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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 334 | Enero 2010

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El Salvador

“Pido perdón en nombre del Estado salvadoreño”

Mauricio Funes, Presidente de El Salvador, en su histórico discurso del 16 de enero, en el 18 aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz que pusieron fin al conflicto militar salvadoreño, pidió perdón a las víctimas de aquella cruel guerra.

Mauricio Funes

En este 18 aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz recuperamos su celebración como un acto de reconocimiento de su trascendencia histórica. Es, por lo tanto, un honor para mí presidir este acto y sentirme acompañado por las más altas autoridades de nuestro país, por representantes del cuerpo diplomático y organismos internacionales, por los legítimos representantes del pueblo, alcaldes y alcaldesas, diputados y diputadas, por directivos empresariales y de organizaciones sindicales y sociales. A todos sinceramente les agradezco su presencia esta mañana. También agradezco a los miles de salvadoreños y salvadoreñas que desde sus hogares nos acompañan a través de los medios de comunicación. Muy especialmente agradezco a todos aquellos que directa e indirectamente han sufrido las consecuencias del conflicto armado que finalizó precisamente con los Acuerdos de Paz que hoy recordamos y cuyos firmantes me acompañan también hoy.

Cuando la mayoría del pueblo salvadoreño dio su voto para que este servidor llegara a la Presidencia de la República, no sólo me dio su respaldo. También me dio el mandato de transitar por el sendero del cambio. No nos indicó caminar por la vía de la confrontación, la lucha, las transformaciones violentas, y mucho menos, por la profundización del antagonismo entre hermanos y hermanas.


Tampoco el pueblo salvadoreño pidió seguir en la senda de la desigualdad, la injusticia, el atraso y la pobreza. El pueblo salvadoreño quiso mirar de frente su realidad, su pasado y su presente, pero sobre todo su futuro, para comenzar un camino de unidad y progreso para todos, para lograr una reconciliación que no se alcanza con la negación de la historia. Por el contrario, que se alcanza con la verdad y la justicia.

Como afirmo Louis Joinet, relator de las Naciones Unidas en la lucha contra la impunidad, “para pasar la página hay que haberla leído antes”. Creo, por tanto, que este acto es un reflejo de la voluntad de los salvadoreños y salvadoreñas por recuperar la importancia del 16 de enero como fecha clave para retomar el espíritu de esos Acuerdos, que constituyeron el mayor contrato social de la historia de El Salvador.

La verdad y la justicia como fundamentos de la reconciliación nos obligan a reconocer los avances decisivos que los Acuerdos de Paz han tenido en la pacificación y en la democratización de la vida política del país, así como nos llevan a admitir deudas que, al no ser saldadas, constituyen un obstáculo para la unidad y la fraternidad del pueblo salvadoreño. Ésa es mi intención esta mañana: leer una página importante de nuestro pasado reciente para avanzar hacia el futuro con las heridas curadas, con el pasado resuelto y con la paz que supone para el espíritu dejar atrás una etapa tan dolorosa como trágica.

El mensaje que quiero transmitirles hoy es parte de una deuda que el Estado salvadoreño contrajo hace 18 años con todos sus ciudadanos. Y es mi responsabilidad en este momento, como máximo representante del Estado, reconocer esa deuda y comenzar a saldarla. En virtud de una lectura consciente, ecuánime y responsable de la letra y el espíritu de aquellos Acuerdos, he tomado una resolución que quiero transmitirles y a la que otorgo verdadera trascendencia histórica.

Como titular del órgano Ejecutivo de la Nación y en nombre del Estado salvadoreño, en relación con el contexto del conflicto armado interno que concluyó en 1992, reconozco que agentes entonces pertenecientes a organismos del Estado, entre ellos las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad pública, así como otras organizaciones paraestatales, cometieron graves violaciones a los derechos humanos y abusos de poder, que realizaron un uso ilegítimo de la violencia, que quebrantaron el orden constitucional y violentaron normas básicas de la convivencia pacífica. Entre los crímenes cometidos se cuentan masacres, ejecuciones arbitrarias, desapariciones forzadas, torturas, abusos sexuales, privaciones arbitrarias de libertad y diferentes actos de represión. Todos estos abusos fueron ejecutados, en su mayoría, contra civiles indefensos ajenos al conflicto.

