Envío Digital
 
Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 403 | Octubre 2015

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Nicaragua

“Hay que ampliar la mirada para comprender lo que sucede en la Costa Caribe”

René Mendoza Vidaurre, investigador del mundo rural y facilitador de procesos de innovación organizacional y de desarrollo, compartió reflexiones sobre aspectos culturales que subyacen en los conflictos que se viven en la Costa Caribe, en una charla con Envío que transcribimos

René Mendoza Vidaurre

He visitado la Costa Caribe en varias ocasiones durante los años 80, en los años 90 y años después, al vincularme con el equipo de investigadores del Instituto Nitlapan de la UCA, que está desde 2007 presente en Bilwi. Hace un par de meses atrás estuvimos varios días en la comunidad de Awas Tingni, del pueblo mayangna hablando con la gente. Y cruzamos el río Coco para hablar también con las comunidades mestizas campesinas del otro lado del río. Visitamos también la comunidad de Saupuka, fronteriza con Honduras, del pueblo miskitu, y allá lo mismo: hablamos con los miskitu y cruzamos el río para hablar con los mestizos, hondureños olanchanos, que viven del otro lado. Aunque no soy un experto en la Costa, en estas idas y venidas he aprendido algo.

Algunas fechas significativas en el proceso de autonomía de la Costa Caribe


Con estas reflexiones quisiera contribuir con un grano de arena a la comprensión de la situación en la Costa Caribe y a la búsqueda de soluciones en el largo plazo. Recordemos sólo algunas fechas del proceso reciente, relacionadas con el conflicto actual.

En 1987 se aprobó la Ley de Autonomía de la Costa. Es la mejor ley que ha habido en América Latina para los pueblos indígenas del continente. Muchos pueblos indígenas latinoamericanos se inspiraron en ella.

Entre 1991 y 1995 comenzaron a entrar empresas madereras a explotar los bosques en varios puntos de la Costa. Una fue la coreana Solcarsa, para explotar madera en 60 mil hectáreas del territorio mayangna de Awas Tingni.

Esta comunidad indígena demandó en 1995 al Estado de Nicaragua ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y el 31 de agosto de 2001 la Corte Interamericana emitió sentencia a favor de la comunidad indígena y en contra de Nicaragua, ordenando al Estado delimitar, demarcar y titular las tierras que corresponden a esa comunidad. Este fallo marcó un importante precedente jurídico a favor de las reivindicaciones territoriales de los pueblos indígenas de toda América Latina.

Otra fecha importante la tenemos en diciembre de 2002, cuando la Asamblea Nacional aprobó la ley 445, Ley del Régimen de Propiedad Comunal de los Pueblos Indígenas y Comunidades Étnicas de las Regiones Autónomas de la Costa Atlántica de Nicaragua, otro precedente jurídico para los pueblos indígenas del continente.

En enero de 2003 entró en vigencia la ley y pasó un tiempo dormida. Por eso, en febrero de 2004 vimos un conflicto violento entre indígenas miskitu de Layasiksa y colonos. Los indígenas expulsaron por la fuerza a 40 familias de colonos mestizos asentados en su territorio desde los años 90. Hubo muertos, heridos, quema de viviendas y los cultivos de los colonos fueron arrasados. En 2005 inició por fin la primera titulación de tierras indígenas en cinco territorios mayangnas ubicados dentro de la Reserva de la Biosfera de Bosawás.

Finalmente, entre 2008 y 2015 se fue llevando a cabo la demarcación y titulación de 37 mil 252 kilómetros cuadrados de tierras indígenas del Caribe, una extensión que equivale al 31% del territorio nacional de Nicaragua y que es mayor que el territorio de El Salvador, un país que cuenta con 20 mil 742 kilómetros cuadrados.

Sin resolver los problemas de propiedad de los territorios indígenas


Después de la demarcación y la titulación venía la fase del saneamiento, la más compleja. Sanear significa que el territorio titulado debe quedar plenamente en manos de sus dueños, los indígenas. La ley establece que para sanear hay que llegar a algún arreglo con los “terceros” que en ese territorio hayan vivido antes de la ley y también con los que se asentaron después. Sanear es corregir la multiplicidad de títulos que existen, títulos de antes que aún son válidos y títulos nuevos, que son ilegales. Es resolver todos esos problemas de propiedad para que los indígenas sean efectivamente dueños de sus territorios.

En paralelo a todo este proceso legal a favor de los pueblos indígenas, nunca dejaron de entrar familias campesinas mestizas a los territorios indígenas. Llegaban a través de puertos de montaña, de Mulukukú, El Naranjo, Nueva Guinea… Después llegaron por el Triángulo Minero y por El Ayote. También entraron a estos territorios empresas madereras que llegaban con su maquinaria y organismos de cooperación que llegaban con sus proyectos. Y también el Estado entregó tierras a desmovilizados del Ejército y de la Contra en esa región al terminar la guerra. En paralelo, también se daba el proceso de declarar muchos de estos territorios como “áreas protegidas”… En esta compleja situación nunca han dejado de haber conflictos entre indígenas y mestizos.

