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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 309 | Diciembre 2007

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Nicaragua

En memoria de Doña Cecilia, víctima de la violencia de género

La violencia de género no es sólo un concepto. Es una realidad diaria. Es agredir, acosar, herir, matar a las mujeres por el hecho de ser mujeres. Matar a las mujeres por ser mujeres es femicidio. El femicidio no es sólo un concepto. Es una realidad diaria. A Cecilia Torres la mataron por ser una mujer “necia”, consciente de sus derechos. Los defendía y los reclamaba, para ella y para todas las demás.

Grupo Venancia

Cecilia Torres Hernández fue una mujer muy humilde, muy firme y con una gran convicción sobre el derecho de las mujeres a vivir libres de violencia. Segura de su ciudadanía. Por eso luchó y por eso dio la vida. Es una de las 60 mujeres víctimas de femicidio en el año 2007. Su determinación y constancia, su insistencia en reclamar derechos, los suyos y los ajenos, la convirtieron para algunos en “una molestia”. “Una mujer bien necia”: eso decían de ella. Esa “necedad” la hizo un símbolo. Porque en Nicaragua ser mujer y reclamar derechos es ser “necia”.

CAJETAS, MANTELES Y FLORES

Doña Tulita y Don Florencio tuvieron ocho hijos. Cecilia fue la número seis. Nació en 1952. Cuando murieron sus dos hermanos menores, ella quedó de cumiche. La recuerdan parecida a su papá: alegres, platicadores y chileadores los dos, ella y él. Al mal tiempo siempre con buena cara. Desde pequeña, fue dinámica: le gustaba costurar, hornear y hacer flores de papel. Su madre dice de ella con orgullo: “Era la más inteligente de todos, todo le gustaba aprender”. Pero cuando niña, sólo pudo estudiar el primer año en la escuela. A don Florencio le parecía que mandar a sus hijas a estudiar era mandarlas a que aprendieran a jalar (a buscar novio). “Ése era mi pleito con él”, dice doña Tulita, porque ella estaba clara que si estudiaban sabrían cómo defenderse.

A los catorce años Cecilia se casó con Juan y a esa edad tuvo su primera hija. Después vinieron diez más. Total: siete niñas y cuatro niños, de los que sólo ocho llegaron a edad adulta. En un inicio, Cecilia y Juan vivían en Caratera, en La Dalia, donde Cecilia había nacido, pero después de probar suerte en varios lugares, a mitad de los años 80 acabaron instalándose en la comunidad de Wasaka Arriba, también en La Dalia. Allí fue dónde nació su hija menor, Noemí. Allí terminaron comprando una finquita donde sembrar frijoles, maíz y hasta un poquito de café.

Durante un tiempo, Cecilia tuvo una ventecita en Wasaka Arriba, pero después que se le metieron a robar tres veces, decidió cerrarla. Fue entonces que retomó lo que había aprendido de niña con su mama y empezó a hacer cajetas para vender. En la casa preparaba las cajetas de leche y luego iba a La Dalia a venderlas a las farmacias y a quien quisiera comprarle. De vez en cuando también hacía cosa de horno y sus hijas la ayudaban a vender. En los últimos años, le habían empezado a brotar ronchas rojas en la cara por el calor del horno y por la grasa. Entonces, dejó de hornear, dejó las cajetas y se dedicó de lleno a la costura. Cortinas, manteles, faldas y todo lo que le encargaran.

Cuando regresaba a la casa, se sentaba a la máquina de coser que le habían regalado a su hija Noemí en un curso de costura. Muchos días hasta las once de la noche a la luz de las candelas. También tenía muy buenas manos para hacer flores de papel. “Aprendió más mejor que yo, le quedaban lindísimas”, recuerda su madre. La gente la buscaba para los nueve días de todo difunto, para la misa de aniversario y ella hacía las coronas o decoraba el altar.

UNA MUJER MUY ORGANIZADA
Y MUY ALEGRE

A Cecilia no le bastaba trabajar para sacar adelante a su familia. Siempre estuvo organizada en algo, siempre estaba en reuniones. Lo primero fue organizarse como catequista en la iglesia católica, dando clases a niños y también a jóvenes. Después se interesó en los derechos de las mujeres y entró en distintas redes. Se hizo promotora de derechos humanos. “Desde que yo conozco que tengo derechos, yo voy a defenderlos”, repetía.