Reconozco públicamente la responsabilidad del Estado ante esos hechos, tanto por acción como por omisión, puesto que era y es obligación del Estado proteger a sus ciudadanos y garantizar sus derechos humanos.

Por todo lo anterior, en nombre del Estado salvadoreño, pido perdón. Pido perdón en nombre del Estado salvadoreño
a los niños y niñas, jóvenes, mujeres y hombres, ancianos y ancianas, religiosos, campesinos, trabajadores, estudiantes, intelectuales, opositores políticos y activistas de los derechos humanos. Pido perdón a quienes no han podido terminar su duelo por desconocer el paradero de sus seres queridos. Pido perdón a los mártires que con su vida defendieron la paz y nunca han visto reconocido su sacrificio. Pido perdón a las madres y padres, a los hijos e hijas, a los hermanos y hermanas. Pido perdón a todos y cada uno de los afectados y a sus familiares, a todos los que durante años han llevado el drama en su corazón sin el amparo de las instituciones. A algunas de estas víctimas los tribunales internacionales ya les han reconocido su derecho al perdón. A ellos, por supuesto, también dirijo esta petición. A todos hago llegar mi más alto respeto.

Que este perdón sirva para dignificar a las víctimas, que les ayude a aliviar su dolor y contribuya a sanar sus heridas y las de todo el país. Que este gesto contribuya a fortalecer la paz, a cimentar la unidad nacional y a construir un futuro de esperanza.

El 16 de enero de 1992 El Salvador firmó con sus Acuerdos de Paz el compromiso de decir “nunca más” a muchas cosas. Nunca más a las violaciones de derechos humanos. Nunca más al uso de la violencia. Nunca más al abuso de las instituciones. Nunca más a la represión para silenciar ideas. Hoy sumamos otro “nunca más” a esa lista: nunca más darle la espalda a las víctimas, nunca más negar nuestra realidad.

Este reconocimiento y petición de perdón que hoy formulamos nos lleva, a partir de este momento, a asumir como objetivo estratégico de la gestión gubernamental la dignificación de las victimas, sin la cual este acto no tendría sentido y sumaría una nueva frustración. Con este objetivo he decidido la creación de una comisión, que tendrá como finalidad única proponer a la Presidencia de la República la adopción de medidas para la reparación moral, simbólica y material, dentro de las posibilidades que las finanzas del Estado nos brindan, y con la obligación de ofrecer resultados concretos en tiempo y forma. Integrarán la comisión representantes de los ministerios de la defensa nacional, de relaciones exteriores, de salud, de hacienda y de la secretaría de inclusión social de la Presidencia. Y se invitará a la Procuraduría para la defensa de los derechos humanos para que actué en calidad de observador con estatus consultivo.

El camino de la dignificación de las víctimas ha comenzado en el nuevo El Salvador y hoy tiene su expresión más alta y decidida. Este gobierno ya ha puesto de manifiesto una nueva visión de la gobernabilidad del país, rescatando el espíritu de la agenda de democratización y derechos humanos de los Acuerdos de Paz. La creación del Consejo Económico y Social retoma el espíritu del Foro Económico y Social contenido en los Acuerdos de Paz.

Hemos abierto espacios institucionales de diálogo en la Cancillería con las organizaciones defensoras de los derechos de las víctimas y hemos alcanzado acuerdos importantes con ellas.

Por decisión de la Presidencia de la República, el Estado salvadoreño otorgó la orden José Matías Delgado, grado Gran Cruz y placa de oro a los sacerdotes jesuitas asesinados en 1989. Fue en casa presidencial, en el salón de honor, el 16 de noviembre, el mismo día en que fueron asesinados con dos de sus más cercanas colaboradoras, que tuve el honor de otorgar esta condecoración a sus familiares y amigos. Quiero anunciarles que hoy mismo firmaré el decreto de creación de la comisión nacional de búsqueda de niños desaparecidos, comisión que reunirá los estándares requeridos por la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Esta decisión no es tan sólo un acto simbólico.

