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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 180 | Marzo 1997

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Internacional

Los muertos en el sótano del Occidente

El sistema que domina hoy el mundo proclama victorios: Dios ha muerto, Marx ha muerto, murió la teología de la liberación. La sobrevivencia de la humanidad depende de que resistamos para que no sea así.

Franz J. Hinkelammert

Hablar hoy de alternativas al sistema neoliberal vigente, no se puede limitar a discusiones técnicas sobre políticas alternativas. En el fondo, las alternativas son bastante claras. El sistema vigente resulta mortal. Destruye a los seres humanos y a la naturaleza externa al ser humano a escalas cada vez mayores. Si la humanidad quiere sobrevivir, tiene que cambiar. Sabemos también en qué dirección tienen que ir los cambios.

Necesitamos nuevos esquemas de actuación internacional: un nuevo orden de mercados, un nuevo orden financiero, un nuevo orden ecológico. Pero igualmente necesitamos nuevas actuaciones a niveles regionales y nacionales. Hace falta una planificación del desarrollo a partir de las condiciones humanas y naturales, lo que implica un cuestionamiento del carácter del desarrollo. No se puede seguir entregando ciegamente la planificación y ejecución del crecimiento económico a las corporaciones multinacionales, que actúan como Estados sin ciudadanos y que enfocan el desarrollo exclusivamente a partir de las ganancias que pueden sacar. Sustituir esta planificación que realizan las corporaciones por planificaciones internacionales, regionales y nacionales orientadas por el lugar que pueden ocupar los seres humanos y la naturaleza en general, es una tarea urgente y obvia.

Una metafísica de la inhumanidad

Hoy esto resulta una tarea imposible en los términos de cualquier acción política. Un político que tomara en serio estas tareas obvias desaparecería del mapa. Hasta el intento de proponer o realizar alternativas es destruido. Por eso, para hablar hoy de alternativas, es necesario hablar del poder en nombre del cual se hacen imposibles todos los intentos de un pensamiento o acción alternativos.

Podemos nombrar estos poderes: los países del llamado G 7 (Estados Unidos, Japón, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia, Canadá), el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, y el conjunto de las corporaciones de capital. Estos poderes pueden ejercer tanto poder solamente porque pueden sostener de alguna manera su legitimidad. Las raíces de esta pretendida legitimidad, se sostienen hoy en día en una metafísica de la inhumanidad que domina nuestra opinión pública o más bien, nuestra opinión publicada y nuestros medios de comunicación, y que cunde muchas veces en las propias multitudes populares.

Este sistema actúa con una metafísica y una mística propias, derivadas de su principio de racionalidad, basado en lo que llaman eficiencia y competitividad. Por esta razón, los análisis económicos y sociales son del todo insuficientes. Todo lo que se presenta con un pragmatismo aparente, tiene su raíz en una metafísica profunda.

Quiero hacer un análisis de esta metafísica del sistema, metafísica que nos domina. Quiero mostrar esta metafísica a partir de algunas tesis que el sistema nos transmite todos los días, y que revelan esta metafísica subyacente. Son tesis sobre los muertos que yacen en el sótano del Occidente.

Dios ha muerto

El primer muerto que se anuncia es el mismo Dios. Por lo menos desde que Nietzsche lo anunció, se proclama:Dios ha muerto. Pero la consigna Dios ha muerto no se propaga porque Nietzsche lo haya dicho. Es al contrario. Cuando Nietzsche lo dice, esta afirmación convence porque partes importantes de la burguesía empiezan a experimentar esta muerte de Dios. Lo que Nietzsche dice es la confirmación de una experiencia y su expresión. Para introducirnos en esta experiencia, el más famoso de los textos de Nietzsche es el que aparece en "La gaya ciencia" bajo el título: "El hombre loco":

¿Dónde está Dios? Os lo voy a decir. Le hemos muerto; vosotros y yo, todos nosotros somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo?... ¿No oís el rumor de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No percibimos aún nada de la descomposición divina?... Los dioses también se descomponen... ¿Tendremos que convertirnos en dioses o al menos parecer dignos de los dioses? Jamás hubo acción más grandiosa, y los que nazcan después de nosotros pertenecerán, a causa de ella, a una historia más elevada que lo fue nunca historia alguna... Añádase que el loco penetró el mismo día en varias iglesias y entonó su Réquiem aeternam Deo. Expulsado y preguntado por qué lo hacía, contestaba siempre lo mismo: ¿De qué sirven estas iglesias, si no son los sepulcros y los monumentos de Dios?