Además, era partera de su comunidad y brigadista de salud. Coordinaba su trabajo con la Comisión Ejecutora de La Dalia, con la alcaldía y con el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH) y trabajaba también con la Casa Materna de La Dalia. Además era miembro de la Red de Mujeres del Norte Ana Lucila y de la Cooperativa de Ahorro y Crédito en La Dalia. ¿A qué reuniones no iba la Cecilia? A todas. La recuerdan: siempre buscando cómo ayudar a los demás y en especial a las mujeres. La recuerdan valiente, decidida: “No tenía miedo a hablar, en cualquier reunión siempre estaba dispuesta a compartir experiencias”.

A pesar de tanto tiempo dedicado a otros, a Cecilia siempre le quedaba tiempo para sus nietas. Con su nieta más chiquita hacía ejercicios, con ella hablaba de todo lo que aprendía en las reuniones de mujeres a las que asistía. Con una tortilla con cuajada en una mano y con su nieta agarrada de la otra, bailaba cumbia y también el ritmo más lento de las canciones románticas que tanto le gustaban.

UNA MUJER QUE DENUNCIA

Desde hacía año y medio, Cecilia había dejado su casa de Wasaka Arriba para irse a vivir con su hija Noemí y con su nieta más pequeña al casco urbano de La Dalia. Con la ayuda de un proyecto, compraron un pequeño solar y se fueron. En La Dalia “mi mamá se sentía como en la gloria”, dice Noemí. La “gloria” era haber dejado atrás los feos problemas que habían comenzado desde el año 2000.

Los problemas eran con Jhonny Gutiérrez, el padre de su nieta, un maestro rural en la comunidad. Jhonny había dejado a Noemí y a la hijita que tuvieron y Cecilia llevaba tres años reclamando que le entregara a su hija la pensión alimenticia que manda la ley. A pesar de ser estudiante universitario becado por un organismo y con cierta relevancia en su comunidad por ser maestro, Jhonny, 25 años, se negaba a reconocer la paternidad de su hija y a pasarle la pensión. Cuando la niña tenía dos meses, Cecilia inició el juicio para establecer que Jhonny era el papá de su nieta.

Cecilia luchó durante tres años con constancia increíble para conseguir una sentencia favorable. Nunca se rindió, a pesar de que su hija Noemí quiso abandonar el caso en muchos momentos. Siempre creyó que se haría justicia. A finales del año 2006 el juez dictó la sentencia esperada: se estableció la paternidad de Jhonny, quien quedó obligado por ley a pasarle a su hija una pensión de 600 córdobas mensuales (unos 30 dólares). Primer mes, segundo mes, tercer mes: no cumplía. Iniciaba para Cecilia un nuevo esfuerzo: demandó a Jhonny y el juez los citó a ambos para una audiencia a mediados de abril.

Pero la animadversión entre Cecilia y Jhonny había iniciado antes y por otra razón, cuando Cecilia lo denunció por acosarla sexualmente. Este caso se resolvió a favor de Cecilia, pero después de ser capturado y encarcelado, el acosador terminó saliendo en libertad bajo fianza.

“DOÑA CECILIA,
VENGO A ARREGLAR CON USTED”

El día 3 de abril de 2007, Cecilia estaba en su casa de Wasaka Arriba con su nieta más chiquita, con otra de sus hijas, Josefina, y con la hijita de ella. En la cocina, todas preparaban la masa para los tamales de los días de semana santa. Como a las cinco de la tarde, escucharon un ruido en la puerta. Jhonny entró directamente a la cocina, se acercó a Cecilia, le echó el brazo por los hombros y le dijo: “Mire, doña Cecilia, vengo a arreglar con usted”. Sacó un cuchillo de la cintura y se lo clavó en el estómago.

Las niñas corrieron a esconderse. Josefina, al ver herida a su madre, salió a pedir ayuda. Jhonny la interceptó, la tiró al suelo y la hirió también con el cuchillo en el abdomen. Al ver lo que le hacía a su hija, Cecilia, desangrándose, tuvo fuerzas para agarrar una piedra y lanzarla contra el hombre enfurecido, y aunque no lo alcanzó sí logró que dejara a Josefina. Pero fue para regresar donde Cecilia, que intentó huir de él. Fue inútil. Jhonny la alcanzó y le asestó seis puñaladas en todo el cuerpo. Y huyó.

