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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 272 | Noviembre 2004

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México

Los colores de Chiapas

Éste es el relato de un viaje por el sureste mexicano. Sólo aspira a ser una pincelada de esa compleja realidad que vive Chiapas. Era mía la historia. Ahora es de ustedes.

Gloria María Carrión Fonseca

Desde que en 1994 los zapatistas irrumpieron en el escenario político mundial había seguido muy de cerca sus propuestas, comunicados y proyectos. Ahora iba a tener la oportunidad de conocer más de cerca sobre ese caudal que lentamente va socavando los cimientos de siglos de silencio.

VERDE SELVA Y AMARILLO MAÍZ

Un verde selva y un amarillo tenue dibujaban imponentes maizales en las ventanas del microbus. Las risas del conductor que tarareaba la última canción de moda se perdían en la marcha estridente del motor. Iba rumbo al norte, a tierras mexicanas atravesando el Petén guatemalteco.

La oficina fronteriza de Guatemala era una casa desvencijada, casi caída, donde antes, en un mural, se había posado un quetzal, ave sagrada de los mayas. Después de un simbólico intercambio de palabras, el oficial de migración me dedicó una sonrisa y un “tenga usted un buen viaje”.

Al pie de un barranco, fangoso y empinado, estaba el río Usumacinta. Imaginariamente divide a los dos países. Ahí estaban las lanchas que esperan viajeros. Me senté en una muy colorida junto a varios turistas europeos, norteamericanos, israelitas y venezolanos. La lancha empezó su travesía y con ella las copas de los árboles cubrieron el cielo. La mañana sabía a olvido y al profundo silencio que emanaba del río. Era solemne adentrarse en la naturaleza de esa manera.

“Ya llegamos, llegamos a México”, dijo como en un susurro el joven que manejaba la lancha. Sin más, tomé mi mochila y me encaminé barranco arriba. A lo lejos, nos saludaban el blanco, verde y rojo y el águila con la serpiente en el nopal. Lo único nuevo del otro lado del río era la oficina de migración, de paredes más firmes y colores pasteles. El trámite duró un segundo. Después tomé un asiento de “la combi” que me llevaría al corazón de Chiapas.

EL COLOR DE LOS MILITARES

Mi vecino de trayecto era el mismo conductor de la combi, Don Luis, chiapaneco de nacimiento y chofer de vocación. “¿Sabe?, toda mi vida desde chiquito había soñado con manejar camiones y, pos, he ido hasta por el norte de México, a Tijuana, a Chihuahua. Ya hice mi sueño, ahora estoy satisfecho”. Sin darme cuenta, el poblado fronterizo era ya parte del recuerdo y ahora el aire empezaba a impregnarse del bochorno de la Selva Lacandona.

Don Luis, hermanado con el timón continuaba: “Un amigo mío cruzó la frontera, se fue al norte y le fue bien. Trabajó primero en una fábrica, pero después empezó a hacer dinero. Se casó con una gringa, la hija del patrón, y ahora él maneja el negocio. Aquí volvió y se compró tierras, tiene una finca. Siempre me dice que me vaya, que él me ayuda allá.” ¿Y por qué no se va, Don Luis? ¿Nunca lo ha pensado? “Si ganas no me hacen falta, viera, porque uno busca siempre lo mejor, el sueño americano. Pero después lo pienso y, pos, aquí no gano mal y estoy con mi familia, mis amigos, mi comida y bien que mal, estamos juntos.”

Don Luis empieza a bajar la velocidad anticipando algo que yo aún no he visto pero que ya he escuchado: los retenes militares esparcidos por todo Chiapas. Pienso en lo que ese uniforme evoca en la historia del continente y siento un escalofrío. Los militares, muy jóvenes casi adolescentes, revisan la combi y los pasaportes. Pasada una hora la dejan pasar. “Los Tigres del Norte” empiezan a sonar por los altavoces limando así el encuentro surrealista con las autoridades mexicanas. Don Luis, en voz baja, me comenta: “Hay muchos militares aquí, porque es zona de conflicto. ¿Conoce a los zapatistas? Con ellos ha habido enfrentamiento...”

