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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 174 | Septiembre 1996

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Haití

Un pequeño gran país que el Norte no entiende

Un pueblo con infinita capacidad para mantener la solidaridad y la dignidad en la extrema miseria desafía al Norte. Estados Unidos quiere reformar el Estado, pero no confía en la sociedad. No sabe qué hacer. No sabe cómo crear los mecanismos que relacionen dinero y necesidades. No saben, no entienden. ¿No quieren?

Mathew Creelman

Durante el mes de agosto, varios incidentes de violencia política y de delincuencia común provocaron la percepción entre la población haitiana y entre diversos sectores políticos de que existe un esfuerzo organizado para desestabilizar el gobierno de René Preval. Entre los actos de violencia hay que destacar un ataque armado con artillería y ametralladoras contra el Palacio Nacional, el Palacio Legislativo y la sede de la Policía Nacional, en el que murió un agente de policía; un atentado contra dos líderes políticos conservadores -uno murió-; el robo de un banco en el norte del país con un saldo de cuatro muertos; y varios robos a peatones a una cuadra del Palacio Nacional, realizados por una pandilla que utilizó ametralladoras y dos carros de lujo y que aprovechó la oscuridad de un apagón para actuar.

Aunque los analistas políticos haitianos y los diplomáticos afirman que las raíces de la violencia política y común son múltiples y preocupantes, el auge de la violencia no parece capaz de provocar cambios de fondo en la situación haitiana. La violencia sólo causa desgaste político y estancamiento económico, pero esto sucede en un país que ya está demasiado acostumbrado a estas realidades.

Cuando la Misión de Naciones Unidas en Haití (MINUHA) presentó en junio su informe a la Asamblea General de la ONU, expresó sus preocupaciones por la estabilidad política del país: "Mientras la misión no tiene índices de que existe en este momento una amenaza organizada en contra del gobierno, serias preocupaciones persisten de que personas vinculadas con el anterior régimen, muchos de ellos descontentos y marginados, podrían fomentar inestabilidad al aprovecharse de la frustración de parte de la población".

Puerto Príncipe: un paraíso

Los distintos análisis de la situación política haitiana tienden a estar fuertemente coloreados por las agendas políticas de quienes analizan. Para algunos -prensa extranjera, conservadores en el Congreso de Estados Unidos, grupos de oposición en Haití- la situación es extremadamente frágil y está empeorando. Hablan de "baños de sangre", "vacíos de autoridad", "violencia de turbas", etc. Para otros -voceros de la misión de la ONU, miembros del gobierno y líderes de partidos favorables al gobierno-, la situación no es tan crítica y la violencia está siendo exagerada por los opositores.

Luego de pasar varios días en un carro, monitoreando las llamadas que se hacen a la policía, a través de un radio con canales que las captan, este colaborador de envío concluyó que el nivel de delincuencia en Puerto Príncipe es mucho menor que el que existe en una ciudad del mismo tamaño en los Estados Unidos. Comparando ese nivel con el de Guatemala, Puerto Príncipe sería un paraíso para los encargados del orden público. Mientras que en 1995, MINUHA informó solamente de 20 asesinatos que podrían haber sido motivados por razones políticas, durante los primeros seis meses de 1996, la Procuraduría de los Derechos Humanos de Guatemala informó de 119 casos de ejecuciones extrajudiciales.

Pero, a pesar de tener en Guatemala una cantidad de asesinatos políticos 12 veces superior a la de Haití, el Senado de Estados Unidos congeló en enero/96 la asistencia económica al gobierno haitiano por tres asesinatos. La medida ni se ha considerado en Guatemala.

Violencia: raíces recientes

Una apreciación realista de la actual realidad haitiana debe incluir elementos de ambas perspectivas. Aunque la situación no puede calificarse de explosiva, la tremenda importancia que los rumores y especulaciones tienen entre la población y la facilidad con que se propagan, tiende a crear percepciones de "crisis total" en base a acontecimientos aislados o simbólicos. Al mismo tiempo, señales ambiguas o contradictorias que provienen de determinados sectores políticos en el exterior pueden también provocar un aumento de la violencia dentro del país.

Los observadores políticos mencionan por lo menos cuatro causales de la violencia desestabilizadora en Haití. Dos son coyunturales y dos están vinculadas con procesos políticos y socioeconómicos que no van a desaparecer a corto plazo.

En primer lugar, la violencia organizada parece estar vinculada con recientes esfuerzos del gobierno encaminados a controlar a grupos paramilitares de la derecha y a servicios de seguridad e inteligencia que han escapado del control del gobierno central.