Es un acto ejecutivo de alivio y reparación a uno de los sectores de las víctimas que más ha luchado por sus derechos y que encarnó el esfuerzo de muchos años de nuestro hermano ya fallecido, el padre Jon Cortina, a quien hoy rendimos nuestro homenaje y expresamos nuestra gratitud.

El Poder Ejecutivo se compromete a prestar la más amplia y activa colaboración con las autoridades competentes, nacionales e internacionales, que investigan causas emanadas de la violación de los derechos humanos. Es obligación del Estado hacerlo y este Presidente no eludirá su responsabilidad.

Otro capítulo de los Acuerdos de Paz en que el Estado salvadoreño está comprometido a cumplir, y no ha cumplido, es garantizar los derechos y satisfacer las demandas de los lisiados de guerra. Existe una deuda dejada por anteriores administraciones que no cumplieron con el pago obligatorio de las pensiones. Mi gobierno atenderá esa legítima demanda en los plazos que lo permitan nuestras finanzas y a partir de un acuerdo con los afectados. Para ese efecto instalaré, a partir de la próxima semana, una mesa de diálogo y negociación con representantes de las organizaciones de lisiados y discapacitados a causa del conflicto armado y con delegados del gobierno para establecer el monto de la deuda, la forma y el tiempo de pago. Quiero informar también que en los próximos días estará plenamente operativo el fondo de protección de lisiados y discapacitados a consecuencia del conflicto armado, con programas de reinserción social y productiva, en materia de capacitación, apoyo productivo, salud mental, inserción laboral, construcción de un taller de fabricación de prótesis y un sistema de crédito institucional.

Queridos salvadoreños y salvadoreñas: A partir de hoy, como fecha simbólica, iniciamos una nueva relación del Estado con las organizaciones de derechos humanos y protectoras de lisiados y discapacitados, las que a partir de ahora tendrán en este gobierno a un aliado que colaborará activamente en su tarea. Este reconocimiento de procederes ilícitos, su consecuente aceptación de responsabilidad y el necesario pedido de perdón que hoy formulamos no debe ser aprovechado por ningún sector minoritario para intentar llevar discordia y divisiones al seno de la comunidad salvadoreña. Necesitamos actos de amor, nunca más de odio. Necesitamos actos de dignificación, nunca más de daño. Necesitamos actos de solidaridad, nunca más de egoísmo.

Somos concientes que las causas estructurales que llevaron al conflicto armado, sobre todo aquellas de naturaleza económica y social, están aún -muchas de ellas- sin solución, sin respuesta. Este gobierno del cambio ha comenzado un proceso que tiene como fin el desarrollo económico, la justa distribución de la riqueza y la inclusión social plena. Considero mi labor como una respuesta al espíritu que animó la firma de los Acuerdos de Paz en 1992, en el sentido más pleno: profundizar los valores de la democracia, de la unión y concertación nacional y del compromiso social, especialmente con los más necesitados y vulnerables. Por ello, reafirmo también hoy mi opción preferencial por los pobres, tal como lo enseñara nuestro obispo mártir y guía espiritual de la nación, Monseñor Óscar Arnulfo Romero.

Nuestro país aún necesita transitar el camino hacia la democracia plena, que implica no sólo el ejercicio sistemático del voto, sino también garantizar la igualdad de oportunidades y la justicia social. No habrá paz duradera, no habrá concordia, mientras persistan las distintas formas de la inequidad, la miseria, el atraso y la exclusión de las grandes mayorías de la educación y de la salud de calidad, del mercado laboral, de la cultura y del progreso social. Ese rumbo será posible sólo en el marco de la unión nacional. Las luchas políticas por la democracia no pueden ni deben comprometer ese camino, que es el que el pueblo salvadoreño ha elegido: el camino de la paz, la convivencia, la fraternidad, el amor al prójimo.Como siempre he dicho: cada salvadoreño es nuestro hermano, cada salvadoreña es nuestra hermana.

Muchas gracias a todos nuevamente por su presencia en este acto. Y gracias a las víctimas y a sus familias por recibir mi petición de perdón en nombre del Estado salvadoreño. Que Dios les bendiga, que Dios bendiga al pueblo salvadoreño, que Dios bendiga a El Salvador.

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