Con un ademán del brazo Don Luis da por terminada la plática. Intuyo que ése no es un tema del que se habla abiertamente.

EL VERDE MONTAÑA EN UNA CIUDAD MÁGICA

Al llegar a Palenque, después de seis horas y varios retenes más, Don Luis me dedica una sonrisa y solemnemente se despide: ”Hasta aquí llega mi servicio. Vaya con cuidado y espero que le guste Chiapas y México”. Le agradezco por el trayecto y sobre todo por la plática.

Busco el centro y me detengo ante la primera compañía de buses locales que pueda llevarme a San Cristóbal de las Casas, llamada así por Fray Bartolomé de las Casas, defensor de los derechos humanos de los indígenas aquí y en varios otros lugares, también en Nicargua, durante la Colonia española. Irónicamente, la compañía de buses
que encuentro lleva el nombre de Cristóbal Colón. Así, a bordo de Colón, en pleno siglo XXI y con otros intereses,
me adentro en la sierra chiapaneca. El camino se llena de noche y de curvas. Vamos hacia arriba, subiendo, subiendo. Es lo único que recuerdo.

La ciudad apenas despertaba cuando la vi a través de la ventana. La cubría un manto de niebla que la lluvia había olvidado durante la madrugada, pero eso no impidió mi camino por Insurgentes hacia la plaza central. San Cristóbal es una ciudad mágica, de techos coloniales, aceras angostas y calles empedradas. Está custodiada por verdes montañas que cautivan el ojo que las mira.

En la plaza, una tarima vestida con una manta de Emiliano Zapata y el Subcomandante Marcos. Una bandera negra con estrella roja en el centro ondulaba en un costado. De pronto, de plásticos negros esparcidos en el piso de
la plaza comenzaron a surgir jóvenes, cada vez más y más, mientras aclaraba el día.

Me acerqué. Un joven, uno de los líderes, me pasó una hoja. “Es una explicación de por qué estamos aquí,
en este plantón.” Comienzo a leer, pero me interrumpe: “La verdad es que desde el pasado 7 de junio estamos en este plantón frente al palacio municipal porque las autoridades no quieren escuchar nuestras demandas. El gobierno quiere subir los precios de las inscripciones y no contrata nuevos profesores de planta para asegurar la calidad de la educación. Nuestra Normal Indígena Bilingüe ni siquiera cuenta con un lugar propio y por eso hemos estado rentando espacios en una escuela de aquí, pero ya no podemos seguir así. Aquí todos somos hijos de campesinos indígenas pobres. Nuestra Normal es la única que forma docentes bilingües que después enseñan en las comunidades indígenas. ¿Será por eso que el gobierno nos discrimina?”

EL ROJO DE UNA ESTRELLA

La pregunta del muchacho pende en el aire. Ninguno se atreve a responderla, al menos no externamente. Después de intercambiar algunas ideas, pregunta con ojos curiosos: “¿No eres de aquí, verdad? Se nota. Puedo ver también que andas interesada en conocer otras cosas...” Con un guiño del ojo apunta hacia la tarima. Yo, con una sonrisa, miro la estrella roja y respondo: “Me interesa conocer el México profundo”.

Inmediatamente me doy cuenta que yo también he usado un eufemismo para referirme a la situación política de Chiapas y a los zapatistas. Me pregunto de dónde viene ese referirse a medias o entre líneas. Luego, como si la pregunta la hubiese hecho al presente, en una imagen llega la respuesta: centenares de policías y militares de uniformes relucientes y armados hasta los dientes. Deambulan por las calles de San Cristóbal día y noche, a pie o en camionetas verdes, silenciosas.

Dos horas más tarde voy rumbo a San Juan Chamula buscando el México que quiero ver. Mientras tanto, en la plaza,
el palacio municipal de San Cristóbal inaugura una feria de dulces mexicanos que durará una semana justo frente al plantón estudiantil. A lo lejos, los discursos políticos en castellano, tzotzil y tojolabal se mezclan con la música de la feria y el zumbido de las abejas que persiguen los dulces.