La clave está en la insistencia de Nietzsche en que "nosotros" hemos asesinado a Dios, y que este asesinato es la "acción más grandiosa" de toda la historia humana. Se trata de una victoria. Esta grandiosidad del asesinato de Dios no es de ninguna manera una tesis atea. Nietzsche no dice que Dios no existe. Este tipo de metafísica le es extraña. Es un determinado Dios el que ha muerto:

Efectivamente, nosotros los filósofos, los espíritus libres, ante la nueva de que el Dios antiguo ha muerto, nos sentimos iluminados por una nueva aurora; nuestro corazón se desborda de gratitud, de asombro, de expectación y curiosidad, el horizonte nos parece libre otra vez, aun suponiendo que no aparezca claro; nuestras naves pueden darse de nuevo a la vela y bogar hacia el peligro: vuelven a ser lícitos todos los azares del que busca el conocimiento; el mar, nuestra alta mar, se abre de nuevo a nosotros y, tal vez, no tuvimos jamás un mar tan ancho.

En "El Anticristo" Nietzsche lamenta el hecho de que en tanto tiempo no hayan aparecido nuevos dioses: No han vuelto a crear dioses. ¡Casi dos mil años, y ni siquiera un Dios nuevo! ¡Por desgracia subsiste, como un ultimátum y un máximum de la fuerza creadora de lo divino, del creator spiritus en el hombre, ese lastimoso Dios del monoteísmo cristiano!

Y nos comunica al Dios alternativo a este Dios cristiano de tradición judía: Un pueblo que conserva la fe en sí mismo tiene también un Dios que le pertenece. En ese Dios admira y adora las condiciones que le han hecho triunfar, sus virtudes; proyecta la sensación del placer que se causa a sí mismo y el sentimiento de su poder, en un ser al que puede dar gracias por ellos. El rico quiere aparecer como dadivoso;un pueblo altivo necesita un Dios ante quien sacrificar... En estas circunstancias, la religión es una forma de la gratitud. El hombre está agradecido consigo mismo y por eso necesita un Dios... Esta alternativa es común a todos los dioses: o son la voluntad de dominio y entonces son los dioses de un pueblo, o son la total impotencia y entonces se vuelven buenos a la fuerza.

El "nosotros" al cual se refiere Nietzsche cuando afirma "todos nosotros somos sus asesinos", no tiene ningún sentido universalista. Se refiere a "nosotros los filósofos, los espíritus libres". Es decir, a todos aquellos que decidieron efectuar este asesinato de Dios. Los otros, que insisten en no asesinarlo, son los enemigos excluidos de este "nosotros". Son los "malparados" y son los sacerdotes y ascetas que actúan en nombre de los malparados. De ellos sostiene Nietzche que no hacen más que mantener la sombra de un Dios que ya ha sido muerto. Por tanto, los "nosotros" de Nietzche, efectivamente han asesinado a Dios.

El asesinato de Dios, como la acción más grandiosa de toda la historia humana, contiene una notable inversión y una llamativa agresividad. Nietzsche quiere que sean creados dioses. Pero tienen que ser dioses del poder y de la victoria, frente a los cuales los poderosos expresan su gratitud por haber ganado y ante los cuales sacrifican. El Dios muerto por asesinato, en cambio, es el Dios de los débiles y de las víctimas. Este es el Dios muerto por la acción más grandiosa de la historia humana.

