, escándalo político que estremeció a la sociedad francesa y fascinó a la opinión pública internacional durante diez años, de 1896 a 1906. El texto Une protestation, firmado por numerosos médicos, artistas y académicos franceses en apoyo al manifiesto J´acuse de Emile Zola, en defensa de Dreyfus, es considerado la partida de nacimiento del intelectual moderno, tanto en Francia como en España.

Darío se incluyó entre esos intelectuales modernos con esta frase, refiriéndose al caso Dreyfus: …Y esto sucede en el país en el cual los intelectuales decimos: Todo hombre tiene dos patrias: la suya y la Francia. Rubén denuncia en este texto el chovinismo y dice que la escandalosa sentencia contra Dreyfus le hacía recordar un cuadro, “El Cristo de los ultrajes”, con el que tituló su artículo, porque tanto la sentencia como las manifestaciones antisemitas estaban sacrificando de nuevo la idea de la justicia.

Entre sus “inquietudes” latinoamericanas sobre las que escribió estuvieron, entre otros temas, el nacimiento de Panamá, la república más joven del continente, al separarse de Colombia; la historia del costarricense Juan Santamaría, la guerra de independencia de Cuba, el Congreso social y económico iberoamericano celebrado en Madrid en 1900.

RENOVADOR DE LA LENGUA ESPAÑOLA


En todos sus escritos, en verso y en prosa, Rubén Darío es considerado el renovador de la lengua española. Una de sus estrategias para renovarla fue introducir neologismos. Uno de los más famosos fue hipopotamicida. Así llamó al Presidente estadounidense Theodore Roosevelt, lo que resultó un revulsivo en aquel momento, pues con el sufijo “cida” Darío lo acusaba de cometer un delito en un tiempo en que la caza de elefantes, hipopótamos, tigres, leones y rinocerontes era considerado un deporte en las monarquías europeas. En 1910, Roosevelt pasó por París regresando de un safari en África, en el que él y sus acompañantes mataron, con “fines científicos” más de quinientas piezas para la Smithsonian Institution de Washington. Otro neologismo de la época fue “panamericanismo”. En el poema conocido como la Epístola a madame Lugones Darío usó el verbo panamericanicé.
Cuando en Letanía de nuestro señor Don Quijote escribe Darío de las epidemias de horribles blasfemias, / de las Academias, / líbranos, Señor! se está refiriendo a la función inocua de la Academia Española de la Lengua, que acababa de publicar la actualización del diccionario, del que Darío dijo era un lujoso mamotreto. En aquel diccionario, una de las palabras recién incorporada era “trole”, el artilugio que se colocaba sobre los tranvías para suministrarles energía eléctrica. La ciudad argentina de Córdoba había sido una de las primeras en emplearlo. Rubén reclamó a la Academia por su parsimonia para incluir nombres para los nuevos inventos que se estaban produciendo continuamente y definiciones para los nuevos términos que estaban surgiendo en las relaciones políticas y comerciales internacionales. También sugería naturalizar en el español palabras provenientes de otras lenguas.

En el mismo texto sobre la Academia de la Lengua, Darío cita, porque las comparte, estas frases de Unamuno: Hacen muy bien los hispanoamericanos que reivindican los fueros de sus hablas y sostienen sus neologismos, y hacen bien los que en Argentina hablan de lengua nacional… Mientras no internacionalicemos el viejo castellano, haciéndolo español, no podemos vituperarles a los hispanoespañoles, y menos aún podrían hacerlo los hispanocastellanos. Hay que hacer el español internacional con el castellano, y si éste ofreciese resistencia, sobre él, sin él, o contra él.

“LOS RAROS”: PARA LIBERAR A LA LITERATURA


Entre los primeros textos de la prosa de Darío que recibieron reconocimiento fueron los que escribió haciendo crítica literaria. Aparecen en los prólogos que escribió -publicados algunos primeramente en algún periódico-, en las semblanzas de su libro Los Raros, en la sección Cabezas del magazine Mundial y en Historia de mis libros, aparecido póstumamente, en el que se refiere a sus tres libros más importantes: Azul, Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza.

Quienes estudian la prosa de Darío señalan que utilizaba el periodismo para “espantar” a los académicos. De acuerdo a la crítica literaria actual, lo “raro” era para Darío lo opuesto a la tradición.