EL BLANCO DE MILES DE VELAS

San Juan Chamula es un pueblo pequeño conocido por su tradición priísta y su conservadurismo indígena. Está muy cerca de San Cristóbal y de San Andrés, sede de los acuerdos de paz entre los zapatistas y el gobierno federal. Me habían hablado mucho de su iglesia y de lo importante que era verla para entender la complejidad cultural y política de Chiapas.

La plaza de San Juan Chamula es amplia y muy concurrida por los habitantes del pueblo y los turistas. Un gran letrero -“Bienvenidos a San Juan Chamula de Los Altos de Chiapas. Se prohíbe tomar fotos a los habitantes o a cualquier ritual dentro y fuera de la Iglesia”- recibe al visitante.

Me refugié en los pasillos externos del palacio municipal a esperar que escampara el torrencial que caía del cielo, y desde ahí contemplé la plaza. No faltaba nada de un “típico” pueblo mexicano: la iglesia, el palacio municipal, el mercado, la oficina del PRI. En San Juan Chamula el poder está organizado bajo un modelo de cacicazgo. El presidente municipal es el cacique principal, encargado de la lista de cargos religiosos y civiles. Los caciques han sido históricamente priístas.

A la entrada de la iglesia tocaba un conjunto de música regional. Practicaban para la próxima fiesta en honor a San Juan, el santo venerado en esta región. Al lado, un grupo de hombres se tambaleaban y bebían mucho alcohol. Después me enteraría que tomaban posh, una especie de aguardiente, y que el ex-diputado local del PRI, Manuel Hernández Gómez, es su mayor productor, actividad que le produce alrededor de cinco millones de pesos al mes.

Entré por la puerta principal y me recibió un olor a incienso y las luces de miles de velas dispersas por el suelo. Enseguida pensé que el tiempo se había detenido. O quizás nunca lo había hecho, sino que continuaba, dejando que realidades paralelas convivieran y se tomaran de la mano a través de la historia.

CINTAS ROJAS, AZULES, VERDES Y AMARILLAS

Las bancas estaban arrinconadas en el lado izquierdo de la iglesia. Al piso lo habían tapizado con hojas de pino regadas con sumo cuidado. Los santos, todos, habían bajado de sus altares y estaban colocados abajo, en mesas, con la gente. Llevaban trajes y cintas de colores, rojas, verdes, amarillas y azules. De sus cuellos colgaban espejos de distintos tamaños que los habitantes de San Juan Chamula les habían regalado. Cerca de la nave principal estaba un Cristo yacente dentro de una caja de cristal, vestido también de colores. A su lado, zapatos de niños con papelitos llenos de mensajes dentro. El altar estaba dedicado a un San Juan majestuoso y colorido, adornado de muchas flores y candelas. La cúpula tenía pintadas imágenes de tigres y de otros animales sagrados. Hace mucho tiempo el cura había abandonado el pueblo y la gente se había tomado el templo.

A diario, hombres y mujeres le rezan a San Juan en tzotzil, muy bajito, casi en murmullo, mientras encienden las velas y toman cocacola. Me explican que en esta zona la cocacola es sagrada y se usa en los rituales religiosos. En la iglesia, el ritual consiste en tomarla mientras se reza para eructar frente a los espejos de los santos. Así, los indígenas de San Juan Chamula ahuyentan a los malos espíritus. La explicación me asombra, pero luego pienso en las realidades paralelas y en la mano que las une.

A los meses, me di cuenta que la explicación está más del lado de lo profano: Juan Gallo, pintor reconocido de San Juan Chamula, señala que el ex-presidente municipal Florencio Collazo Gómez controla la venta y distribución de las cocacolas que los indígenas de San Juan Chamula consumen todos los días en ofrendas, fiestas y rituales.