Se trata evidentemente de una inversión en la línea de la denuncia de la idolatría que encontramos en la tradición judeocristiana. En ella, Dios es el Dios de los pobres, de las víctimas, de las viudas y de los huérfanos, que se revela en la justicia. En Nietzsche esto está invertido: Dios es el Dios del poderoso, que se desentiende de los débiles. Podría decir, aunque no lo diga, que el Dios de los débiles es el ídolo. Lo que en la tradición judeocristiana es el ídolo, en la mira de Nietzsche es Dios y viceversa.

Para el Dios del poder, el Dios de los pobres es un ídolo. De este Dios de los pobres dice Nietzsche que fue asesi nado y que está muerto.

Aunque este Dios esté muerto, para Nietzsche persiste un problema:"¿No percibimos aún nada de la descomposición divina?... Los dioses también se descomponen". Dios está muerto, y los sepultureros andan por allí. Sin embargo no está todavía en la tumba. Se descompone y huele mal.

En otro contexto, Nietzsche vuelve al problema: Después de la muerte de Buda se enseñó durante siglos su sombra en una caverna. Dios ha muerto, pero los hombres son de tal condición que durante miles de años habrá tal vez cavernas donde se enseñe su sombra.

Eso pasa con Dios. Está muerto, pero su sombra sigue allí. Como descomposición, que huele mal, y como sombra del muerto, que sigue allí, Nietzsche se sigue enfrentando a este Dios, aunque haya muerto. Estar muerto no es suficiente.Tiene que desaparecer también su cadáver y su sombra, tienen que desaparecer las cavernas donde se enseña su sombra. Es aquí donde aparece la agresividad de estas consideraciones. Porque hay culpables de que el Dios muerto no haya desaparecido.

Esto es especialmente notable a partir de la reivindicación del asesinato de Dios por "nosotros". Nietzsche sabe lo que dice. El se refiere a tradición del antisemitismo cristiano, en la cual se había perseguido a los judíos como asesinos de Dios. En forma secularizada, esta tradición sigue presente en el antisemitismo secular de la sociedad liberal capitalista de su tiempo, en la que aparece como resultado de un anti semitismo populista y de aparente anticapitalismo. Nietzsche rompe ahora con esta tradición: "Le hemos muerto; vosotros y yo, todos nosotros somos sus asesinos". Esto significa: no fueron los judíos los que cometieron esta acción, la más grandiosa de la historia humana. Fuimos nosotros. Este "nosotros" de Nietzsche puede incluir también a los judíos, pero a condición de que se conviertan, convirtiendo a su Dios Yahvé en un Dios de los victoriosos.

Aparece aquí un nuevo culpable, muy diferente del asesino. Se trata del culpable del hecho de que este Dios, que según Nietzche está muerto, no haya desaparecido. Huele mal por su descomposición o sigue como sombra. Estos nuevos culpables son todos aquellos que no aceptan ser asesinos de Dios y se resisten a la acción más grandiosa de la historia humana, que es el asesinato de Dios.

Es evidente que estos culpables son los judíos, en cuanto siguen siendo judíos. Aparece un nuevo antisemitismo, el que se presenta en Alemania con el nazismo. No se persigue ya a los asesinos de Dios, sino a los que in sisten en que ese Dios sigue estando vivo. Aparentemente, el antisemitismo ha cambiado de frente.

El Dios de los pobres es un ídolo

Para captar este enfoque, hay que recordar que para Nietzsche el problema no es de teísmo versus ateísmo, sino de Dios versus ídolo. Pero para Nietzsche el ídolo es el Dios de los pobres y el de las víctimas, y Dios es el Dios que afirma el poder del victorioso. Para él, el ídolo es el Dios del universalismo humano, el que no excluye a nadie, el que por eso opta por el excluido. Así, Nietzsche tiene un criterio de fe que es una muy burda y simple inversión del criterio de fe cristiano. Donde el cristiano opta por el excluido, por el pobre y por la víctima, hay según Nietzsche fe idolátrica, independientemente de que uno sea ateo o crea en Dios.

