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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 397 | Abril 2015

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Nicaragua

Qué dicen los obispos del Canal Interoceánico

En dos ocasiones los obispos de la Conferencia Episcopal de Nicaragua se han referido al proyecto canalero. El 21 de mayo de 2014 en un único punto del documento que entregaron a Daniel Ortega, y del que nunca tuvieron respuesta. Nuevamente, el 8 de marzo de 2015, más amplia y concretamente, en cinco puntos de su Mensaje de Cuaresma. Recogemos sus palabras en ambas ocasiones.

Conferencia Episcopal de Nicaragua

EN 2014:
“ESTAMOS SUMAMENTE PREOCUPADOS”

El proyecto del Gran Canal Interoceánico de Nicaragua afectaría directamente tres de nuestras jurisdicciones e indirectamente otras cinco en la costa del Atlántico. Hay informaciones de presencia de numerosos chinos en el río Punta Gorda y en el río Rama, en donde van colocando mojones, buscando posibles rutas para el canal, según se dice. Como pastores estamos sumamente preocupados por esta situación y creemos que urge tener informaciones verídicas y precisas sobre este gran proyecto para prepararnos para el futuro. Todo esto afectará de forma radical la cultura, la forma de vida y de trabajo de nuestras poblaciones y de las futuras generaciones.

Es urgente, en relación con la posible construcción del Canal, no sólo que se dé a conocer lo más pronto posible la ruta, la ubicación de las nuevas ciudades, la duración de la construcción, el modo y el precio con el que pagarían la tierra a sus legítimos y actuales dueños y un estimado del número de sus trabajadores, sus procedencias y muchos otros detalles, sino que es decisivo y urgente que se discuta el proyecto con mayor profundidad, escuchando la opinión de científicos nacionales y extranjeros expertos en la materia y armonizando los aspectos constitucionales, geológicos, técnicos y ambientales, y sopesando con serenidad los riesgos que comporta tal megaproyecto para la salvaguarda de nuestro medioambiente y recursos naturales.

EN 2015: “LOS GRANDES PROYECTOS DEBEN ESTAR AL SERVICIO DE LA PERSONA HUMANA”

Como pastores de la Iglesia vemos siempre con satisfacción acciones humanas realizadas en beneficio de la sociedad, incluidos los megaproyectos tecnológicos que impliquen la transformación razonable de la naturaleza y tendientes a superar el empobrecimiento de la población y el desarrollo del país. “Los esfuerzos realizados por el ser humano a lo largo de los siglos para mejorar su condición de vida responden a la voluntad de Dios” (Gaudium et Spes, 34), que lo ha creado para conservar y transformar el mundo (Génesis 1,26-27) y para que “lo gobernara con santidad y justicia” (Sabiduría, 9,3). Los cristianos “lejos de contraponer al poder de Dios las conquistas humanas, como si fueran rival del Creador, están persuadidos de que las victorias de la humanidad son señal de la grandeza de Dios y fruto de sus inefables designios” (Gaudium et Spes, 34).

En nuestro país se pretende actualmente realizar un gigantesco proyecto tecnológico, que si quiere alcanzar el fin que asegura pretender conseguir, debe realizarse con un profundo sentido de responsabilidad de quienes lo promueven, primero ante Dios y ante la propia conciencia, pero también ante los pobres, ante las generaciones futuras y ante toda la humanidad (Caritas in veritate, 48). Si este megaproyecto, que afectará tan radicalmente la convivencia humana y el ambiente natural del país, quiere ser una verdadera obra de progreso a favor del bien común de Nicaragua debe llevarse a cabo con visión de nación, con fundamento científico y perspectiva de desarrollo sostenible.

“NOS PREOCUPA LA GENTE
Y NUESTRAS COMUNIDADES”

No entramos aquí en toda la problemática de tipo constitucional, jurídica, y tecnológica de tal proyecto, pues “la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer” (Centesimus Annus, 43) y no pretende tampoco “de ninguna manera mez¬clarse con la política de los Estados” (Populorum Progre¬ssio, 13).

Nos preocupa ciertamente la dimensión ecológica de este proyecto. Compartimos plenamente la convicción del Papa Francisco, quien desde el primer día de su ministerio invitó a los responsables de las naciones a que fueran “custodios de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del medioambiente” (Homilía de inicio de pontificado), y ha enseñado que “uno de los desafíos más grandes de nuestra época es convertirnos a un desarrollo que sepa respetar la creación” (Discurso al mundo laboral y de la industria). Sin embargo, queremos manifestar, sobre todo como pastores, nuestra preocupación por la gente, por el pueblo, por nuestras comunidades.

Nos preocupa el pueblo, los campesinos pobres y los medianos productores de la zona afectada por este proyecto, quienes viven con zozobra e incertidumbre de cara al futuro: no tienen certeza de que recibirán el precio justo por sus tierras; saben que pueden ser víctimas de desplazamientos forzosos. No saben a dónde irán, pues no se conoce un plan de ordenamiento territorial que les asegure una organización laboral y social digna; sufrirán un radical desarraigo cultural y económico del mundo rural y laboral en que han vivido y perciben muy pocos y escasos beneficios para ellos.

No dejamos de manifestar también nuestra preocupación pastoral a causa de la situación cultural y religiosa que puede crearse a causa de este megaproyecto en la zona afectada y en todo el país: el impacto debido a la presencia masiva de personas ajenas a nuestra cultura, historia, tradiciones y convicciones religiosas; las crisis y rupturas que se pueden presentar en tantas familias debido a los desplazamientos; los traumas psicológicos que este proyecto ya está causando debido al temor y a la incertidumbre en ancianos, niños y jóvenes; la determinación firme de la población afectada a defender sus territorios y la soberanía nacional, a cualquier costo, lo que podría desatar indeseados conflictos armados, etcétera.

“LO QUE NOS ENSEÑA LA HISTORIA”

Este proyecto sería un bien para el país sólo a condición de que se hagan serios y profundos estudios científicos que aseguren la factibilidad de la obra a nivel ecológico y económico, que se actúe con la debida transparencia y legalidad, que se ofrezca la suficiente información verídica a la población, que se promuevan debates abiertos con diferentes sectores sociales y científicos y, sobre todo, que se respete el derecho y la dignidad de las poblaciones más directamente afectadas.

Esto exige racionalidad científica e integridad moral, mucho diálogo y total transparencia, pero sobre todo recta conciencia y espíritu de caridad. “El desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y políticos que sientan fuertemente en su conciencia el llamado al bien común” (Caritas in veritate, 71). Requiere sobre todo poner a la persona humana en el centro de todo. No hay que olvidar que no basta progresar desde el punto de vista económico y tecnológico. Hay que tener presente que la riqueza puede crecer en términos absolutos y hacer que aumenten las desigualdades sociales.

La misma historia enseña que salir del atraso económico, algo en sí mismo positivo, no soluciona necesariamente la problemática compleja de la promoción del ser humano, que puede no sólo volver a ser víctima de antiguas formas de explotación, sino de nuevas formas de crecimiento económico injusto, marcado por desviaciones y desequilibrios a causa de intereses geopolíticos y corporativos, que no se interesan ni por el derecho ni por la dignidad de las personas y de las comunidades (Caritas in veritate, 22-23).

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