Cuando Cecilia llegó al centro de salud, ayudada por sus hijas, yernos y vecinos, ya había muerto desangrada. La promotora de derechos humanos de las mujeres, Cecilia Torres, pasó ese día a ser una víctima más de esa violación tan grave contra los derechos de las mujeres que se llama femicidio. Hasta ese día, otras diecisiete mujeres la precedieron en esa lista aterradora. En los días siguientes de esa semana santa fueron asesinadas tres mujeres más: Sandra Martínez de una estocada que le propinó su pareja, Ana Valeria Palma de un disparo en el cuello a manos de quien decía quererla, y Heiling Valiente, también de La Dalia. Asesinadas a manos de hombres por ser mujeres que no cumplían incondicionalmente con sus órdenes y deseos. En el caso de Cecilia, por ser también “necia”, una terca defensora de sus derechos.

¿QUÉ ES EL FEMICIDIO?

¿Cuál es la diferencia entre un femicidio y el asesinato o el homicidio de una mujer? Descrito de distintas formas, definido con variantes, lo que todas las definiciones y descripciones comparten es que el femicidio resulta la forma de violencia más extrema contra las mujeres. Algunos prefieren usar el término feminicidio en lugar del de femicidio, porque consideran que femicidio es una palabra homóloga a homicidio y sólo significaría asesinato de mujeres. Con el término feminicidio pretenden resaltar que se trata de la expresión extrema de violencia de género. Se le llame de una u otra forma, lo importante es destacar que la muerte violenta de las mujeres por el hecho de ser mujeres sucede a causa de la histórica desigualdad en las relaciones de poder entre mujeres y hombres.

En el caso de Cecilia, lo irónico es que, a pesar de que el Estado le había dado la razón en el reclamo de pensión de alimentos para su nieta, el Estado no fue capaz de garantizar los derechos de esa niña. No existen mecanismos legales para hacer cumplir la sentencia de un juez en casos como éstos, que abundan en Nicaragua en todas las clases sociales.

No se rindió ante los obstáculos y creyó realmente que su voz sería escuchada, fue consecuente con la idea de que las mujeres somos ciudadanas y tenemos derechos. Por eso, hasta el último momento habló y demandó sin encontrar la respuesta esperada, una respuesta que pudo haberla salvado pero que no llegó, dijeron de ella y de su caso sus compañeras de la Red de Mujeres de Matagalpa y de la Red de Mujeres del Norte Ana Lucila al anunciar su trágica muerte.

Es en este sentido que la feminista mexicana Marcela Lagarde vincula el femicidio con la falta de acción por parte del Estado: Identifico algo más que contribuye a que los crímenes de este tipo se extiendan en el tiempo: es la inexistencia del Estado de derecho, en el cual se reproducen la violencia sin límite y los asesinatos sin castigo. Se trata de una fractura del Estado de derecho que favorece la impunidad. El feminicidio es un crimen de Estado. Para Lagarde, este crimen se consuma porque las autoridades, omisas y negligentes, ejercen sobre las mujeres violencia institucional al obstaculizar su acceso a la justicia y con ello contribuyen a la impunidad. Eso es exactamente lo que nos encontramos todos los días en Nicaragua.

ESTADÍSTICAS INCOMPLETAS

En otros países centroamericanos, el femicidio aparece a menudo ligado al fenómeno de las maras o pandillas. En Nicaragua, varios estudios realizados sobre el tema confirman que los femicidios se enmarcan en la violencia de género y particularmente en la violencia doméstica, la que ocurre, al interior del hogar. En los últimos años el número de femicidios ha aumentado. Se debe al crecimiento de conciencia en las mujeres, a que cada vez más mujeres están dando más pasos para salir de las situaciones de violencia que las mantienen atrapadas. Cada vez hay más mujeres “necias” y todavía hay muchos hombres a quienes esa necedad les “molesta” y responden con suma agresividad y violencia.

En Nicaragua las estadísticas son poco fiables. Hay un grave subregistro y debilidades en el procesamiento de la información y faltan indicadores para tipificar los delitos, diferenciando entre homicidios o asesinatos de mujeres y femicidios. Uno de los estudios más recientes y bien elaborados es el realizado por la investigadora Almachiara D’Angelo en 2006. Además de recopilar datos e informaciones documentales en las Comisarías de la Mujer y la Niñez, la Policía Nacional, el Instituto de Medicina Legal y la Fiscalía, también recoge y analiza información aparecida en los medios escritos entre el año 2000 y 2005.