Por eso, para Nietzsche el ateísmo humanista el que aparece con el pensamiento de Marx pertenece a la misma estirpe de la tradición judeocristiana. Según Nietzsche, ese ateísmo no es más que una de las muchas huellas de esa tradición. Esto también explica el hecho de que Nietzsche no se preocupe de una discusión del anarquismo ni del socialismo. Los conoce muy superficialmente y no da ninguna importancia a conocerlos. De Marx no sabe casi nada. Todo el marxismo lo ve como resultado de la tradición judeocristiana.

En la figura de Pablo, de san Pablo, Nietzsche se enfrenta a lo que en su opinión es la idolatría por excelencia, Para Nietzsche, toda la historia del Occidente gira alrededor de san Pablo y de su prédica del Dios que se revela en los débiles, del Jesús crucificado y resurgido como esperanza de aquellos que son arrollados por el poder.

Nietzsche ve dos grandes polos en la historia humana. Por un lado, Pablo. Lo considera el fundador del cristianismo, el que se aprovechó de la figura de Jesús. De acuerdo con Nietzsche, Pablo hizo la primera revaluación de todos los valores y puso en el lugar del poder, como representante de Dios, al despreciado, en el cual Dios está presente. El segundo polo de la historia para Nietzsche es él mismo, que promete revaluar la revaluación de los valores realizada por Pablo, para favorecer al Dios que se revela en el poder. Esta es su verdadera alternativa.

Cuando Nietzsche escribe un libro con el título "El Anticristo", hay que entenderlo como un "Anti Pablo". Pablo es para Nietzsche la suma de lo judío, y a la vez la suma de todo universalismo ético del ser humano concreto, incluyendo al propio socialismo y al marxismo. Todo eso es el Dios que está muerto por un asesinato que es la acción más grandiosa de la historia humana. No obstante, todo eso es también el enemigo que hace que el Dios muerto no haya desaparecido aún, que siga allí como cadáver en descomposición y con mal olor, o como los restos y sombras de un muerto que todavía no se apagan.

Marx ha muerto

Para que desaparezca el Dios muerto, tienen que morir aquellos que impiden su desaparición definitiva. Sólo desde la lógica de Nietzsche se puede entender que esto desemboque en el grito: Marx ha muerto. La formulación no viene de Nietzsche. Pero él ha expresado una lógica del sistema, y no una simple filosofía en el aire. De esta lógica se desprende que Marx ha muerto. Si Dios ha muerto, si ha muerto el Dios del universalismo humano, entonces se sigue la exigencia de que Marx haya muerto. Dios ha muerto, si todo universalismo humano ha muerto.

Sin embargo, el pensamiento del humanismo concreto más acabado de la modernidad es el de Marx, además de ser el pensamiento fundante de un pensamiento con alternativas a la sociedad burguesa. Siguiendo la lógica de Nietzsche: si Marx no ha muerto, tampoco Dios, porque Dios, aunque haya muerto, no puede desaparecer. Lo que al burgués le huele tan mal en Marx es lo que percibe co mo el olor de descomposición del cadáver de ese Dios que todavía no ha sido sepultado.

Esta tesis aparece por primera vez muy poco tiempo después de la publicación del tercer tomo de "El Capital" de Marx cuando. Bohm Bawerk escribe en 1896 su famoso artículo: "La conclusión del sistema Marx". La palabra conclusión tiene un doble significado. Por un lado, el sentido de complementación. Con el tercer tomo, la obra de Marx estaba completada. Pero había un segundo significado: se acabó Marx. Y esto viene a significar: Marx ha muerto.

La historia de este artículo es curiosa. Hoy se conoce a Bohm Bawerk por este artículo. La teoría del capital que él elaboró, apenas se menciona en los libros sobre la historia de las doctrinas económicas. Ni los neoclásicos más recalcitrantes le dan hoy la más mínima importancia para la teoría económica. Por eso este autor no se publica y es muy difícil acceder a sus obras. Nadie las ha criticado, han sido olvidadas. La única excepción es este artículo sobre la muerte de Marx.