Como resultado de todos estos procesos, además de una enorme deforestación, la mayoría de los territorios indígenas están hoy ocupados mayoritariamente por familias mestizas. Para muestra un botón: Awas Tingni, comunidad mayangna emblemática por el fallo que dio a su favor la Corte Interamericana y que es la comunidad mayor del territorio Amasau, tiene 733 kilómetros cuadrados de extensión. En 2001 el 95% de ese territorio estaba en manos de indígenas mayangnas. Ya en 2014, y según declaró a “La Prensa” el 25 de julio su líder, Larry Salomón Pedro, el 92% estaba en manos de familias mestizas. Nosotros fuimos hasta allí y vimos que ésa era una cifra exagerada. Calculamos que una cifra más real era un 80-85% en manos de colonos mestizos. Aun así, la situación resulta grave y compleja

La conflictividad entre indígenas y colonos es vista como una confrontación local


Para los hechos de violencia que se han dado recientemente en la Costa, y para los que desde hace mucho se vienen dando hay varias explicaciones. Yo quisiera apuntar tres. Y al hacerlo no quisiera echar la más pequeña leña a ese fuego. Más bien quisiera aportar a pensar, a abrir la mente para la búsqueda de soluciones de largo plazo. En el corto plazo las soluciones se ven hoy difíciles. Apuntaremos al largo plazo, sabiendo, naturalmente, que el largo plazo empieza siempre en el corto plazo…

La primera explicación de la conflictividad en la Costa entre indígenas y colonos mestizos es la que escuchamos todos los días. Reduce las causas al ámbito local y atribuye la responsabilidad del conflicto a indígenas y a colonos. Esta explicación es la que aparece en los medios, en boca de funcionarios del Estado y de autoridades religiosas, en opiniones de miembros de la sociedad civil. El conflicto es visto como una confrontación meramente local entre indígenas y campesinos mestizos, los colonos. Quienes así piensan se piensan a menudo como los “salvadores” y les echan la culpa a “ellos”. Es una interpretación muy similar a la que he escuchado en Bolivia, es la que se escucha en Brasil, en Guatemala, en México, en todos los países que tienen poblaciones indígenas. También la escuchamos en la academia. Robert Kaplan, en su libro “The Ends of the Earth” la sostiene.

Es común escuchar que los colonos buscan tierra para trabajarla y luchan contra familias indígenas catalogadas como haraganas, incapaces de trabajar. Es común achacar los conflictos al determinismo de grupos históricamente confrontados, atrapados por el pasado, incapaces de superarse sin una intervención externa que los “salve” de sí mismos. Esta explicación raya en el racismo, supone que los indígenas y los colonos campesinos nacieron violentos y están genéticamente predispuestos a la violencia. El conflicto queda así reducido al territorio local y a la cultura que los define y que los condena a ser conflictivos.

¿La conflictividad terminaría si termina la compra y venta de tierras?


Desde esta interpretación todo apunta a que la causa del conflicto ha sido y es la compra y venta de tierras. Y todos afirman que la solución es castigar a los “vendedores” y proceder al saneamiento, entendiéndolo como sacar a las familias mestizas, ordenarles que abandonen los territorios indígenas, que acepten ser reubicados e indemnizados en el caso de que compraron ilegalmente y que se vayan. Desde esta interpretación todos dicen que al Estado le toca resolver y si no resuelve, se afirma que es el Estado la causa del conflicto.

¿Es correcta esta perspectiva? Desde este pensamiento todo parece sencillo. Los indígenas son los dueños y el resto debe abandonar. Pero no es tan sencillo. Tampoco es claro que la salida de los colonos beneficie a los pueblos indígenas. El problema es mucho más complejo.

Un trabajo realizado en 2013 por los muy respetados en la Costa Caribe hermanos Dennis y Marcos Williamson y por Edwin Taylor, “Estudio Especial Sector Agropecuario en la Costa del Caribe Nicaragua”, indica que la población total estimada en la Costa Caribe al 30 de junio de 2010 es de 759 mil 383 personas. De ellas, el 77.7% es población mestiza, el 17.8% población miskitu residiendo principalmente en el Caribe Norte, el 1.1% son mayangnas y el 3% son creoles, viviendo principalmente en el Caribe Sur. ¿Se imaginan sacar de tan extensos territorios a buena parte de ese 77% de la población?

¿Es posible sacar de sus tierras a 300 mil personas?


Decimos “buena parte” porque la ley toma en cuenta a todos los “terceros”, sean mestizos o no. Dice la ley: “El tercero que posea título agrario en tierras indígenas, y que ha ocupado y poseído la tierra protegida por ese título, tiene pleno derecho de continuarla poseyendo. En caso de que pretenda enajenar la propiedad, deberá vender las mejoras a la comunidad”. ¿Es posible sacar de esos territorios al 50% de la población mestiza que no caiga en la categoría señalada en la ley? ¿Sacar de sus tierras a cerca de 300 mil personas? Hace setenta, cincuenta, cuarenta años se podía mover esas cantidades de personas y llevarlas a “tierras nacionales”. Ahora ya no. Porque ya no existe en Nicaragua más tierra hasta donde empujar la frontera agrícola. Empujando la frontera agrícola en los últimos años ya hemos llegado al mar, ya no hay más tierras a donde ir...

¿Es posible indemnizar a esa gran cantidad de personas? Quienes interpretan así el conflicto afirman que le corresponde al Estado indemnizarlos para que salgan de esos territorios. Supongamos entonces que de los 37 mil kilómetros cuadrados titulados hay que indemnizar la mitad, unos 16 mil, lo que significa un millón 600 mil hectáreas. Si se pagara la hectárea a 200 dólares, la operación de indemnización costaría 320 millones de dólares. ¿Es posible eso? Y si fuera posible, habría que asumir que ese estimado 50% de familias mestizas desalojadas aceptan el dinero y salen sonriendo de sus finquitas, abandonando las mejoras que hicieron en casa, en potreros, en cultivos, dejando sus iglesias, sus amores, sus vidas… Y aun si fuera posible, habría que asumir que, saliendo las familias indemnizadas, otras familias que están “en fila” para entrar no entrarían a los territorios indígenas… ¿Es posible eso?