Según esta investigación, en ese lapso de tiempo 236 mujeres murieron víctimas de femicidio en Nicaragua. Como indica la tabla, estos crímenes han ido en aumento desde el año 2000, cuando se dieron 29 casos, hasta el año 2005, cuando se registraron 65, más del doble. En otra investigación realizada por la Red de Mujeres Contra la Violencia se identifican 269 casos de femicidio entre los años 2000 y la primera mitad del 2006. En octubre de 2007, la Procuradora Especial de la Mujer, Débora Grandison informó de 60 casos de mujeres asesinadas en lo que iba del año.

Los estudios hasta ahora realizados identifican algunas de las características de los femicidios en Nicaragua. La mayoría ocurre en el hogar. La mayoría de las víctimas son mujeres jóvenes entre 16 y 30 años, casadas o acompañadas. En muchas ocasiones, también hay otras víctimas como resultado de la violencia desatada por el hombre: madres, hermanos y hermanas, hijos e hijas. La mayoría de los criminales tiene entre 21 y 30 años y en la mayoría de los casos son parejas de la víctima, ex-parejas o familiares. Los estudios demuestran que el lugar más riesgoso para la mujer es el hogar y quienes suponen el mayor peligro para ella son sus familiares.

Es también característico que se asesine a las mujeres con violencia y saña y que en muchos casos se ejerza sobre la víctima violencia sexual. El arma más utilizada es arma blanca: machetes, cuchillos de cocina, puñales o navajas.



VÍCTIMA DE LA VIOLENCIA
CONTRA LA QUE ELLA LUCHÓ

Muchos de los femicidios que ocurren en Nicaragua quedan impunes, porque no se captura al agresor o porque cuando el caso llega a juicio se absuelve al asesino. En el caso de Cecilia no fue así. Jhonny Gutiérrez fue capturado y sentenciado a dieciocho años y ocho meses de presidio por el homicidio doloso de Cecilia y el homicidio en grado de tentativa de su hija Josefina.

En este caso se hizo justicia. Sus compañeras de lucha recuerdan así a Cecilia: Una mujer líder reconocida en su comunidad por su activa lucha por la justicia, acompañó a muchas mujeres y niñas cuando la necesitaron para denunciar a aquellos que abusan en nombre de su “hombría”. Son niñas violadas y mujeres agredidas que hoy la recuerdan como una mujer valiente y valiosa.

La amplia red de apoyo que esta lucha solidaria forjó en torno a Cecilia tuvo que ver con la justicia que actuó en su caso. La sentencia emitida por el juez contra el asesino reconoce: Era una líder de la comarca que se desempeñaba y trabajaba con organizaciones de derechos humanos, velando porque no violentaran éstos a los habitantes del lugar. Activista de organizaciones que luchan por los derechos de las mujeres para erradicar la violencia a la que se ven sometidas miles de mujeres en nuestro país y muchas de las cuales son privadas hasta de su vida. Ironía que le jugó el destino a doña Cecilia por cuanto era una activista por erradicar este tipo de violencia y ofrendó su vida en circunstancias contra las que ella luchaba.

Fue por ser “necia” y porque su “necedad” nos sirvió de ejemplo que su asesinato no quedó impune. A pesar de las muchas debilidades que el sistema demostró tener, el reclamo de muchas mujeres organizadas demandando justicia consiguieron que el femicida terminara en la cárcel.

OBSTÁCULO TRAS OBSTÁCULO

La negligencia de parte de las instituciones del Estado se inició desde el mismo momento en el que se puso la denuncia en la Policía de La Dalia. Desde que se recepcionó la denuncia hasta que la Policía comenzó a actuar buscando a Jhonny Gutiérrez en su casa -ésta es siempre la etapa más crucial para una captura inmediata- pasaron cuatro horas, porque la Policía andaba entonces investigando un caso de robo de ganado y no contaba con vehículo para llegar hasta Wasaka Arriba. ¿Será más importante el robo de una vaca que el asesinato de una mujer? Cuando la Policía llegó finalmente a la casa del asesino, un hermano les dijo que no se encontraba en la casa, y en lugar de hacer un registro exhaustivo, los uniformados no pasaron del umbral de la puerta.