En castellano fue publicado la última vez en 1974. Algo parecido ocurre en otros idiomas. Bohm Bawerk debe así su vida a su tesis sobre la muerte de Marx. Y como esta muerte aún no se ha consumado, esto le permite seguir viviendo. No obstante, nadie declaró la muerte de Bohm Bawerk. Murió tranquilo y desapareció, pero sin que nadie lanzara gritos de triunfo. Tuvo la suerte que tienen todos los humanos.

Sin embargo, se siguió anunciando la muerte de Marx. Al comenzar este siglo, fue Benedetto Croce el que la anunció expresamente y habló de la "muerte de Marx". Existe toda una historia, que llega hasta hoy, en la que se anuncia esta muerte. Marx tiene por eso un papel único. De ningún pensador importante de la modernidad se ha insistido con tanta continuidad en su muerte. Nadie anunció la muerte de Adam Smith, nadie la de David Ricardo. No se declaró la muerte ni de Kant ni de Hegel. Tampoco la de Nietzsche. Sin embargo, como toda generación de toda sociedad humana escribe de nuevo la historia, toda generación de la sociedad burguesa vuelve a descubrir la muerte de Marx.

Hoy, cuando la sociedad burguesa pretende consumar la muerte de Dios en el sentido de Nietzsche, para descubrir un nuevo Dios que afirma el poder de los victoriosos, la insistencia en la muerte de Marx es extendida: muerte de la utopía, muerte de la ideología, muerte de la teoría de la dependencia. Se trata de la declaración de la muerte del universalismo ético, la muerte del derecho de todos a ser reconocidos como participantes de una vida humana que es de todos. Eso es la muerte de Dios, proclamada por Nietzsche y esa muerte implica la exigencia de que muera todo enfoque crítico del sistema que nos domina. Y enfoque crítico significa enfoque desde el punto de vista del débil, del pobre, de la víctima.

La teología de la liberación ha muerto

Cuando el actual arzobispo de San Salvador, Fernando Sáenz Lacalle, asumió el arzobispado, declaró que la teología de la liberación en El Salvador había muerto. Cuando en 1996 el Papa Juan Pablo II visitó por segunda vez Centroamérica declaró también, en Guatemala, que la teología de la liberación había muerto.

Ninguno de los dos aclaró el hecho: lo que había muerto no era la teología de liberación, pero sí habían sido asesinados la casi totalidad de los teólogos de la teología de la liberación de la Universidad Centroamericana de San Salvador. Habían sido asesinados en 1989 por los legítimos órganos armados del democrático Estado de Derecho de El Salvador. El actual arzobispo de San Salvador ejercía en ese tiempo la función de máximo capellán castrense de las Fuerzas Armadas salvadoreñas, con grado de coronel.
La liquidación del centro de teología de la liberación se llevó a cabo en una acción “Noche y Niebla”, al mejor estilo de los regímenes totalitarios europeos de los años 30. Cuando el Papa llegó a San Salvador, se negó a visitar las tumbas de los teólogos jesuitas masacrados.

La fe y la idolatría

Si la teología de la liberación tiene algo en común con Nietzsche, es la consideración de que el problema del cristianismo no es de teísmo/ateísmo, sino de fe/idolatría. La perspectiva de esta visión común es, sin embargo, contraria. Lo que en la visión de Nietzsche es la idolatría, en la de la teología de la liberación es la fe. Pero en los dos casos, el criterio fe/idolatría es la referencia al humanismo ético.
Lo que en Nietzsche atestigua idolatría, en la teología de la liberación atestigua fe. En Nietzsche, la fe es la condenación de la víctima, en la teología de la liberación la víctima es el lugar de la revelación de Dios. En la teología de la liberación la esperanza se ancla en el Dios resucitado, en Nietzsche se ancla en la muerte de Dios. La muerte de Dios, el asesinato de Dios, Nietzsche los presenta como la resurrección del hombre:

¡Ante Dios! !Pero este Dios ha muerto! Mas ante la plebe no queremos ser iguales. ¡Hombres superiores, no vayáis a la plaza!

¡Ante Dios! ¡Pero este Dios ha muerto! Hombres superiores, este Dios fue vuestro mayor peligro.