No sólo la práctica religiosa está habitada de complejidades en este pueblo de los Altos. También lo está la política. En Chamula, los zapatistas son un tema tabú. La participación y apoyo al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) es inexistente e impensable. La tensión que el tema produce en San Cristóbal se intensifica en Chamula y se vislumbra en las palabras del presidente municipal Pascual Díaz López: “No sé por qué hablan tanto de firmar la paz si en Chiapas no hay guerra y los zapatistas son un grupo social minoritario, que busca una paz que conviene a sus intereses, pero no a los de la mayoría de los pueblos indígenas de Chiapas y de todo México... Queriendo, nosotros acabaríamos con los zapatistas en un dos por tres”.

UN CARACOL CON MURALES DE COLORES

La mañana que salí hacia Oventik prometía mucho sol, extraño después de tantos días de torrenciales dignos de los mejores inviernos tropicales. La combi empezaba su ascenso por las montañas chiapanecas y las curvas no tardaron en anunciarse. Tampoco el frío. Un señor de rasgos cansados y alforja en la mano me saluda: “Buenos días. ¿Y usted de dónde es?”. De Nicaragua, le respondo. “Ah, De Chihuahua. Del norte, pues”. No, de Nicaragua, que está después de Guatemala y debajo de Honduras, le aclaro. “Pos, ¿cuántas horas de Nicaragua a Chiapas?” Muchas. Más de treinta. “Ay, muy largo. Y hoy, ¿a dónde va?”. A Oventik.

Como si hubiese pronunciado dos palabras mágicas el señor de la alforja sonríe, desde adentro. Otros pretenden no haber escuchado. No sé si por molestia o por la costumbre de ver tantos viajeros con el mismo destino.

Hace más de un año los zapatistas dieron nacimiento a los Caracoles como centros culturales, económicos y políticos. Dentro de la cosmovisión maya, el caracol es un símbolo: permite a los zapatistas verse a sí mismos y ver al mundo desde el consenso y la escucha mutua. Los cinco Caracoles que crearon los zapatistas agrupan a los municipios autónomos de cada zona. Cada municipio elige a un delegado que los represente en las Juntas de Buen Gobierno, también creadas e instaladas en agosto 2003. Al no tener respuestas efectivas a los acuerdos de San Andrés, los zapatistas ejercen ahora ellos mismos su autonomía. Y Oventik se convirtió en Caracol.

El letrero que saluda a los visitantes es muy distinto al de San Juan Chamula: “Está usted en territorio zapatista donde el pueblo manda y el gobierno obedece”. Nunca antes, pienso, había un pueblo expresado tan claramente el significado inherente a la palabra democracia. Sólo bastó cruzar la calle para que me invadieran los colores, los de las montañas y los de los murales que vislumbraba desde la oficina de recepción, venta y comidería a la vez.

Me recibió una mujer recia y de mirada eterna. “Hola, permítame su pasaporte, ¿qué la trae por aquí?”. Le paso el documento y su rostro me parece familiar. Me doy cuenta que la he visto antes, en los campos de Nicaragua, en las montañas de Guatemala, y ahora en los Altos de Chiapas. Ella es todas, las mujeres aguerridas de vidas silenciosas y manos cansadas del cuido de los hijos y la tierra. “¿Qué la trae por aquí?” repite esta mujer milenaria. Quiero conocer su comunidad, ver cómo funciona y hablar con la gente si es posible. “Espere, voy a hablar con los compañeros. Orita vuelvo”.

EL NEGRO DE LOS PASAMONTAÑAS

Me quedo allí mismo rodeada de estantes llenos de libros y revistas zapatistas, discos de música testimonial, vídeos, camisetas y miles de Marcos y Ramonas a caballo y con pasamontañas de variados tamaños y colores. Todo en venta. La señora de mirada eterna regresa, pero no está sola. A su lado viene un hombre que viste una camisa del EZLN y un pasamontañas negro.