Los obstáculos continuaron. Como el asesinato se cometió durante la Semana Santa hubo una gran descordinación entre la Policía, la Fiscalía y el juez. Fue difícil encontrar un fiscal que hiciera la acusación para que el juez pudiera girar la orden de captura. El Código Procesal Penal aprobado en 2004 da una gran importancia a la figura del fiscal, pero hay varios municipios del país que comparten un fiscal, lo que significa que éste no está disponible las 24 horas del día. Aunque las mujeres ya han aprendido a denunciar la violencia que padecen, a menudo no hay quién recepcione sus denuncias. Según datos de la Red de Mujeres de Matagalpa proporcionados por el Ministerio Público, en el departamento de Matagalpa hay un fiscal para cada tres municipios. En el caso de El Tuma-La Dalia el fiscal se comparte con Rancho Grande y Waslala. La falta de un fiscal o una fiscal permanente en el municipio de La Dalia fue uno de los mayores obstáculos para la captura inmediata de Jhonny Gutiérrez. A falta de fiscal, pasaron varios días antes de que se emitiera la orden de captura.

“POR LA VIDA DE LAS MUJERES,
NI UNA MUERTA MÁS”

Como los días pasaban y el ambiente era de pasividad y falta de voluntad, el movimiento de mujeres de Matagalpa, con el apoyo del movimiento de mujeres a nivel nacional, inició una campaña de denuncia y presión que alcanzó incluso dimensión internacional. Se organizaron marchas en El Tuma-La Dalia y en Matagalpa con el lema Por la vida de las mujeres, ni una muerta más. Se realizaron foros de debate en La Dalia, se hicieron pronunciamientos, se desarrolló una campaña de cartas enviadas a la jefa de la Comisaría de la Mujer y la Niñez, a la Primera Comisionada de la Policía Nacional y al Ministerio Público, se sostuvieron reuniones con la Policía y hasta apoyamos con vehículo y combustible para agilizar la captura del asesino.

La presión por parte del movimiento de mujeres fue muy grande y por eso obtuvimos resultados. En la mayoría de otros casos no se hace nada. De Cecilia aprendimos su “necedad” y actuamos. La Primera Comisionada de la Policía Nacional Aminta Granera tomó especial interés en el caso y siguió de cerca los avances de la Policía hasta capturar al criminal. También hubo apoyo institucional de parte de la Procuradora de la Mujer, Débora Grandison, quien también asistió al foro organizado por la Comisión de Género de La Dalia el 15 de mayo.

Finalmente, Jhonny Gutiérrez fue capturado el 16 de junio en El Cuá, dos meses y trece días después de haber asesinado a Cecilia e intentado asesinar a su hija Josefina. Después de tanto retraso y burocracia, la captura fue celebrada por el movimiento de mujeres y en especial todas las amigas y compañeras de Cecilia.

MEJOR REGISTRO Y TIPIFICACIÓN PENAL

El juicio de Jhonny Gutiérrez se realizó el 17 de septiembre en Matagalpa. El juez emitió sentencia declarándolo culpable y aplicándole la pena máxima por homicidio y por homicidio en grado de tentativa: dieciocho años y ocho meses en total. El juez no lo condenó por asesinato, un delito castigado con una pena más alta, sino por homicidio, ya que consideró que no se había dado el agravante de alevosía ni se había probado la premeditación. Si en Nicaragua el femicidio estuviera ya tipificado, la pena hubiera sido mucho más alta.

En este caso se hizo justicia, pero ¿qué ha pasado con tantos otros casos de femicidio? Las debilidades son muchas. La primera que habría que superar es la del registro. Hay que mejorar el registro de los casos. Actualmente, existen iniciativas para impulsar un observatorio nacional de femicidio y algunos donantes internacionales han manifestado su voluntad de apoyarlas. ¿Y el gobierno? La segunda debilidad tiene que ver con el largo plazo: educación para un cambio cultural. Los medios de comunicación aún no están a la altura del reto. Como bien señala el estudio de D’Angelo, el tratamiento amarillista que la prensa, periódicos, radio y televisión, dan a los femicidios, desvalorizando la problemática, invisibilizando a la víctima, utilizando con frecuencia un lenguaje sarcástico, refuerza las concepciones machistas sobre este tema.