El Servicio Nacional de Inteligencia (SIN), con aproximadamente 100 miembros, fue la única organización de seguridad que sobrevivió a la intervención multinacional de hace dos años. De acuerdo con analistas de las Naciones Unidas, el SIN estaba compuesto por una mezcla de viejos agentes duvalieristas y aliados del gobierno de Jean Bertrand Aristide. La reciente decisión de cerrar el SIN se debió en parte a la pérdida de control de sus actividades -estaban siendo entregadas grandes cantidades de carnets del SIN a sus informantes y amigos, que los usaban para actuar impunemente-. Ahora, con el despido de estos cien agentes, hay indicios de su involucramiento en el crimen organizado.

Al mismo tiempo, en varios de los nueve departamentos del país, los gobiernos locales (delegaciones) han creado sus propias fuerzas de seguridad, en parte porque la Policía Nacional Haitiana no tiene allí presencia. Esas fuerzas son consideradas ilegales y están siendo disueltas por el gobierno central. La más grande, la de la Delegación del Departamento del Oeste, que abarca Puerto Príncipe. Otro servicio de seguridad que está siendo cuestionado es el de la municipalidad de Puerto Príncipe.

Un corresponsal extranjero residente en el país cree que estos agentes desplazados por las reformas de seguridad hechas por el gobierno podrían estar involucrados en actividades de delincuencia y de violencia política, unidos a la creciente masa de ex-soldados, ex-golpistas, ex-FRAPH y ex-duvalieristas, que nunca han sido sistemáticamente investigados o castigados por sus delitos comunes y políticos.

Violencia: raíces en Estados Unidos

Otro factor que puede incitar a la violencia política es la campaña electoral en los Estados Unidos. El gobierno Clinton tomó en julio la decisión de enviar a Haití tropas de la 82 División Aerotransportada para "dar seguridad a los 300 ingenieros norteamericanos que trabajan en proyectos de infraestructura". Las tropas llegan cada mes y se quedan durante una semana. La vocera de la embajada de Estados Unidos dijo que no ha habido ataques o amenazas directas en contra de los ingenieros que justifiquen esta medida.

Lo que sí ha habido -de acuerdo con fuentes del gobierno haitiano- es un plan para asesinar al Presidente Preval y así poner en cuestión los esfuerzos de la administración Clinton para crear estabilidad política en Haití. Incluyendo este dato en el análisis, los ex-militares y paramilitares, las élites económicas vinculadas al duvalierismo y los políticos de derecha tendrían interés en ver a un republicano en el gobierno de Estados Unidos y estarían dispuestos a darle un empujón desde Haití.

Aunque el gobierno de Preval no parece demasiado preocupado por las amenazas, sus funcionarios admiten lo inconveniente que sería tener a un republicano en la Casa Blanca y consideran que esto implicaría un viraje notable en las políticas de Washington hacia Haití. Fue el candidato-senador Robert Dole quien introdujo la legislación que congela la ayuda económica al gobierno Preval,para presionarlo a investigar el asesinato de tres políticos derechistas durante el gobierno de Aristide.

Violencia: raíces profundas

Los otros factores que podrían estar provocando violencia están vinculados a la desesperación de la gente ante el estancamiento económico y ante la insoportable situación socioeconómica. Se relacionan también con la permisividad que podría estar provocando un Estado menos represivo y arbitrario.

La agudización de la crisis socioeconómica, y la creciente confianza de la población en que las fuerzas de seguridad no actuarán represivamente, crean una situación en que el costo-beneficio de la delincuencia varía en favor del delincuente.

Teniendo en cuenta que sigue vigente aún la costumbre de autovigilancia en las comunidades, que castigan severamente a los ladrones. Los linchamientos y las golpizas contra los delincuentes por parte de los vecinos son comunes. Y actúan como impactante elemento de disuasión para los ladrones.

Haití merece una visita

Junto a miles de soldados, a cientos de expertos en desarrollo, a observadores de derechos humanos y a quienes trabajan en proyectos de emergencia, Haití merece ser visitado por los científicos sociales que estudian la capacidad humana para tolerar dolor y hambre, para sobrevivir sin señales reales de que habrá un cambio en sus vidas. En Haití podrán estudiar la tremenda capacidad que existe en los humanos para mantener la solidaridad comunitaria y la dignidad en extremas condiciones de pobreza.

Y deberán estudiar también en Haití la peculiar capacidad de los humanos para aguantar tantos altibajos políticos: pasar casi 30 años bajo una dictadura, apoyar a un gobierno dirigido por un sacerdote que hizo vida la teología de liberación, verlo después derrocado por un régimen golpista que asesinó a 5 mil opositores, ver después a esa dictadura desalojada por una invasión multinacional que patrocinó el retorno del gobierno civil...