Al bajar él a la tumba, vosotros habéis resucitado. ¡Sólo ahora llegará el Gran Mediodía! ¡Sólo ahora el hombre superior llegará a ser amo!... Sólo ahora está de parto la montaña del porvenir humano. Dios ha muerto, viva el superhombre. Tal es nuestra voluntad.

En la teología de la liberación, el reconocimiento del otro es su integración como sujeto en las relaciones sociales. En Nietzsche, es su reconocimiento como enemigo a destruir y amar al enemigo es asumirlo en amistad para destruirlo: La espiritualización de la sensualidad se llama amor: es un gran triunfo sobre el cristianismo. La enemistad es otro triunfo de nuestra espiritualización. Consiste en comprender profundamente lo que se gana con tener enemigos... Cuando se renuncia a la guerra se renuncia a la vida grande.

Nietzsche se entiende como la antípoda del cristianismo, y por esta razón su pensamiento desarrolla puras negaciones del cristianismo. En vez de un más allá del bien y del mal, que Nietzsche promete, invierte simplemente el bien y el mal. Lo que en el cristianismo, a partir de Pablo, es el bien, Nietzsche lo denuncia como el mal.

Esto genera una gran incomodidad para las iglesias cristianas. Lo que Nietzssche expresa es, en efecto, la lógica de un sistema social, no simplemente una "filosofía". Así, más que Marx, Nietzche hace estallar las posiciones cómodas de las iglesias cristianas, su "gracia barata", como la llama Bonhoeffer. Nietzsche hace presente la misma incompatibilidad entre cristianismo y capitalismo que sostiene la teología de la liberación. De ahí su grito por un Dios nuevo.

El Dios de los victoriosos

Para acomodarse de nuevo, hay que inscribirse con el nuevo Dios que Nietzsche ofrece. Es el Dios que se revela en el poder, en la victoria sobre las poblaciones, en la producción de víctimas. El ser elegido por este Dios se revela en la capacidad de derrotar al otro. Es el Dios cuya bendición está en el aumento de los ingresos, es el Dios que el fundamentalismo que nos viene de Estados Unidos nos hace presente tan admirablemente. Es el Dios que se revela en la victoria, victoria de los ejércitos y victoria en la competencia.

Blüm, el ministro de asuntos sociales de la República Federal de Alemania, viajó en 1987 a Polonia con un grito de batalla: Marx ha muerto, Jesús vive. Después de la caída del muro de Berlín, Blüm viajó a la Alemania ex socialista y por tratarse de un país secularizado, no repitió lo que había dicho en Polonia. Dijo: Marx ha muerto, Ludwig Erhardt vive. Erhardt fue el ministro de economía de la postguerra en Alemania, con quien se vinculaba la fraseología de la "economía social de mercado". Erhardt también hizo milagros: el "milagro económico" de la Alemania de la postguerra.

Hoy Blüm no repite tampoco esa consigna, por eso se calla. Tendría que decir: Marx ha muerto, el mercado salvaje vive. Erhardt está hoy considerado como un populista, un mercantilista sospechoso de ser de izquierda, e inclusive socialista. Hoy tampoco se habla en Alemania de Erhardt ni de su economía social de mercado. Ahora se habla de la economía libre de mercado, que es otro nombre para llamar al mercado salvaje que hoy está vigente.

Nietzsche no es un pensador de la lucha de clases, sino de la aniquilación de los perdedores. Es un pensador de la exclusión, que habla sobre un sistema del que se da cuenta es un sistema de exclusión. Cuanto más avanzaba esta ideología legitimadora de la exclusión, más se formulaba la teología de la liberación como pensamiento de una sociedad de inclusión, de una sociedad en la que quepan todos, incluida la Naturaleza en apariencia externa al ser humano. Por eso, la teología de la liberación no habla de una sociedad sin clases, sino de una sociedad sin exclusión.