Para enfrentar adecuadamente este delito, otra gran debilidad es la falta de su tipificación dentro del marco legal nicaragüense. El informe realizado por el Consejo Centroamericano de Procuradores de Derechos Humanos, con la participación de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos de Nicaragua, subraya esta necesidad. Algunos legisladores nicaragüenses han expresado su oposición a que se tipifique el femicidio, argumentando que esto atentaría contra el principio constitucional de igualdad entre hombres y mujeres. Insisten en que la tipificación del homicidio y del asesinato son suficientes. Sin embargo, los agravantes del femicidio, que ocurre en el ámbito del hogar y a manos de familiares deben ser tenidos muy en cuenta.

Los argumentos de estos legisladores reflejan su desconocimiento de la realidad social en que vivimos, donde la situación de desventajas y de desigualdades entre hombres y mujeres, y a favor de los hombres, es más que evidente. Usan el mismo argumento que se usó en Costa Rica ante la propuesta de ley que buscaba tipificar el femicidio. En el país vecino esta propuesta se llevó a una consulta de constitucionalidad, que aclaró que no había contradicciones, y la ley fue finalmente aprobada en abril de 2007. Hoy Costa Rica es el segundo país del mundo, después de España, en tener tipificado penalmente el delito de femicidio.

NECESITAMOS MÁS FISCALES

Otra de las grandes debilidades que identificamos en estos casos es la misma existencia del nuevo Código Procesal Penal que, con pretensiones modernizadoras, plantea muchos problemas cuando pasamos del “país legal” al “país real”. El CPP ha sido muy cuestionado, ya que la falta de medios y recursos para su correcta aplicación suele desembocar en graves desventajas para las víctimas en el curso de los procesos judiciales. En los casos de femicidio, las horas inmediatas al crimen son esenciales para dar con el paradero del criminal, quien generalmente huye y queda impune. Es también esencial que existan fiscales permanentes en todos los municipios. De nada vale una ley moderna escrita en papel si la figura del fiscal, crucial en el nuevo Código, no existe o no es accesible.

TODAS SOMOS “NECIAS”:
¡YA NO MÁS!

En aquellos días tristes de abril, la muerte violenta de doña Cecilia sembró el temor entre todas las mujeres organizadas, entre las líderes de muchas comunidades. “Nos sentimos como que nos quedamos descabezadas”, explican las compañeras de Cecilia en la Casa Materna. Pero el miedo fue pasando. Y muchas mujeres valientes mantuvieron y siguen manteniendo compromisos diarios con la lucha por los derechos de las mujeres. Están decididas a ser “necias”, a “molestar”. Saben que si son así esto las pone en situación de peligro, saben que puede haber más muertas. Pero puede más en ellas la convicción, la firmeza, la lucha porque no haya ni una muerta más. Saben que Cecilia sigue a la par de ellas.

El 25 de noviembre, Día Internacional de Lucha contra la Violencia hacia las Mujeres, se presentó en Matagalpa el documental “¡Ya no más!”, con guión y realización de Félix Zurita y el apoyo de la cooperación española y la Fundación Luciérnaga. Es un magnífico relato en imágenes y en base a testimonios conmovedor, por momentos estremecedor, en donde el nombre de Cecilia Torres, junto al de tantas mujeres víctimas de la violencia de género, es evocado y está presente.

Es una reflexión en imágenes sobre las tragedias que el machismo provoca en nuestro país. Y en el mundo: La violencia contra las mujeres es, según la Organización de las Naciones Unidas, la violación de derechos humanos más ocultada y más extendida en el mundo. Representa la primera causa de mortalidad y de invalidez entre las mujeres de 15 a 45 años y provoca más muertes que los accidentes de tráfico, que el cáncer o que las mismas guerras. Ésta es la dramática introducción del documental y del material didáctico para el debate y la reflexión que lo acompaña.

Cada día más mujeres, más organizaciones, más instituciones, toman conciencia en Nicaragua de esta cruel forma de violencia. Cada día se hace más urgente que sean más los hombres que entiendan su “ser hombre” de una manera distinta, que entiendan que “esto no es manera de vivir” y se dispongan a cambiar.

ORGANIZACIÓN DE MUJERES CON SEDE EN MATAGALPA. SE DEDICA A LA EDUCACIÓN Y COMUNICACIÓN POPULAR FEMINISTA PARA CONTRIBUIR AL EMPODERAMIENTO DE LAS MUJERES
Y AL FORTALECIMIENTO DEL MOVIMIENTO DE MUJERES.

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