Los Raros es una colección de ensayos impresionistas sobre los autores que Darío consideraba los más valiosos y modernos de la literatura de su tiempo. Esas semblanzas formaban parte de su estrategia para liberar a la literatura de la preceptiva que a su criterio la asfixiaba. La mayoría de sus seleccionados eran autores franceses, tanto parnasianos como simbolistas. También incluyó a un norteamericano (Edgar Allan Poe), a un noruego (Henrik Ibsen), a un portugués (Eugenio de Castro) y a un cubano (José Martí).

Una de las semblanzas más estudiadas es la que Darío hizo del poeta francés Verlaine, de quien afirmó que fue un hombre miserable pero enorme, mitad sátiro, lleno de una lujuria incontrolable, y mitad santo. Más allá del hombre y antes que nada, encontraba en su poesía música: De la obra de Verlaine, ¿qué decir? Él ha sido el más grande de los poetas de este siglo.

Mientras que en Los Raros había presentado en América Latina a quienes consideraba los mejores autores europeos, en la revista Mundial -haciendo valer su autoridad como director literario- se dedicó a presentar desde Francia a los mejores de América Latina y España, haciendo las semblanzas de autores latinoamericanos (Leopoldo Lugones, Enrique Gómez Carrillo y Graça Aranha), de los españoles (Jacinto Benavente y Santiago Rusiñol) y de otros pensadores (José Enrique Rodó y políticos como Emilio Castelar y el rey Alfonso 13). Otras semblanzas, como la de Emilia Pardo Bazán, las trazó en otros textos. En Buenos Aires había dicho de ella que era uno de los mejores escritores españoles y al mismo tiempo mujer de alta sociedad. Dos de sus prólogos los dedicó a dos mujeres: la peruana Aurora Cáceres y la uruguaya Delmira Agustini.

CON LEALES DEFENSORES
Y FRENTE A DETRACTORES FAMOSOS


Como capitán del movimiento modernista latinoamericano, Rubén Darío ya contó en vida con leales partidarios y prestigiosos defensores que realzaron tanto su poesía como su obra en prosa, incluso sus textos periodísticos: el historiador José Dolores Gámez en Nicaragua, el periodista y diplomático Eduardo Poirier en Chile, el general Bartolomé Mitre en Argentina y el escritor Juan Valera en España.

La fama de sus detractores -el nicaragüense reconocido en toda Centroamérica Enrique Guzmán, el franco-argentino Paul Groussac y el español Leopoldo Alas, “Clarín”- también contribuyó a dar visibilidad y fuerza al modernismo que encabezaba Darío. Fueron famosas algunas de las respuestas que les dio Rubén Darío. La que más se cita es su respuesta juvenil a Enrique Guzmán, polémica desde el título con el que la encabezó: De cómo Enrique Guzmán se va a tragar la simpatía derramada, el candor y más que verá quien leyere.

Para difundir su ideario Darío recurría a la polémica: en su autobiografía dijo, refiriéndose al contenido de Los Raros: Yo hacía todo el daño que me era posible al dogmatismo hispano, al anquilosamiento académico…

La respuesta a Paul Groussac fue más autocrítica que polémica. Groussac había criticado la selección que en Los Raros había hecho Rubén de poetas simbolistas franceses, desdeñando a los prerrafaelitas ingleses. Al responderle, Darío expresó su conciencia de pertenecer a un movimiento internacional que rebasaba los límites de la escuela decadentista francesa. Y cuando viajó a España, al hablar en Cataluña del modernismo, hizo referencia no sólo a los franceses, también a los artistas ingleses y de otros países europeos.

INCORPORADO DE LLENO
AL MOVIMIENTO MODERNISTA


En su libro España contemporánea, al referirse a la ausencia de autores modernistas en la literatura española en castellano o a artistas modernistas de otras disciplinas, Darío hizo una excepción con esa zona de la península, con una cultura y una lengua tan propia como es Cataluña: No existe en Madrid, ni en el resto de España, con excepción de Cataluña, ninguna agrupación, brotherhood, en que el arte puro -o impuro, señores preceptistas- se cultive siguiendo el movimiento que en estos últimos tiempos ha sido tratado con tanta dureza por unos, con tanto entusiasmo por otros.