Lo del color negro se lo deben a la sabiduría del Viejo Antonio. Cuenta el Subcomandante Marcos que Don Antonio, campesino indígena chiapaneco y gran amigo suyo, le recordó que el rostro cubierto de negro esconde la luz y el calor que harán falta en el mundo. Una noche fría en una reunión del Estado Mayor del EZLN Don Antonio les pasa un tizón negro. En la postdata de un comunicado Marcos lo recuerda así: “El viejo Antonio pone el tizón en medio del fuego: primero gris, blanco, amarillo, naranja, rojo, fuego. El tizón es ya fuego y luz. El Viejo Antonio me mira otra vez y se va por entre la niebla. Todos quedamos mirando el tizón, el fuego, la luz. -Negros- digo. -¿Qué?- pregunta Ana María. Yo repito sin dejar de mirar el fuego: Negros, los pasamontañas serán color negro...”

El hombre del pasamontañas me saluda y su voz es cálida, de bienvenida. Me informa que puedo ingresar a la comunidad, hablar con la gente y que dos miembros de la Junta de Buen Gobierno me recibirán en la casa comunal. Sonrío y les agradezco. El umbral de la puerta me augura otras sorpresas. Camino por la única calle asfaltada del Caracol y veo niños y niñas revoloteando, mujeres y hombres sonriendo, acostumbrados a ojos de otros lugares que al verlos se ven a sí mismos, como espejos que ven hacia dentro.

En un costado hay una antena que conecta a Oventik con el mundo. Recuerdo que ésta es una lucha por la palabra, por la voz. A lo lejos, veo una mantenedora de cocacola y no puedo dejar de notar el guiño que me hace la postmodernidad. La realidad con sus complejidades y contradicciones están a flor de piel en pleno siglo XXI y Oventik no es la excepción.

Continúo el trayecto y veo cooperativas de mujeres zapatistas artesanas, escuelas y una clínica, La Guadalupana, cubierta también de coloridos murales. Entro y saludo a los pacientes, unos grandes, otros chiquitos. Me quedo maravillada de lo bien equipada que está y pienso que hace muy poco la salud era de otros, nunca de ellos.

EL COLOR DE LA BIENVENIDA

Desde los murales de la casa comunal saludaban Zapata y Sandino, imponentes. Dentro, me esperaban el hombre que me dio la bienvenida y otro mayor en edad, con pasamontaña y sombrero de paja. “Pase adelante, ¿cómo está? Siéntese por aquí”. Me ofrecen una banca de madera. El espacio es grande y está decorado de mantas y tiras de colores. Me explican que allí se hacen las asambleas comunales, donde se toman las decisiones en consenso con toda la comunidad. Hasta los niños y las niñas participan cuando dejan de dormirse en las reuniones, me dicen.

Me presento y les hablo de mi interés por estar en su comunidad, por conocer a través de ellos su experiencia. Después ellos: “Nosotros somos del Comité de Recepción, estamos aquí para recibir a los visitantes. Bienvenida”. Le agradezco y me siento genuinamente acogida por esta gente sin rostro ni voz hasta hace tan poco. Inmediatamente, el hombre de sombrero de paja me relata la naturaleza del levantamiento y me lleva de la mano por las diversas acciones zapatistas en las comunidades.

“Hace ya diez años que venimos caminando desde que nos levantamos y por esto agradecemos al pueblo de México y del mundo. La lucha de nuestros pueblos está basada en la resistencia. Luchamos contra el convencimiento económico y político que el gobierno quiere imponernos. Nuestro pueblo está dispuesto a luchar y seguimos exigiendo nuestros derechos. Queremos practicar la autonomía en la salud, en la educación. Y creemos que las cosas van a cambiar”.

“Nunca pensamos alcanzar lo que ahora tenemos. Gracias a nuestros hermanos de aquí y de otros países que nos han apoyado, establecimos un diálogo con la sociedad mexicana y llevamos a la práctica nuestra autonomía”.