La conflictividad que vemos en la Costa Caribe se repite en todo el mundo, es un problema transnacional


Una segunda interpretación de los conflictos que suceden en la Costa es que las causas no son solamente locales, que el problema es tan local como global y que sus causas trascienden las fronteras y son transnacionales. Hoy estamos viendo problemas similares, de conflicto y de violencia, en territorios indígenas de toda América Latina que quieren ser colonizados por empresas transnacionales…

La Mosquitia fue una región históricamente autónoma. No fue conquistada por España, fue un Protectorado de Gran Bretaña hasta que en 1860 Gran Bretaña y Nicaragua firmaron un acuerdo mediante el cual los británicos renunciaban a su Protectorado a cambio de que la autonomía de la Mosquitia fuera respetada. En 1894 el territorio costeño fue oficialmente reincorporado a Nicaragua. Gran Bretaña reconoció la soberanía absoluta de Nicaragua sobre la Costa de Mosquitos a cambio de que se les garantizara a los nativos la exención de impuestos y del servicio militar y el vivir en sus aldeas y territorios ancestrales según sus propias costumbres. El interés de Inglaterra primero, y el de Estados Unidos después, por mantener enclaves económicos en la Costa Caribe tenía un objetivo geopolítico. Y hasta hoy todas las potencias mundiales tienen intereses geopolíticos, geoestratégicos, geoeconómicos, en todos los territorios donde abundan los recursos naturales. Los megaproyectos y las grandes inversiones mineras o madereras que hoy vemos por toda América Latina dan continuidad a lo que en la Costa Caribe se vivió hace más de un siglo con la presencia de británicos y americanos…

Si el conflicto de la Costa no es sólo local, ni tampoco sólo nacional, sino que es transnacional, la solución no se reduce sólo al uso de las vías formales de la diplomacia o de las guerras entre Estados. También hay vías informales de conquista. Cuando Estados Unidos conquistó buena parte del territorio mexicano envió primero y durante años a muchos colonos estadounidenses para que fueran apoderándose poco a poco de tierras y haciéndoles la vida difícil a los mexicanos. Así lo hicieron hasta que en 1846 iniciaron la vía formal de la conquista: la guerra entre ambos países.

¿Por qué la población mestiza del Pacífico migra hacia la Costa Caribe?


Hoy sabemos que otra de las vías informales de conquista son los mecanismos del mercado. Y aquí corresponde preguntarnos por qué la población mestiza migra hacia la Costa, por qué la población del Pacífico y del interior de Nicaragua va hacia la Costa…

Desde 1990 Nicaragua, como el resto de países de nuestro continente, ha experimentado duras políticas de ajuste estructural: se redujo el rol del Estado, se privatizaron los servicios públicos y se anuló el papel de los movimientos sociales. Como consecuencia, medio millón de nicaragüenses emigraron hacia Costa Rica, mientras un importante número de familias prefirieron migrar hacia la frontera agrícola, comprando tierras a otras familias campesinas o “comprando” u ocupando territorios indígenas.

Las políticas de ajuste estructural empujaron a muchas familias campesinas a abandonar sus tierras. No había crédito para la pequeña producción. La asistencia técnica a la población rural se privatizó. Y hasta el día de hoy la cartera de crédito agropecuario, sea la de la banca privada o la de las microfinancieras, se dirige mayoritariamente a fomentar la ganadería extensiva, un modelo que sigue apostando a multiplicar el hato en base a “segundas fincas”, comprando tierras a los pequeños o despojándolos de sus tierras y deforestando bosque tras bosque…

Los daños del ajuste estructural y el auge de la ganadería


El ajuste estructural canceló el crédito para los pequeños. Los programas de ajuste estructural hicieron que nuestra población rural más pobre experimentara lo que el Papa Francisco denunció en la ONU al señalar el “abuso o usura” que se aplica a los países pobres. Los organismos financieros internacionales, dijo el Papa, tienen sistemas crediticios que castigan a los países con una “sumisión asfixiante que lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia”.

No sólo los organismos financieros internacionales asfixian a los países pobres, también la banca privada de los países pobres asfixia a las poblaciones pobres. Hemos visto eso en Nicaragua y lo seguimos viendo. Los programas de ajuste no incentivaron la producción de alimentos básicos. Más bien, hicieron de los productos de exportación el motor de la economía y privilegiaron la ganadería.

No sólo sucedió en Nicaragua. En todos los países de la región centroamericana la ganadería se convirtió en el rubro privilegiado de los créditos de las instituciones financieras internacionales y de la banca privada nacional para incrementar la exportación de carne hacia el Norte.

“La conexión hamburguesa: cómo los bosques de Centroamérica se convierten en hamburguesas de Norteamérica”


Esa realidad la analizó en 1981 el investigador ecologista Norman Myers en su texto “La conexión hamburguesa: cómo los bosques de Centroamérica se convierten en hamburguesas de Norteamérica”. El “fast food” avanzó cada vez más, el almuerzo rápido se impuso en Norteamérica para aumentar la productividad y el rendimiento de los trabajadores y la hamburguesa fue la comida ideal para promover esa estrategia.

Myers documenta un aumento del 50% en el promedio anual de consumo de carne en Estados Unidos entre 1960 y 1976 y explica que Centroamérica empezó entonces a exportar al Norte carne más barata a costa de destruir sus bosques. Bosques convertidos en carne de res, bosques del Caribe dedicados a pasto para criar un ganado que se convertirá en hamburguesas… Desde una visión transnacional también podemos pensar que todos tenemos algo que ver con el conflicto de la Costa.

Organismos multilaterales como el Banco Mundial financiaron el desarrollo de la ganadería extensiva en Centroamérica. Entre 1960 y 1983 se estima que el 60% del crédito otorgado a los gobiernos centroamericanos se destinó a desarrollar la ganadería.

El mercado ponía la demanda y Centroamérica cumplía con la oferta. Es curioso que tan sólo unos años después, esas mismas instituciones financieras internacionales aparecieron defendiendo la titulación de los territorios indígenas y la conservación de los bosques... ¿Sería que cambiaron?

La destructiva lógica de la ganadería extensiva


La lógica en toda América Latina siempre ha sido la misma: aumentar la producción a costa de aumentar las áreas. La lógica ha sido la de una agricultura y una ganadería extensivas.