Un excelente laboratorio

Todo esto debe ser estudiado porque Haití probablemente es el más importante laboratorio post-guerra fría en el hemisferio occidental. Las condiciones para lograr allí un exitoso modelo de intervención dentro del nuevo orden internacional eran excelentes: no existe una oposición radical, los extremistas de derecha son fácilmente identificables y controlables por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, y la comunidad internacional en su momento se mostró anuente a gastar por lo menos dos mil millones de dólares en un país de sólo 7 millones de habitantes.

Por primera vez en la historia reciente, los flujos de fondos para el desarrollo serían de tal magnitud que iban a tener un impacto cualitativo en la economía, no quedándose meramente en modelos o focos de desarrollo, como en el pasado. Es indudable que las condiciones ecológicas son críticas y que la población sufre de desnutrición y de falta de educación, que los indicadores relacionados a la mortalidad infantil, al SIDA, o al acceso al agua potable y a otros servicios esenciales son dramáticos. Sin embargo, por primera vez desde la caída del muro de Berlín, los países desarrollados hubieran podido resolver una crisis política en Occidente, mostrando a la vez que el capitalismo moderno es capaz de salvar a un pequeño país urgido de soluciones.

¿Por qué no?

¿Por qué la comunidad internacional, y más especialmente los Estados Unidos, no han logrado responder a ese reto? ¿Por qué decidieron minimizar sus riesgos y reducir su presencia?

Hay varias razones importantes. En primer lugar, la invasión para restaurar la democracia en Haití se hizo de cara a las encuestas. En segundo lugar, existe en Washington una profunda desconfianza hacia los sectores populares y el interés oficial es reformar el Estado, pero sin activar o animar las expectativas de la sociedad civil. En tercer lugar -quizás, lo mas importante-, la comunidad internacional no tiene la menor idea de cómo echar a andar una economía de mercado partiendo de las andrajos de la extrema pobreza.

Invasión "negociada"

De acuerdo con las encuestas hechas en Estados Unidos durante la intervención en Haití, la gran mayoría de los norteamericanos no creían que desalojar del poder a un régimen golpista que había asesinado a 5 mil civiles para restaurar un gobierno democráticamente electo, valiera la vida de un solo soldado norteamericano. Así, la invasión resultó pacífica y negociada.

De acuerdo con oficiales de inteligencia del ejército de los Estados Unidos, en muchos casos las fuerzas multinacionales esperaron hasta tres semanas para entrar en las instalaciones del ejército haitiano. En las bodegas de la base aérea Bowen, por ejemplo, encontraron accesorios de ametralladoras nuevas Uzi, pero no encontraron las ametralladoras.

Una fuente del ejército que participó en el programa destinado a comprar armas a la población, afirmó burlescamente de él: "Es como poner una curita sobre una gran herida en el pecho". La misma fuente contó a envío que tenían información de que unos contrabandistas estaban comprando armas viejas en el mercado negro en Miami para enviarlas a Haití y venderlas a precios altos en el marco de este programa. En otras palabras, los esfuerzos de Estados Unidos por desarmar a los haitianos estaban llenando de más armas la isla.

La gran contradicción

La naturaleza peculiar de una invasión pacífica y negociada, la desconfianza del gobierno de Estados Unidos en Aristide, y la ideología de la guerra fría que pervive entre los servicios de inteligencia estadounidenses, se aliaron para limitar drásticamente la agenda de la intervención y los compromisos de la comunidad internacional.

En ese mismo sentido, jugó su papel la contradicción más grande que tiene hoy el Norte con el Tercer Mundo: reformar Estados autoritarios, corruptos, ineficientes y violadores de los derechos humanos resulta imposible sin activar las radicales expectativas de democracia paticipativa y de justicia social que tiene la gente de esos Estados.

La muestra mas elocuente de la desconfianza de Washington en las fuerzas sociales latentes en la población haitiana se puede ver en el manejo hecho con los archivos del FRAPH, en poder del Departamento de Defensa de Estados Unidos. Las 60 mil páginas de documentos, los videos y las fotos tomadas a sus víctimas por los grupos paramilitares, no han sido entregados al gobierno de Haití, a pesar de ser documentos recogidos en oficinas del gobierno haitiano durante la invasión.

El gobierno de Clinton no quiere entregar los documentos por su temor a que los haitianos, armados con la verdad sobre las autoridades del gobierno golpista, actúen tomando venganza y linchen a los culpables sin molestarse con pasarlos por procesos judiciales. El temor es especialmente grande considerando que varios de los oficiales haitianos y de los agentes de seguridad de esa época trabajaron con la CIA, y muchos son ciudadanos de los Estados Unidos, tienen doble nacionalidad.