Se da una extraña comunidad entre los muertos que el Occidente declaró muertos. Lo que los une, en verdad, es una sola muerte: la muerte del ser humano, de la humanidad misma. Muy bien lo resume el anuncio de un comentarista hoy muy publicitado en los medios de comunicación de América Latina, Carlos Alberto Montaner:

El capitalismo exitoso no es sólo un modo de producir bienes y servicios, sino una sicología peculiar, ciertos valores, una manera especial de entender la vida. En los países en los que el sistema ha triunfado no se envidia a quienes honradamente han conseguido enriquecerse, sino se les admira y se les emula. Se les pone en las portadas de las revistas. Nadie o casi nadie ve con horror que desde la terraza de un winner (ganador), en un rascacielos de millonarios neoyorquinos, pueda verse la vivienda miserable de un looser (perdedor) de Harlem, porque la igualdad no es una meta en las sociedades capitalistas.

La hora del exterminio

Cuando Dios ha muerto, ha muerto todo análisis crítico y todo reclamo en nombre de la justicia de Dios. Esta es la utopía anti utópica que hoy fascina a nuestra opinión pública y a la ideología del imperio. Pero se trata de una utopía, porque esto no es así. Quieren que así sea y pintan nuestra realidad de tal manera como si fuera así, como si casi ya fuera así. Pero, si efectivamente fuera así, estaríamos en los últimos días de la humanidad.

El mismo Montaner sabe que no es así. Quiere imponer esta utopía anti utópica y ayudar a imponerla. Imponerla para siempre y de una vez por todas. En 1990 afirmaba: En algunas naciones de América Latina Perú, Colombia, quizá El Salvador la lucha contra el fundamentalismo comunista probablemente va a ser mucho mas san grienta que lo que ha sido hasta ahora. Esa guerrilla fanatizada y rabiosa va a pasar de los asesinatos selectivos a las masacres indiscriminadas, provocando en la sociedad una respuesta tan enérgica y brutal como las agresiones que le inflingen... Tanto en Perú como en Colombia se va abriendo paso la propuesta de autorizar juicios militares, constituidos por tribunales secretos, autorizados para juzgar y condenar sumariamente a los acusados de subversión... Es como si instintiva y fatalmente todos comenzaran a admirar que ha llegado la hora final del exterminio.

La utopía de Montaner tiene que imponerse, pero todavía no se impuso. Por tanto él anuncia que "ha llegado la hora final del exterminio". Los winners anuncian "la hora final del exterminio" para aquellos loosers que no se someten a las exigencias de su utopía nefasta del fin de la historia: Dios ha muerto, y un nuevo Dios ha surgido, el Dios de los winners. Montaner dice bien claro, cuál es la alternativa para la oposición y para la disidencia: o se convierten a lo que él llama liberalismo o les toca "la hora final del exterminio". En este siglo XX, ya fue anunciada una vez “la hora final del exterminio” y después, todo Occidente juró: ¡Nunca más! Ahora se anuncia una nueva "hora final del exterminio".

Disidentes = idiotas

Si uno valora el mundo como lo hace Montaner, no sorprende que no se descubra en la disidencia nada más que a "perfectos idiotas". Por esto pudo aparecer en América Latina un libro, del cual Montaner es coautor, con el título: "Manual del perfecto idiota latinoamericano".

Sistemas como el actual no pueden percibir fuera de sí nada que tenga alguna razón, sea ésta cual sea. Hitler consideraba a todos sus opositores "idiotas o traidores". En una visión así no existe ninguna razón posible fuera del sistema. Precisamente por esto se trata de la muerte del ser humano, que tiene que morir al morir Dios, el Dios de las víctimas, cuya muerte anunció Nietzsche.

El sistema y Montaner también ve puras idioteces en las resistencias que se le oponen. Montaner habla de la "idiota teoría de la dependencia", que para él es una "barbaridad". ¿Por qué una teoría que Montaner considera falsa es idiota? Habla también del "loco recetario marxista", entendiendo por recetario marxista cualquier alternativa que a alguien se le pueda ocurrir. ¿Por qué es loco? ¿Qué pasa con alguien que descubre en las diferencias exclusivamente idioteces, locuras y ninguna razón?