Ese movimiento era el modernismo. Y la Revolución Industrial, tan vinculada al modernismo en el arte, la literatura y la cultura, se vivió en Cataluña antes que en otras zonas de España, aunque más tarde que en otros países europeos.

La Exposición Universal de Barcelona en 1888 puso en contacto a esta ciudad con las nuevas tendencias mundiales, entre ellas la iniciada por la hermandad de los prerra¬faelitas, en la Pre-Raphaelite Brotherhood, fundada en Londres por un pequeño grupo de pintores, poetas y ensayistas, que rechazaban la pintura académica y proponían que la pintura se inspirara de nuevo en el estudio de la Naturaleza, como habían hecho los pintores medievales anteriores a Rafael. Para ellos, la pintura y la poesía eran hermanas y por eso admiraban los extensos poemas de John Keats y preferían temas medievales en sus pinturas.

LA HORA
DE UNA REVOLUCIÓN ESTÉTICA


Uno de los artistas que mencionó Darío al reflexionar sobre el modernismo catalán fue el británico William Morris, artesano, diseñador, impresor, poeta, escritor, pintor y activista político. A través de William Morris los ideales prerra¬fae¬litas influyeron en muchos editores, arquitectos y decoradores ingleses, norteamericanos, europeos y en lugares tan distantes como San Francisco, Budapest y Barcelona y dieron lugar al movimiento Arts and Crafts.

Su empresa, Morris & Company, y el movimiento de artes y oficios proponían el retorno a la manufactura artesanal en oposición a la producción industrial en cadena. Morris influyó además en la producción editorial con su empresa Kelmscott Press, siendo su obra más conocida la edición de los Cuentos de Canterbury, de Chaucer. Las letras mayúsculas iniciales y los márgenes de los libros que editaba marcaron tendencia en la estética modernista. En cuanto a su activismo político destaca su novela utópica Noticias de ninguna parte, que narra la transición al socialismo y alcanzó en su tiempo una gran popularidad.

Otros artistas citados por Darío a propósito de sus reflexiones sobre el modernismo catalán fueron el francés Cheret y el pintor checo Alphonse Mucha -muy conocido en Argentina, Cuba y otros países latinoamericanos-, dedicados al “arte del cartel”. Con respecto a una sesión de títeres que vio en Els Quatre Gats, donde se reunían los modernistas barceloneses, citó entre otros a Maeterlinck, autor clave del teatro europeo con obras como La Intrusa, estrenada en España en 1892 con motivo de la segunda Fiesta Modernista de Sitges.

EL TEMA QUE MÁS LE APASIONABA


Mientras el modernismo latinoamericano es más conocido como movimiento literario, en Europa se expresó también en carteles publicitarios, en la ilustración de libros y revistas, en la tipografía, la pintura, la decoración, la joyería y la arquitectura.

Era una corriente que traía aires nuevos al arte y que recibió diferentes nombres: Modern Style en Inglaterra, Sezession en Austria, Jugendstil en Alemania, Dinamarca, Suecia y Noruega, Art Nouveau en Francia y Bélgica, Floreale en Italia, Liberty y Art Nouveau en Estados Unidos… El Modernisme Català se mostró abierto a las corrientes europeas, al tiempo que afirmaba su nacionalismo. Los artistas catalanes jóvenes viajaban a Londres y a París y a su regreso fueron configurando su propia versión de la renovación estética y, sobre todo, del renacer de la cultura catalana.

Darío esperó once meses en España antes de pronunciarse sobre el tema que más le apasionaba: el modernismo. Ya desde 1890 en Argentina había utilizado el término “modernismo”, describiéndolo como una clara conciencia del movimiento propio de una América que se ha despertado de un largo sueño aletargado. También, como el espíritu nuevo que hoy anima a un pequeño pero triunfante y soberbio grupo de escritores y poetas de América española. Este espíritu nuevo lo habían iniciado, hacia 1880, los cubanos José Martí y Julián del Casal y el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera. Tras la publicación de Azul en 1888, varios autores jóvenes, además de Darío, habían continuado enriqueciendo la literatura modernista latinoamericana: el argentino Leopoldo Lugones, el peruano José Santos Chocano y el mexicano Amado Nervo, entre otros.