Las tendencias del mercado global expulsan no sólo a familias, expulsan a comunidades enteras. Ganaderos que ven lo rentable que es el ganado deciden multiplicar las tierras ganaderas avanzando sobre nuevas áreas. Salen a comprar segundas fincas que más tarde serán primeras fincas con sus hijos como nuevos dueños, quienes a su vez buscarán otras segundas fincas… Esta dinámica del mercado global provoca situaciones como ésta que quiero describirles… Con la demanda del mercado por carne también se desarrolla el mercado de los lácteos y cuando el mercado abre nuevos caminos para que los camiones de las empresas lácteas grandes lleguen hasta las comunidades de pequeños productores a acopiar leche, las comunidades van quebrando… ¿Cómo sucede…? Más o menos así: la pequeña productora de queso de la comunidad, que es abastecida de leche por los pequeños ganaderos de la comunidad -que también crían cerdos y siembran maíz y frijol y otros cultivos- quiebra cuando el precio de la leche que pagan las grandes empresas que circulan por el nuevo camino es mayor que el que ella les daba. Los pequeños ganaderos ya no le venden a ella. Cuando la quesera quiebra, los productores ya no reciben de ella el suero para criar sus cerdos y cuando tienen una emergencia ya no pueden recurrir a ella, que tenía más recursos, para que les preste dinero, porque ella quebró… Es una dinámica que se ha repetido comarca tras comarca.

Poco a poco, la economía de las comunidades se erosiona y finalmente todos van vendiendo sus tierras. Y cuando venden, ¿a dónde van a ir…? Irán más y más adentro en la montaña donde tumbarán árboles para comenzar de nuevo en otra tierra y dedicarla al ganado porque saben que con la ganadería se hace dinero y con el bosque no, saben que con el ganado consiguen crédito de inmediato y con el bosque no, tampoco con el cacao… Ocurre un efecto dominó, un efecto cascada, que inicia en el ganadero y que llega a la conexión hamburguesa y más allá…

“Somos como piedras rodando guindo abajo”: así se definen los llamados “colonos”


Así va este mundo. En los años 70 Muy Muy era un puerto de montaña grande, con mucho comercio. En los 90 el comercio se desplazó a Matiguás y Muy Muy comenzó a declinar. En los 2000 el lugar que subió fue Río Blanco y desde el 2010 Mulukukú y Siuna han ido emergiendo como los grandes puertos de montaña. En el otro lado del norte del país, ha pasado lo mismo: en los años 70 El Tuma era un poder, en los años 90 fue La Dalia, en los 2000 fue Waslala y ahora creció El Naranjo rumbo al Triángulo Minero… Así va este mundo. Pasa con lugares, pasa con familias.

Las familias campesinas, los llamados colonos, muchos de ellos también indígenas del centro interior del país, se definen así: “Somos como piedras rodando guindo abajo”. Y así es: van rebotando de finca en finca. Dice uno: “Mi abuelo tenía su finquita en Matiguás, mis padres en Mulukukú, yo la tengo en Rosita y ahora mis hijos están en Awas Tigni”. ¿Qué puede detener esa piedra? ¿Cómo pararla cuando no es una sola, sino una tras otra, una avalancha de piedras guindo abajo, no sólo en este país, en todos los países? Una avalancha de piedras guindo abajo por los mecanismos del mercado, que vienen acompañados de tecnología, de publicidad, de investigaciones… Las va empujando la ganadería extensiva, el cultivo de coca en el territorio TIPNIS en Bolivia, el cultivo de soya en la Amazonía brasileña, la extracción de petróleo en la Amazonía del Ecuador… Y detrás de la coca, la soya, el petróleo, detrás del oro y de la madera, hay actores que son tan locales como globales y hay políticas que son tan nacionales como transnacionales.

¿Qué puede detener esto? ¿Acaso sacar a buena parte de los colonos detendrá esa avalancha de piedras que ruedan guindo abajo? Ya hemos comenzado a ver que en este mundo, que va así, no hay actores que actúan solitos, que todos estamos entrelazados y que cada localidad es una globalidad. La ganadería entrelaza a actores desde Waspam en la Costa Caribe hasta Guatemala, México y Estados Unidos. Y buena parte del cacao que cultiva en el Rama la empresa alemana de chocolates está entrelazado con actores locales y globales. Y lo mismo podemos decir del oro que se extrae en Bonanza o de la madera que sale de Awas Tigni.

Áreas protegidas, leyes forestales, leyes ambientales… ¿Y los dueños del bosque?


Aún recuerdo las palabras de uno de quienes, a principios de los años 90, promovió que se declararan en Nicaragua “áreas protegidas”. Decía: “Después de declarar Bosawás como reserva, nos dimos cuenta de que adentro había poblaciones indígenas, se nos había olvidado”. Eran los años de mayor conciencia del valor de los indígenas de América Latina por las celebraciones del quinto centenario de la Conquista…

¿Se les olvidaron los indígenas? No, no es olvido. La ideología conservacionista dominante asume que el bosque es un resultado natural que se auto-regula. Y en coherencia con esa racionalidad, no había ninguna razón para consultar a los indígenas, pues esa mentalidad supone que los indígenas no produjeron el bosque. Si esa mentalidad reconociera que los bosques tienen dueños, el mercado tendría, por ejemplo, problemas para patentar medicinas en base a las plantas de esos bosques.