EL COLOR DE LOS SUEÑOS

Indago cómo se soñó, cómo se practica esa autonomía tan leída y aclamada, también tan repudiada. “Hemos formado nuestros municipios autónomos sin permiso del gobierno. El gobierno decidió no respetar los acuerdos de San Andrés y por eso decidimos tomar nuestras vidas en nuestras manos. Hay cinco Caracoles que reúnen a los municipios autónomos. Nos falta por avanzar, pero estamos en el camino. Hay también gobiernos autónomos en medio de la resistencia, pero estos municipios ya no reciben ayuda del gobierno. Ellos tratan de dividirnos ofreciéndonos letrinas y láminas de zinc, pero esto no es la solución a nuestros problemas. No somos limosneros, tenemos derechos”.

“Las Juntas de Buen Gobierno atienden a los pueblos de los municipios autónomos, pero el gobierno nos ve como ilegales porque no quieren vernos gobernarnos a nosotros mismos. Desde cada Caracol vamos haciendo trabajos comunales. Como indígenas nunca hemos tenido acceso a la salud ni a la educación. Ahora hay clínicas y escuelas para los pobres, para los indígenas. Nombramos también nuestros propios promotores de salud, que capacitan a otros. Y ya tenemos ocho microclínicas”. De pronto, recuerdo a los jóvenes que nacían de los plásticos negros en el plantón de San Cristóbal y quiero saber más sobre la educación.

“Desde el 94 hemos visto la necesidad de tener nuestras propias escuelas. El gobierno se aprovecha de nuestra ignorancia. Estamos destinados a ser pobres porque somos analfabetas. El gobierno manda un profesor pero ellos tienen los intereses del gobierno y nos quieren convencer. Por eso tenemos una escuela secundaria y capacitación para jóvenes zapatistas, para que después vayan a enseñar a los más pequeños. Muchos niños zapatistas están en las escuelas del gobierno todavía por falta de escuelas autónomas, pero ahí vamos trabajando”.

EL COLOR DE LA MUERTE

Pienso en la sostenibilidad del proyecto zapatista y en el sustento de las comunidades. Como si leyera mi pensamiento, continúa: “Producimos maíz y frijoles para consumo solamente. Y vemos la necesidad de comercializar el café que producimos. Empezamos dos cooperativas y muchos de los que trabajan allí son desplazados de la matanza de Acteal”. En mi mente, este nombre evoca el horror, el mismo que evoca Tiananmen o Tlatelolco. Un 22 de diciembre de 1997 el grupo paramilitar priísta conocido como La Máscara Roja asesinó a 45 indígenas tzotziles, en su mayoría mujeres y niños, mientras oraban. La matanza duró más de siete horas y ocurrió a tan sólo doscientos metros de un retén policial.

El hombre del pasamontañas y sombrero de paja continúa sacándome de las imágenes de aquel día gris: “Gracias a muchos hermanos se ha comercializado el café zapatista en Europa, en Estados Unidos. Y en los pueblos que no tienen café se vio la necesidad de que las mujeres se organizaran en cooperativas para vender artesanías y trabajos de zapatería. Se fueron a capacitar en el D.F. para saber hacer esto. Hay tres cooperativas de mujeres en Oventik y cerca de Comitán se están estableciendo otras. Pero cuesta que las mujeres se organicen por toda la presión y dificultad de que las mujeres vivan su vida individualmente”.

LAS MUJERES DEL COLOR DE LA TIERRA

“Cuesta que las mujeres se organicen”. La frase retumba en mi cabeza. Me pregunto qué guarda dentro. Le pregunto. “Es difícil que las mujeres participen porque está la idea de que ellas no pueden participar en la vida pública. Quitar esa idea es una lucha de todos. Hay mujeres en consejos autónomos, otras son promotoras. Muchos hombres también tienen que aprender a tomar conciencia, pues no dejan que sus hijas y sus esposas participen”.

El tiempo para nuestro encuentro se va acabando y es hora de las despedidas. Con el hilo de una plática han dibujado ante mí años de trabajo y de lucha. Yo escucho y aprendo de ese arte que los zapatistas practican con tanto esmero. Sé que es una fotografía la que me llevo, también sé que quiero que otros la vean. Le agradezco profundamente a mis anfitriones y ellos, con ojos que brillan, me corresponden. “Hable con las mujeres en las cooperativas, están allá arriba”, me indican y yo les tomo la palabra.