Las razones para que el impulso renovador se diera en América Latina antes que “en la España castellana” le resultaban a Darío “clarísimas”. La razón más visible era el “comercio material y espiritual con las distintas naciones del mundo” y “principalmente porque existe en la nueva generación americana un inmenso deseo de progreso”, un deseo que lograría no sólo renovar la lengua y la literatura, sino contribuir a la construcción de la identidad latinoamericana: Nuestro modernismo, si es que así puede llamarse -escribió Rubén-, nos va dando un puesto aparte, independiente de la literatura castellana.

SUS CRÓNICAS DE VIAJES


Si la prosa periodística de Darío se expresó en artículos políticos y en semblanzas, también periodísticas fueron sus crónicas de viajes, que siguen el modelo francés, subjetivo e intuitivo y tienen un propósito educativo más que comercial. A finales del siglo 19 los grandes diarios contrataban a escritores famosos para escribir crónicas. Los escritores modernistas aceptaban, más que para ganarse la vida, para analizar y difundir los cambios que estaban produciendo la industrialización, las nuevas tecnologías y el constante crecimiento de las metrópolis.

La crónica de viajes fue un género popularizado a finales del siglo 19 e inicios del 20. Mark Twain escribió numerosas, las de Blasco Ibáñez sobre la primera guerra mundial o los tres tomos de su vuelta al mundo se encuentran hoy en las librerías. José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal, José Enrique Rodó, Rubén Darío y Enrique Gómez Carrillo son algunos de los periodistas del modernismo latinoamericano reconocidos por sus crónicas de viajes. Los catalanes Santiago Rusiñol, Pompeu Gener y Gabriel Alomar fueron periodistas modernistas y escribieron crónicas de viajes, además de dedicarse a otras artes.

EN UN MOMENTO DE DESARROLLO
DEL PERIODISMO


En el siglo 18 se habían producido dos grandes revoluciones que marcarían el desarrollo del periodismo: la de Francia y la de Estados Unidos. Ambas coincidieron con cambios económicos que acompañaron la Revolución Industrial y exigirían nuevos términos para describir las relaciones entre los países.

En el siglo 18 se publicaba en París el Mercure de France. Con una combinación de literatura y periodismo esta revista mensual transmitía ideas, opiniones y gustos que contribuyeron a formar los nacionalismos en Occidente. ElMercure y la Gazette apoyaron en su momento la independencia de Estados Unidos y, por influencia francesa, la revolución estadounidense incorporó el principio de la libertad de prensa, más tarde asumido por los primeros periódicos latinoamericanos. También en el siglo 18 se había iniciado el modelo de periodismo anglosajón con el Daily Courant, primer periódico diario de la historia, publicado en Londres en 1702. Contenía noticias y anuncios y se concibió como negocio. En su primer número el editor prometió proporcionar las noticias más “frescas” y relatar los hechos sin “inclinarse por uno u otro lado”, ofreciendo a los lectores las diferentes versiones de la noticia con sus cuatro W: what, when, where, who (qué, cuándo, dónde, quién).

Este modelo se consolidaría en el siglo 19 por varios periódicos -sobre todo The New York Times después de adquirirlo Adolph Ochs en 1896-, que impusieron los “datos informativos duros”, relatados con “la acuciosidad, la objetividad y una escrupulosa seriedad, exenta de pasiones”. A lo largo del siglo 19 la influencia angloamericana se extendió por todo el mundo por las relaciones comerciales de Inglaterra y por la pujante economía de Estados Unidos, lo que exigía mantener actualizada las informaciones sobre los mercados y la política en los países. En ese contexto se fundaron los primeros periódicos latinoamericanos: El Mercurio en Valparaíso, El Comercio en Lima, el Jornal do Comercio en Río de Janeiro y años más tarde en Argentina La Prensa y La Nación, fundado en 1870, el que acogería a Darío.

LECTOR LATINOAMERICANO
DE LA CULTURA EUROPEA


Fue en la crónica de viajes donde mejor se produjo la fusión de la literatura con el periodismo, de lo subjetivo con los acontecimientos sociales y políticos de la época. En las crónicas de viajes lo determinante fue la mirada externa del escritor viajero, que actúa como lector de una cultura ajena. Esa mirada externa tiene como antecedentes las Cartas persas del filósofo francés Montesquieu y las Cartas marruecas del español José Cadalso. Ambas novelas están estructuradas como una colección de cartas escritas por dos viajeros -un pensador musulmán y un joven marroquí, miembro de la comitiva de un embajador-, que analizan, con la curiosidad y la extrañeza de un foráneo, la sociedad francesa y la española. El formato de carta le daba a las crónicas un tono coloquial, que permitía saltar de un tema a otro con facilidad.