Así fueron surgiendo, desde América Latina hasta África, leyes forestales y ambientales que, por “casualidad”, son muy parecidas en todos los países. ¿Coincidencia? No, obedecen a políticas que son tan nacionales como transnacionales. Y es con esas leyes que el mercado global y el nacional se van apropiando de grandes extensiones de tierra y de recursos naturales. Es con esas leyes que se privatizan ríos y bosques y hasta áreas protegidas con tierras ya tituladas… Con esas leyes, los indígenas y las familias campesinas difícilmente pueden solicitar permisos para aprovechar madera. Quienes consiguen los permisos son las grandes empresas de los países desarrollados que, con una mano extraen cantidades de madera y con la otra apoyan proyectos de “desarrollo”, de “gobernanza”, de “equidad de género”, de “sustentabilidad”… Así va el mundo, provocando una indetenible avalancha de “piedras” que van guindo abajo.

También hay tensiones entre los pueblos indígenas


Veamos una tercera interpretación de las causas de los conflictos en la Costa Caribe. Es una interpretación que tiene en cuenta la heterogeneidad de las poblaciones indígenas que habitan esa zona de nuestro país y también tiene en cuenta las visiones del mundo que estas poblaciones tienen, reñidas con la lógica del mercado. Glosando a Marx, resulta muy simplista ver a los indígenas como una masa, como si fueran “la suma de unidades del mismo nombre, como las papas en un saco de papas”, todos iguales, todos parecidos.

Es muy importante que tomemos en cuenta que históricamente ha habido tensiones entre los diferentes pueblos indígenas que viven en la Costa Caribe. Las relaciones entre ciertos grupos mayangna y ciertos grupos miskitu han sido tradicionalmente tensas y cargadas de mucho sufrimiento, siendo las poblaciones mayangna las que llevaron generalmente la peor parte y fueron expulsadas de varios territorios o confinadas en lugares distantes.

El caso de Awas Tingni: tensión entre miskitus y mayangnas


Cuando la comunidad de Awas Tingni demandó ante la CIDH al Estado de Nicaragua por dar entrada a la empresa maderera Solcarsa en su territorio, lo hizo después de que un grupo miskitu se arreglara con esa empresa dándole entrada en un territorio que no era de los miskitu. Con apoyo de la cooperación internacional, los mayangna vieron en peligro su territorio y pusieron la demanda. Esa tensión entre miskitus y mayangnas ha sido continua, aunque no se da ni entre todos los mayangna ni entre todos los miskitu, sino entre algunos grupos. En 2009, un año después de la titulación del territorio Amasau, un grupo de miskitu intentó tomarse parte de ese territorio. Entonces, la comunidad de Awas Tigni buscó apoyo en las familias mestizas asentadas por allí para que les sirvieran de “mojones humanos” y así impedir el avance de los miskitu. Y fue con el apoyo de los mestizos que los mayangna defendieron su territorio.

En 2010 la empresa maderera Mapinicsa comenzó a extraer madera de Awas Tingni en acuerdo con grupos miskitu y nuevamente los mayangna resistieron ese acuerdo. Según un líder mayangna, todas esas tensiones crearon en la comunidad la sensación de que “la tierra no vale”, de que “tarde o temprano nos van a quitar la tierra” y esto aceleró la venta de tierras mayangnas a los mestizos. Como vemos, las tensiones recientes tienen antecedentes en tensiones vividas hace poco y hace más de un siglo. Y todavía pesan en la realidad actual.

Tensiones entre creoles y miskitus


Las relaciones entre la población Creole y la población Miskitu también han sido difíciles y explican muchas de las tensiones que se dan hoy incluso en las universidades y en las iglesias. Porque hablan inglés, los creole se han relacionado más fácilmente con las empresas que llegaron a la Costa desde mediados del siglo 20 y después también se vincularon mejor con los proyectos de la cooperación internacional. Han tenido esa ventaja sobre los miskitu. Y eso ha creado tensiones.

La Iglesia Morava de Bilwi fue al principio para creoles y miskitus, pero sus diferentes identidades culturales fueron creciendo y creciendo hasta que se separaron y ahora hay iglesias moravas de miskitus e iglesias moravas de creoles en Bilwi. Como dice Reynaldo Figueroa, vicerrector de la BICU, en esas tensiones influyó el que las iglesias y sus autoridades no supieran acompañar y tomar en cuenta estas dos diferentes culturas, como si para ser cristiano hubiera que dejar de ser miskitu o dejar de ser creole. Ante los conflictos recientes es importante que los sectores religiosos llamen al diálogo, y hacen bien en hacerlo. Nadie mejor que ellos, que han terminado a veces divididos, saben lo difícil que es el diálogo.

Los pueblos indígenas no son homogéneos, no son como “papas en un mismo saco”


Las iglesias han tenido que aprender a tomar en cuenta la cultura de los pueblos indígenas. Un ejemplo lo tenemos en los sukias, curanderos sabios, personas muy arraigadas en la cultura y organización de los pueblos indígenas, que fueron combatidos por los religiosos considerándolos “brujos” diabólicos, a tal punto que hoy en día se discute si aún hay sukias en las comunidades, si aún existen. Muchas de las celebraciones más sentidas en la cultura miskitu fueron censuradas por las iglesias, que tardaron en valorar esas tradiciones. ¿Se imaginan ustedes que una religión extranjera viniera, los obligara a ustedes a renunciar a su religión, tachando de malignos sus símbolos y prácticas espirituales? Si la situación en la Costa no debe ser vista como un solo saco de indígenas y mestizos, tampoco debemos ver a cada grupo humano que allí habita como “papas en un mismo saco”. No todos los miskitus son homogéneos, ni lo son los mayangnas, no lo son los creoles, no lo son los mestizos ni los ramas ni los garífunas. Hay ganaderos mestizos y hay ganaderos miskitus. Hay mestizos que comercian con animales de monte y también hay mayangnas en ese comercio.

Hay familias mayangnas, miskitus y mestizas que viven en sus finquitas y hay miskitus y mayangnas que viven en comunidades. No hay una única visión en cada grupo étnico. Los ganaderos, sean de una o de otra cultura, responden a la lógica del mercado, donde lo que vale es el dinero. El ganadero no ve árboles, ve vacas, repite que “el ganado está ganado” y quiere tener tantas vacas “como estrellas hay en el cielo”, como decía el famoso Señorito Malta en la telenovela “Roque Santeiro”.