Me acerco a la entrada de la cooperativa Xulum Chon cerca de la casa comunal. Una mujer de pelo ceniza y rostro envejecido me saluda desde una silla. “¿Quiere ver artesanía? Bonitos huipiles, manteles. Vea, vea”. Gracias, le respondo. En realidad me gustaría platicar con usted si no le molesta. Quiero saber un poco sobre la cooperativa y las mujeres zapatistas. Aflora una sonrisa en la que quedan algunos dientes y esconde el rostro, apenada.

Su nombre es María. A sus 55 años, aparenta más, tiene ocho hijos. Cinco varones y tres niñas y el mayor es profesor, me explica. También tiene cuatro nietos. María es tzotzil y ése es su primer idioma. El español lo maneja sólo un poco, me avisa, en una voz que le va y viene porque hace días está enferma. Para muchas mujeres como María el español es el idioma que dominan los hombres, no ellas.

En una esquina, con un cepillo rojo, está también una joven. De risita en risita me saluda y me ofrece una silla. Le pregunto a María por la cooperativa. Hay entre 100 y 120 mujeres en la cooperativa. “Pero antes había más, ahora ya no porque se cansan o la gente no compra lo que hacen, las blusas, camisas, carteras. Una mujer quiso que nos organizáramos y nos juntamos y entramos en la cooperativa porque no tenemos dinero y queríamos que nos compraran la ropa. La cooperativa antes no estaba aquí sino en La Estación, una comunidad. Después nos movimos para Oventik. Aquí vendemos a los visitantes y estamos más o menos bien. Hace cinco años trabajo en la cooperativa y hago blusas y bordados. El hombre trabaja en el campo, aunque yo también”.

Le cuentan las mujeres zapatistas a Giomar Rovira en su libro “Mujeres de maíz” que, desde niñas dividen sus tareas entre la casa y el campo, ayudándole a la mamá y cuidando borregos o con el papá cultivando la tierra. Y cuando crecen, eso no cambia. Muchas trabajan jornadas dobles o triples que empiezan muy temprano en la madrugada.

María ha vivido esto. También la falta de acceso a la salud. A las mujeres indígenas la muerte les pisa los talones. A sus hijos también. La muerte materna en Los Altos de Chiapas es seis veces mayor que en el resto de México y el 58% de los niños menores de cinco años muere de desnutrición. Una mujer se considera con suerte si ve a su hijo o a su hija pasar de los ocho años.

Las mujeres sufren dos o tres veces más que los varones, me decían mis anfitriones con pasamontañas. Sí, dice María, sufrimos más. A las mujeres se las vende, casi siempre a sus futuros esposos y muchas cuentan los maltratos y golpes que reciben de sus padres, maridos o familiares. Le pregunto a María qué piensa del movimiento zapatista, qué le parece. “Vemos bien al movimiento, pero a ver cuando va a salir”. No me dice más o no quiere decirme más. Cambia de tema y la frase se pierde en el momento.

UN BLANCO DENSO QUE ANUNCIA LLUVIA

En “Mujeres de maíz”, las mujeres zapatistas dicen que desde que despertaron en 1994, mucho ha cambiado. Por decisión de las comunidades zapatistas, el alcohol ya no se vende en los territorios autónomos y las mujeres viven menos violencia en sus casas. La Ley de Mujeres del EZLN aboga por la libre participación de las mujeres en cargos políticos o militares, el derecho a decidir el número de hijos que puedan tener y cuidar, a tener educación, a elegir libremente a su pareja y a no ser obligadas por fuerza a casarse, a no ser golpeadas ni maltratadas. Ellas plantearon esta ley y todos la aceptaron. Parece como si lentamente el terreno del machismo y de la discriminación femenina en las comunidades se empezara a tambalear.