Darío poseía la mirada externa ante la cultura europea de manera natural. Él se denominó a sí mismo como meteco y sauvage. Las crónicas de viajes de Darío se encuentran, entre otros, en los libros Tierras solares, La caravana pasa y El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical, en donde cita al cronista de Indias López de Gómara, recoge largos párrafos de la Historia de Nicaragua de José Dolores Gámez y dialoga con Thomas Belt, Squier, Mark Twain y otros viajeros que visitaron Nicaragua con las categorías de análisis progreso / atraso.

ESCRIBIÓ EL DOCUMENTAL DE UNA ÉPOCA


Según Günter Smigalle, en las crónicas de Darío aparecen muchas de las características de la poesía modernista: la búsqueda de lo insólito, la mezcla de sensaciones, el acercamiento de elementos disímiles, la evocación de imágenes familiares al lector... Sus crónicas son el documental de una época. Para Smigalle, el libro La caravana pasa es un epítome de la crónica modernista.

Un epítome es el resumen de una obra escrita más amplia. Gracias a los epítomes, a los resúmenes que escribieron los historiadores latinos, se pudo reconstruir la historia del Antiguo Egipto. De manera semejante, las crónicas de Darío nos introducen en la sociedad europea, española y latinoamericana de finales del siglo 19, en vísperas de la primera guerra mundial, una época llena de utopías que se malograrían pronto, tiempo de encrucijadas en el que la humanidad optó a menudo por el camino equivocado.

La pasión de Darío al mirar, su deseo de agotar un tema desde todas las perspectivas a fin de establecer sus propias conclusiones constituye uno de los principales aportes que Darío puede hacer a los lectores actuales. No se trata de asimilar sus gustos ni de imitar su estilo. Su ideario y sus recursos literarios han evolucionado y él mismo proponía en su tiempo a los artistas jóvenes que descubrieran -y se mantuvieran fieles- a su estilo propio, recordando las palabras de Wagner: Sobre todo, no imitar a nadie, y mucho menos a mí.

En varios momentos, Darío explicó su método de trabajo, un método que sigue teniendo vigencia hoy: Antes de visitar la exposición de Rodin he leído todo lo que del gran artista y de su obra se ha publicado, tanto a favor como en contra. Después, ya informado y sin prejuicios, hizo varias visitas a la exposición para meditar ante las esculturas de Rodin.

“TODO LO RENOVÓ DARÍO:
EL VOCABULARIO, LA MÉTRICA, LA SENSIBILIDAD”


El mayor aporte de Darío, de su poesía y de su prosa, radica en la renovación que hizo de la lengua española, al igual que Cervantes lo había hecho tres siglos antes.

Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores, dijo el cosmopolita argentino Jorge Luis Borges. Y Salomón de la Selva recomendaba que para comprender a Darío había que recordar que durante siglos la lengua española no tuvo libertad para seguir el desarrollo que habían tenido otras lenguas como el inglés, el francés y el alemán.

El positivismo significó un cambio radical en la filosofía europea, que se tradujo en una crisis del pensamiento. En España la crisis de la filosofía europea se vivió agravada por problemas internos y se manifestaba en casi todas las facetas de la vida social: la ciencia, la literatura, la religión, el arte, la política. En América Latina, la herencia colonial estaba muy presente y era un lastre que mantenía a las sociedades nacionales marginadas del progreso. Y aunque algunos sectores de la burguesía se enriquecían, esperaban que la modernidad llegara desde el Norte y desde Europa. Esto las hacía vulnerables a la inculturación.

Con la alegoría de Ariel y Calibán, el escritor uruguayo José Enrique Rodó hizo una propuesta diferente a la juventud latinoamericana para que articulara su identidad cultural, contraponiendo al utilitarismo anglosajón de Calibán, la espiritualidad latinoamericana de Ariel, enraizada en la tradición grecolatina y en los valores cristianos.