Distintas perspectivas: cultura agrícola, cultura forestal, cultura del agua…


También hay distintas perspectivas en los grupos que conviven en la Costa Caribe. Una familia mestiza con menos de 50 hectáreas de tierra, que proviene de comunidades del centro del país, tiene la lógica de hacer mejoras en esas tierras, que concibe como una posesión propia. Esta familia comienza a sembrar maíz y frijol y a los tres o cuatro años convierte esa tierra en potrero de pasto natural y comienza a tener ganado y dedica otra área a granos básicos, a chagüite, a musáceas y nunca le faltan gallinas y cerdos. Su mentalidad es diversificar cultivos y tener algo de ganado mayor y menor. Hacer de esa parcela una finca es su sueño. Vivir allí y mejorarla con la fuerza del trabajo familiar es su estrategia. Para ellos la tierra vale en cuanto pueden hacer en ella mejoras e inversiones. Su cultura es la agricultura.

Las familias mayangnas y miskitus viven en comunidades y valoran el bosque, el agua y la tierra como el espacio que les da toda la vida: comida, medicinas y material para sus casas y cayucos. Estas comunidades se ubican mayormente cerca de los ríos, que son espacios de pesca y de recreación, el lugar donde se bañan y lavan la ropa. En el bosque conservan áreas donde siembran frijol, maíz, yuca, quequisque, plátanos... También diversifican cultivos y se mueven de un lugar a otro para cultivar, pero sin afectar ni al bosque ni al agua. El sentido de propiedad de la tierra no está en sus cabezas como lo está en las cabezas de los mestizos. Su cultura es la forestcultura.

Las poblaciones afrocaribeñas llegaron a la Costa Caribe por el mar. En barcos llegaron a estas tierras como esclavos y hasta el día de hoy encuentran en el mar respuestas económicas y culturales. Siempre han estado más vinculados a la pesca en el mar, siempre se han relacionado con compañías pesqueras transnacionales, lo que les facilita el hablar creole-inglés. Muchos jóvenes creole sueñan con embarcarse durante varios meses, sea cual sea el oficio que les den en el barco. Los de Bluefields siempre han estado muy vinculados con las poblaciones de las colombianas islas de San Andrés y la comunicación entre ellos siempre ha sido muy fluida. Su cultura es agua-cultura.

Figurativamente, podemos ver a los creole moverse en barcos por el mar, a los indígenas en cayucos por los ríos y a las familias campesinas mestizas moverse en sus bestias por las fincas. Un creole sin agua, un indígena sin bosque y un campesino sin tierra son como seres sin alma. Para los indígenas el bosque es lo que vale, para los ganaderos el ganado es lo que vale y cuando ven un bosque lo que ven son cachos de reses. Para los campesinos lo que vale son las mejoras en sus tierras. Los campesinos son hijos del maíz. Los miskitos y mayangnas son hijos del wabul, una comida que hacen a base de plátano o pijibay con aceite de pescado o de coco. Los afrodescendientes son hijos del rondón, una comida que hacen con pescado, yuca y coco.

La erosión de las organizaciones de estos pueblos explica mucho


Desde el Pacífico vemos a estas poblaciones como “atrasadas”, en fases posteriores del desarrollo, distantes aún de la modernidad. En América Latina así se ve a los indígenas, es éste un pensamiento frecuente. Mario Vargas Llosa lo representa y dice que los indígenas no sólo son “atraso”, sino “obstáculo” para la civilización, pensando como pensaba Sarmiento en Argentina en el siglo 19, que consideraba que para que Argentina se desarrollara, primero había que acabar con los indígenas.

Un dato a tener muy en cuenta para interpretar lo que está sucediendo en la Costa Caribe y para entender las dificultades de una solución de corto plazo es la erosión que ha sufrido la organización indígena, la organización campesina y la organización de los afrodescendientes, la de todos. En términos formales, hoy hay para los pueblos indígenas más leyes, más reglamentación y más autoridades: están los síndicos, el Consejo de Ancianos, el gobierno territorial, el gobierno comunal, el gobierno regional…

Después de la autonomía han aumentado todas las estructuras, pero en las comunidades las organizaciones comunitarias se han erosionado. Ha habido un cambio en la funcionalidad de los consejos de ancianos, de los síndicos y de los jueces (los whita), que deben responder más hacia fuera de sus comunidades y de sus territorios, mientras los mecanismos de control de sus propias comunidades se han debilitado, lo que supone que el flujo de recursos que llega a las comunidades no pasa por la presión de la comunidad exigiendo rendición de cuentas.

No hay culpas individuales, hay responsabilidades sociales


La capacidad de las comunidades reclamando transparencia se ha debilitado. La rotación de síndicos en muchas comunidades es anual y las familias lo justifican así: “A los síndicos los cambiamos cada año para que otros también agarren algo”. Con el tiempo, la razón para organizarse ha transitado de la necesidad de resolver dificultades comunes a tener cargos para beneficiarse de ellos. Y les ha dado la visión de que la organización en la comunidad tiene que ver con recursos como el dinero…

Las formas de organización propias, que incluían a los sukias y las normas que regían las comunidades, han sufrido erosiones en los últimos dos siglos. Muchas culturas del mundo han logrado aprovechar ideas y recursos de organizaciones nacionales e internacionales para fortalecer su propia cultura y su organización. En el caso de la Costa Caribe, el dinero, la imposición de la cruz y el caciquismo de los últimos 70 años mareó a estas poblaciones, las debilitó, las hizo tambalearse. No debe extrañarnos que sean muchos los líderes indígenas señalados hoy de vender tierras que no pueden ser vendidas o de participar en negocios de madera que devastan los bosques. No son culpas individuales, es una responsabilidad social que tiene raíces más allá del presente y que se vincula con responsabilidades transnacionales.