En el EZLN las mujeres aprenden a leer y a escribir, también aprenden de política y economía. Ellas mismas cuentan que todo ahí es parejo para hombres y mujeres. Ellas deciden cuándo y con quién se casan y si después se quieren divorciar. También si quieren planificar. Las otras, las que no son militares, le inyectan energía al zapatismo formando sólidas bases de apoyo en las comunidades e incitando a que sus hijas, nietas y sobrinas entren al movimiento y hagan los cambios. Ellas han sembrado la semilla de la transformación en el corazón de sus comunidades y en el de sus niñas. Es como un susurro, una gota que poco a poco y casi imperceptiblemente se agranda.

La muchacha del cepillo rojo se ha animado a hablar. “Yo tengo veinte años y trabajo en la cooperativa también.
Y pos, no tengo hijos ni me he casado”. Percibo un dejo de orgullo en su voz. María, como quien quiere contarme un secreto, se acerca: “Mejor así, sin hijos es más fácil”. Ahora, María ríe a carcajadas y se sonroja. Después, toma mis manos y se despide: “Vaya bien, vaya con Dios”. María ya es parte de mí, la llevo dentro igual que el paisaje y las voces de Chiapas.

Mientras salía de Oventik el cielo se cerraba y la neblina le escondía el rostro a las montañas. Lo último que vi fue un blanco denso que anunciaba lluvia.

EL ARCOIRIS DE LOS TEJIDOS MAYAS

El zócalo de San Cristóbal estaba lleno de gente de día domingo. La tarde empezaba a desvanecerse cuando noté la ausencia de los estudiantes del plantón. Mochila al hombro y lista para el viaje de retorno pensaba despedirme del joven estudiante. Estaba la tarima, las mantas, la bandera, pero ellos no. De pronto, desde lejos comencé a escuchar un murmullo cada más distinguible.

“¡El pueblo unido jamás será vencido!” gritaban los altavoces. “Exigimos que nuestras demandas de educación sean escuchadas y aceptadas. Queremos que el gobierno reconozca nuestros derechos”. Eran ellos, ahora unos cincuenta o sesenta, con la mirada fija y el aire determinado de los que se saben midiendo fuerzas. En una esquina de la manta que presidía la protesta, un joven llevaba un pasamontañas. Al pasar por el quiosco del zócalo, el dueño del negocio hizo subir el volumen de la música que salía de su establecimiento y una vez más las consignas se ahogaban en el ruido. Minutos más tarde la protesta continuaba hacia el oeste de la ciudad.

Sentada en el bus de regreso al sur, mi mente se llena de imágenes. Pienso que la vida es como un tejido maya de muchos colores, personajes y tiempos que se entrelazan. Cada uno tiene su lugar y su papel en la trama.

Las comunidades zapatistas ya han decidido el suyo, aunque no está desprovisto de obstáculos. La pobreza y la participación efectiva de las mujeres son algunos desafíos apremiantes que pueden poner a prueba la sostenibilidad del movimiento y la apropiación del discurso.

Mi visita casi fotográfica es sólo eso: un lente a través del cual asomarse al enjambre de realidades y tiempos que conviven y forjan el presente de Chiapas. Ignoro cómo se vive desde adentro el zapatismo y las contradicciones y complejidades que lo habitan, pero encuentro satisfacción en los ojos, brazos y bocas de un pueblo empobrecido y olvidado que por primera vez es artífice de su destino.

Sus preguntas y sus ideas ya tienen eco en muchos rincones del mundo. Lo que el futuro le depare a los zapatistas dependerá de ellos. Y también de todos, porque la justicia, la libertad y la democracia son demandadas al unísono y cada vez con más fuerza por otras gentes sin voz ni rostro. Ellos que son el mundo, nosotros que somos ellos. Nadie puede esconderse de sí mismo.

El bus comienza el descenso y otra vez el bochorno, los maizales y los cerros azulados de Guatemala. Sigo bajando, bajando, bajando.

BIÓLOGA Y ECONOMISTA. COLABORADORA DE ENVÍO.

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