Locura y sabiduría

Hace falta reflexionar sobre el juego de locuras que reflejan posiciones como éstas. Tienen una tradición muy larga, que acompaña toda la historia del Occidente desde la aparición del cristianismo. En la primera carta de San Pablo a los Corintios, aparece por primera vez. Pablo dice allí: Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los griegos. Mas, para los llamados, lo mismo judíos y griegos, un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la locura divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina más fuerte que la fuerza de los hombres. Y añade: "pues la sabiduría de este mundo es locura a los ojos de Dios".

Así aparece el juego de las locuras. La sabiduría de Dios es locura a los ojos de la sabiduría de este mundo, y la sabiduría de este mundo es locura a los ojos de Dios. Es locura para el mundo, porque ha escogido Dios más bien lo necio del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte.

Es el evangelio del débil, de la víctima, del pobre, que es, eso sí lo es, sabiduría de Dios: Hablamos no de sabiduría de este mundo ni de los príncipes de este mundo, abocados a la ruina; sino que hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, desconocida de todos los príncipes de este mundo, pues de haberla conocido no hubieran crucificado al Señor de la Gloria. Predicar eso es la vocación de Pablo. No es bautizar sino hacer presente al Dios de las víctimas, que se identificó en la crucifixión con ellas y les promete su salvación: "Porque no me envió a bautizar, sino a predicar el mensaje de salvación".

Estos pasajes de Pablo le provocaron ira a Nietzsche. En ninguna otra parte Pablo confiesa de forma tan abierta su fe en un Dios de los despreciados, los débiles, los pobres y las víctimas. Nada pudo provocar tanto la reacción de Nietzsche y su grito:¡Dios ha muerto! Y también nada pudo alimentar tanto su sueño de la vuelta de los dioses del poder, de los victoriosos, de aquellos que han ganado en la lucha por el poder.

Pablo sabe y predica que la sabiduría de los poderosos es la verdadera locura. Esto se inscribe en una tradición muy anterior. El profeta Jeremías, durante el sitio de Jerusalén, sin ninguna esperanza de escapar y cuando toda racionalidad del mercado se había venido abajo, comete la locura de comprar un terreno y pagar el precio que siempre había valido. Era la locura de la sabiduría de Dios. Posteriormente, pertenece también a esta tradición el libro de Erasmo de Rotterdam "Elogio de la locura". Y la respuesta de Lutero cuando le preguntaron lo que él haría en el caso de saber que mañana se acaba el mundo. Lutero dio la respuesta de Jeremías: "Yo plantaría un manzanito".

Resistir, responder, esperar

Se necesita resistencia para ser capaz de responder al sistema actual, que es justamente la locura de la racionalidad. De esa locura de la racionalidad hay que pasar a la racionalidad de la locura. Porque la propia sobrevivencia de la humanidad depende de esta capacidad de hacer lo que la racionalidad del sistema no puede sino percibir como locura.

El problema no es tanto cuáles serán las alternativas. Eso está a la vista y lo que se necesita es su elaboración en el caso de poder implementarlas. El problema de fondo es otro: es la legitimidad del sistema vigente. El poder no deriva únicamente de los cañones. Descansa en la legitimidad que se concede al uso de los cañones. Los cañones que el sistema dispara hablan de una metafísica profunda de la inhumanidad. No nos podremos defender de los cañones si no contestamos a esta metafísica de la destrucción y la muerte.

En el mundo actual, que se entrega a la locura de la racionalidad, se trata de ayudar a hacer presente la resistencia por la vida como único medio de superar la locura de la racionalidad, para integrarla en una vida humana digna en una sociedad en la cual todos quepan. Nuestro lugar no son las cavernas en las que se sigue mostrando la sombra de Dios muerto. Dios, el Dios de las víctimas, no murió. Tampoco murió el análisis social crítico desde el punto de vista del débil, del pobre y de la víctima, que con razón se vincula tantas veces con el nombre de Marx. Y por eso, tampoco murió la teología de la liberación. Además, es más necesaria que nunca.Y por eso retornarán las alternativas.

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