Si no tenemos en cuenta todo esto, haremos una tras otra lecturas erróneas del conflicto. En la literatura académica hay una teoría llamada “patrón dependiente” (path dependence). Explica que, una vez que se decide un camino, no hay vuelta atrás y que las críticas, reclamos o protestas, lejos de cambiar la decisión inicial, la fortalecen… hasta que en algún momento se llega a otro cruce de caminos que abre nuevas opciones y hay que volver a decidir.

Las idea de que “la historia no se puede detener” y “los indígenas irán desapareciendo”


Podríamos aplicar esta teoría al camino que hemos emprendido para entender a las poblaciones indígenas, afrodescendientes y campesinas con las ideas viejas y arraigadas que conservamos. Hace siglos se concluyó que los indígenas y afrodescendientes eran como mínimo poco civilizados y estaban enemistados con el progreso. Las ideas de Sarmiento han persistido en las de Vargas Llosa, un premio Nobel, un intelectual moderno y liberal. Las críticas y cuestionamientos a ese punto de vista, atrasado y superado, más bien lo han reforzado.

Basados en ese punto de vista hemos tenido en toda Centroamérica leyes para promover el café y el ganado, que consistieron en expropiar tierras indígenas y en obligar a los indígenas a trabajar de gratis y si no lo hacían eran considerados “haraganes” y encarcelados. Y como ese punto de vista persiste, seguiremos escuchando lo que hoy nos dice el mercado: “Los indígenas irán desapareciendo, también el campesinado, la historia no se puede detener”… a no ser que estemos ya en otro cruce de caminos y seamos capaces de pensar más allá, de ampliar la mirada, de cambiar de mentalidad.

Debemos ponernos en el lugar de las familias indígenas de la Costa


Quienes decimos llamarnos amigos y amigas de los pueblos indígenas debemos revisar las ideas que manejamos. Académicos y consultores solidarios con los pueblos indígenas hacemos estudios con ellos cargados de ideas sobre “género”, “pagos por servicios ambientales”, “gobernanza”, “resiliencia”, “medios de vida sostenible”, “tenencia de la tierra” o “empoderamiento”, teorías todas inventadas fuera de su realidad, aunque respaldadas con recursos. Y estudiamos su realidad a la carrera, sin escucharlos.

Para decidir qué hay que hacer para empezar a resolver las tensiones que hay en la Costa Caribe pongámonos por un momento en el lugar de las familias indígenas de la Costa. Han visto reducidas sus áreas de bosque, ven que los animales del bosque se han retirado, ven cómo han variado las aguas de sus ríos, ven que los peces escasean, ven también que los proyectos de la cooperación internacional son cada vez menos, saben que el negocio de la madera ha bajado algo, que la fertilidad del suelo ya no es la misma ni rinde igual y ven que cada vez vive más gente en el territorio… Son más y tienen menos comida y menos dinero. Obviamente, su desesperación aumenta. Si las comunidades mestizas se van totalmente del territorio, ¿de dónde conseguirían dinero, “cash” como ellos dicen, para comprar sal, azúcar, ropa…?

Pongámonos a pensar como ellos. Nosotros, por ejemplo, manejamos el concepto “tenencia de la tierra”, pero ese concepto ni siquiera existe en las comunidades indígenas, que no conciben que alguien “tenga” la tierra… ¿Qué significa para esas poblaciones ese concepto? Nada. Porque “tenencia de la tierra” supone que tierra es igual a propiedad individual, supone que hay mojones y linderos y hay títulos aunque sea en papeles arrugados con algunas firmas. Eso sí se tiene, pero, ¿la tierra? La tierra no. ¿Acaso la mayoría de las comunidades indígenas tienen tierra individual?

En Managua decimos “mi propiedad”, en la Costa dicen “nuestro territorio”


En lo poquito que he entendido estando entre ellas, para ellas la tierra es “comunal” e “individual” a la vez, combinado. Para ellos, la tierra es tangible y es intangible a la vez. La tierra es bosque y es agua a la vez. No es sólo un lugar, es la misma vida. En Managua decimos “mi propiedad”. Las familias indígenas dicen “nuestro territorio”, y al decirlo el sentido de posesión es diferente al nuestro, que está muy influido por la lógica del mercado. Nuestra mirada separa la tierra del bosque, la tierra de la vida, separa a las comunidades de su entorno. Para las comunidades indígenas, para las afrodescendientes, y me atrevo a decir que también para las familias campesinas, la lógica del mercado no lo explica todo ni es lo que más les mueve.

Entender a los pueblos indígenas exige ampliar nuestra mirada. Significa sumergirnos. Pongámonos en los zapatos de una comunidad mayangna o miskitu. Nunca han tenido la experiencia de una propiedad individual con cercas de alambre ni de piñuelas y como familias han trabajado siempre en un tuco de área y después de tres o cuatro años se han movido a otro tuco, siempre sobre el área, para sembrar, para estar. La “propiedad”, la “tenencia individual” nunca entró en su cultura. Las palabras “manzana” o “hectárea” las han escuchado, saben de qué se trata, pero nunca las han usado porque no las han necesitado. Tampoco usan las palabras “comprar y vender” tierra, porque nunca han comprado tierra ni entra en sus cabezas la idea de “vender tierra”.

Con todo eso en la cabeza, cuando las familias mestizas llegan y les dicen que les compran tierra y ellos aceptan venderles determinada área, no creían que eso significaba “adueñarse” de la tierra. Pensaban que significaba sembrar allí dos o tres años. No sabían que decir veinte o cincuenta hectáreas era algo tan grande ni pensaban que esa área tan grande la iban a señalizar con mojones y que ellos ya no podrían entrar ahí. Nunca imaginaron que la tierra se medía… Pensaban que les vendían a los mestizos tan sólo unos “tucos” de tierra, pero ahora ya no pueden entrar a esas áreas ni a cazar una wila, una guardatinaja… ¿Qué hacen ahora? Como ven, ha habido muchos malentendidos en el trasfondo de estos conflictos.