En España, tanto los escritores de la generación del 98 como los modernistas, respondieron a la crisis y a la conmoción que vivía Europa, pero no de la misma manera. Los del 98 trataban de regenerar a la sociedad española expresando insatisfacción ante las figuras “consagradas” por el oficialismo literario, rebeldía contra las normas y los deseos de cambio con una mirada hacia “adentro” de la realidad nacional. En cambio, los modernistas fueron cosmopolitas. Los poetas modernistas, tanto españoles como latinoamericanos, admiraban a Francia y miraban hacia el exterior. El cosmopolitismo no fue un movimiento político orgánico, aunque muchos políticos del siglo 19 abrazaron el ideal cosmopolita y combatieron los nacionalismos.

“SI PEQUEÑA ES LA PATRIA...”


En la poesía y prosa periodística de Rubén Darío encontramos cosmopolitismo, la fascinación por “lo raro”, como antes había hecho Julián del Casal, al diferenciar en París dos ciudades y optar por el París “raro, exótico, delicado, sensitivo, brillante y artificial”. El cosmopolitismo era un camino para diferenciarse del mundo burgués con el que Darío tenía que relacionarse por su profesión de escritor. Era, sobre todo, una adhesión cultural con lenguaje propio, a las raíces de la literatura grecolatina.

Como extranjero, y al igual que otros modernistas latinoamericanos, y viniendo de la provincia, de la periferia donde aún no llegaba el progreso, Darío percibía a París como el centro de un mundo que progresaba. Sin embargo, Rubén tuvo la convicción de que cada país podía aportar a la nacionalidad universal: Nuestra tierra -dijo de Nicaragua- está hecha para la humanidad. Otro principio de su credo cosmopolita era el poder del esfuerzo individual: Yo deseo que la juventud de mi país se compenetre de la idea fundamental de que por pequeño que sea el pedazo de tierra en que a uno le toca nacer, él puede dar un Homero si es en Grecia, un Tell, si es en Suiza. De ahí sus versos en el poema Retorno:

Si pequeña es la patria, uno grande la sueña.
Mis ilusiones, y mis deseos, y mis
esperanzas, me dicen que no hay patria pequeña.
Y León es hoy a mí como Roma o París”.


Darío fue cosmopolita no sólo por sus constantes viajes o por su ideario progresista. Lo fue, sobre todo porque se declaró “ciudadano de la lengua”. Salomón de la Selva lo llamó “el Keats hispánico”. No lo llamó el Verlaine de América ni el Walt Whitman latino, sino que asoció su nombre al de un poeta romántico inglés que murió joven y que con su obra relativamente corta renovó la literatura inglesa.

Keats había pedido que su epitafio, sin nombre ni fechas, dijera solamente: “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua”. Evocaba así al poeta latino Catulo. No cumplieron su deseo y en su tumba grabaron este otro epitafio. “Esta tumba contiene todo lo que era mortal de un joven poeta inglés quien en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, hacia el poder malicioso de sus enemigos, deseaba que estas palabras fueran grabadas sobre su piedra sepulcral: Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua. 24 febrero 1821"

NO ESTÁ EN ESA TUMBA


Un enmascaramiento similar intentaron con Darío, cuando enterraron al revolucionario de la lengua española con las pompas fúnebres de un príncipe eclesiástico en una tumba inspirada en el león de Lucerna, monumento que conmemora a los guardias suizos que murieron peleando contra el pueblo revolucionario de París en defensa de Luis 16 durante la revolución francesa. No hay escrito ningún epitafio en la tumba de Darío, solo su firma. Pero con el paso de los años se hace más cierto el verso que le dedicó su amigo, el modernista andaluz Manuel Machado: “Pasa, viajero; aquí no está Rubén Darío”.

En efecto, Rubén Darío no está ahí, en su tumba. Está en su obra, en el baúl azul que custodiaba Francisca Sánchez, la que le dio el hogar, la compañía y la paz que él necesitaba. En su obra, conservada por numerosos archiveros de América Latina y Europa, apreciada y admirada por quienes recopilan sus dispersas obras, las siguen estudiando. Está en quienes las seguimos leyendo, disfrutándolas y aprendiendo de ellas.

SOCIÓLOGO. AFICIONADO DARIANO.

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