Hay que construir puentes de diálogo


¿Cómo salir del conflicto costeño? Creo que lo primero es tomar conciencia de la complejidad de aquella realidad. Hay que proponer el diálogo en la medida en que sepamos dialogar y en la medida en que universidades e iglesias sean autocríticas. Hay que proponer el diálogo comenzando por casa. Las universidades deben revisar sus currículos y las iglesias deben reconocer las múltiples espiritualidades que existen y superar sus propias divisiones. Sólo aceptando la complejidad y siendo autocríticos se puede contribuir a construir puentes de diálogo.

Dirigiéndose al Congreso de Estados Unidos, el Papa Francisco señaló a los legisladores que “su deber es construir puentes”. Tenemos el deber de construirlos para entender lo que ocurre en la Costa Caribe. Creo que reducir la brecha de las desigualdades, no sólo económicas, sino culturales, debería ser un puente construido entre todos en Nicaragua. A pesar de la deforestación, y a pesar del avance de la hacienda de caña o de maní, inmensos espacios donde no hay árboles, en las fincas campesinas sí hay árboles. Creo que debemos construir un puente entre las familias campesinas y las comunidades indígenas en torno al cuido ambiental para poder enfrentar el cambio climático.

Cómo aplicar el “saneamiento” que establece la Ley 445


Construir puentes para cumplir el saneamiento que establece la Ley 445 podría pasar por un proyecto de arrendamiento de tierras. Si se estableciera que más de 50 hectáreas de tierra no pueden tener los no indígenas en territorios indígenas, tal vez encontraríamos un comienzo de solución. Porque el gran ganadero, que lo mínimo que quiere son 500, mil, 3 mil hectáreas, no querrá ya estar en esas tierras. Si lográsemos que lo máximo fueran 50 hectáreas y que las familias campesinas pagaran a los indígenas un arrendamiento anual por hectárea, eso podría construir un puente: eso daría tierras a los mestizos y dinero a las comunidades indígenas.

Para que eso aportara a una solución, las organizaciones indígenas tendrían que reforzarse para que la administración de los recursos que reciban de los mestizos sea transparente y exista un mínimo de contraloría social desde la comunidad. Sin que las organizaciones indígenas mejoren, cualquier recurso sólo perjudicará a las comunidades.

Un proyecto de arrendamiento de tierras sería compatible con que las familias campesinas diversifiquen sus cultivos, combinando cultivos anuales con cultivos permanentes, ganadería mayor y menor con parches de bosques (“montañita”). Igualmente, las familias indígenas no deberían tener más de 50 hectáreas por familia para que diversifiquen sus actividades productivas. Tendrían también parches de bosques como comunidad y recibirían incentivos por mantenerlos. Serían pagados por sus “servicios ambientales”, en coherencia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible que las Naciones Unidas acaban de aprobar como Agenda 2030. Eso sería un puente, una alianza entre indígenas, campesinos y afrodescendientes.

No hay salidas en blanco y negro a los problemas costeños


En la Costa hay conflictos, pero la palabra conflicto tiene dos lados: el lado de la confrontación y el lado de la cooperación. Los puentes se construyen mirando el lado de la cooperación. Detrás de las adversidades están siempre las oportunidades. Creo que el conflicto actual en la Costa es una oportunidad para aprender y para cambiar.

Las salidas a los problemas de la Costa no pueden ser en blanco y negro. Debemos encontrar maneras creativas para salir de esta tensión. Debe haber arreglos sociales que permitan algunas modalidades de puentes. Sólo las sociedades que se organizan logran avanzar y consiguen leyes que realmente mejoren sus vidas. En los años 80 la Revolución nos enseñó que sin comunidades que reclamen y exijan, sin mujeres y hombres que participen en la construcción de su propio destino, de nada servirá la aprobación de las mejores leyes y la aplicación de las medidas más justas. De nada servirá el hacerles llegar recursos. La historia de lucha de tantos pueblos nos ha enseñado que de nada sirve luchar para conseguir buenas leyes si después no participamos en su aplicación. La actual coyuntura que vive la Costa es una oportunidad para aprender. Y mientras más aprendamos, más capaces seremos de cambiar.

Nos ayuda a cambiar el recordar la antigua idea de mayordomía: tener conciencia de que en este mundo tenemos una vida corta, y que por eso, en los pocos años que tenemos para trabajar por nuestra sociedad y nuestro planeta, debemos dar lo mejor de nosotros para sembrar más vida. Para lograr hacerlo bien lo más urgente es aprender. La palabra griega para aprender y para cambio es “metanoia”, tienen la misma raíz. Es ésa la palabra que en los evangelios aparece como sinónimo de conversión, de cambio.

Aprender es cambiar. Y para aprender hay que conocer. Conocer es investigar, escudriñar, discernir, estudiar. El mercado y su actual poder es un producto humano y por eso podemos cambiarlo. En Uruguay han conseguido aumentar en más de un 50% su producción de lácteos sin deforestar. ¿Cómo lo hicieron? Cambiando, con el conocimiento que nos hace cambiar.

Sólo con comunidades humanas que aprenden, con organizaciones que aprenden, cambiaremos. No es justo defender a ciegas “la cultura indígena” en contra del mercado ni es honesto defender “el mercado” a costa de las culturas indígenas. Algo combinado y creativo deberá surgir. Algo nuevo deberemos de producir como fruto de este conflicto y de tantos conflictos que están sucediendo en el mundo entero. Es tiempo de aprender, es tiempo de cambiar.

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