De acuerdo con fuentes del gobierno Preval,una tercera razón para no entregar los documentos es el temor de que esta gente podría destapar detalles sobre el papel de Estados Unidos en la creación del FRAPH, en el golpe que interrumpió el mandato de Aristide en 1991, y en los años del régimen golpista. La necesidad de minimizar los costos políticos de la invasión, la falta de confianza en Aristide y el temor a crear una democracia real fueron factores que han creado una frontera difícil de cruzar entre el hecho puntual de la invasión y la tarea prolongada de la reconstrucción del país a mediano y largo plazo.

No tienen ni idea

Pero mas allá de esta ambivalencia, existe otro gran problema: los países desarrollados no tienen ni idea de cómo movilizar una economía de subsistencia. No saben cómo ir hacia adelante partiendo de una etapa de "capitalismo primitivo". ¿Quienes serán los agentes del "cambio" en Haití? ¿Los empresarios, que han vivido vinculados a los gobiernos autocráticos? ¿Los contrabandistas, los comerciantes, los espectaculadores? ¿El pequeño sector de empresarios exportadores, que fabrican pelotas de béisbol o ropa interior, o arman aparatos electrónicos con insumos de Asia?

En marzo de 1995, cuando las agencias internacionales estaban eufóricas con el ingreso a Haití de fondos multimillonarios, los analistas del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estudiaban el fenómeno de la "saturación": el problema que ocurre cuando los fondos exceden la capacidad de ejecutar programas. Mucho dinero, muchas necesidades, pero pocos mecanismos para relacionar dinero y necesidades.

Al mismo tiempo, funcionarios de la Agencia Internacional de Desarrollo (AID) del gobierno de Estados Unidos buscaban ansiosa- mente consejo de los encargados de pequeños programas privados de ayuda porque ellos no sabían ni por dónde empezar. Nunca existió un plan global de desarrollo elaborado por la comunidad internacional. Ahora, con la ayuda prometida menor que la esperada y además, amarrada a exigencias políticas, ese plan hubiera sido, de todos modos, un ejercicio teórico.

Estados Unidos: el problema central

Cuando envío preguntó a un joven trabajador municipal de Cap Haitien sobre cuál sería el mejor sistema para Haití, el socialismo o el capitalismo, la respuesta del entrevistado rompió con las recetas: "En Haití, el problema no es entre socialismo y capitalismo. Aquí no tenemos una burguesía de verdad, porque ellos no producen nada, solamente viven del comercio y el contrabando. Lo que necesitamos es salir de nuestra dependencia con los Estados Unidos".

El entrevistado acertó con el problema central: Haití depende de los fondos internacionales para sobrevivir y para lanzarse a un proyecto de desarrollo político, social y económico. Pero los fondos provienen de fuentes que desconfían profundamente de una democracia participativa y adaptada a la realidad haitiana.

En lugar de entrar con ganas en el campo del desarrollo, convirtiendo el desierto en jardín -como suele decirse de la agricultura en Israel-, en lugar de lanzar proyectos de produccion hidropónica o de crear brigadas de alfabetización o de solicitar voluntarios especialistas en medicina, agricultura y desarrollo, la comunidad internacional y los Estados Unidos deciden bajar sus niveles de ayuda y condicionarla a las reformas del Estado y a los avances en la investigación sobre tres asesinatos ocurridos en hace años...

Contra, contra, contra...

La historia de las intervenciones de Estados Unidos ha sido una historia de reacción: contra el comunismo, contra el sandinismo, contra Fidel Castro... Tal grado de reactividad que en los 80 las fuerzas patrocinadas por Washington usaron el nombre de "contras". Hoy, sin insurgencia en Haití, sin un enemigo concreto que eliminar, sin un plan de batalla, sin ninguna estrategia de alta, baja o mediana intensidad, Washington no sabe qué hacer. Raras veces ha tenido que ser pro algo en el exterior. Y la verdad es que no tiene ningún motivo para promover nada.

¿Cuáles eran realmente las metas estratégicas del gobierno de Estados Unidos en Haití? Eliminar la ola de refugiados y los cadáveres de haitianos ahogados que llegaban a las costas de Florida. Eliminar los titulares de la prensa internacional que hablaban de la existencia de un régimen militar, golpista y represivo en el patio trasero de los Estados Unidos. Y mantener una situación de relativa estabilidad política sin crear bases para una insurgencia. En este sentido, un Haití estancado, sufriendo una crisis moderada, con divisiones en la izquierda, ineficiencia y corrupción en el gobierno, pero sin titulares o boat people, puede ser considerado un "éxito" para los políticos de Washington.

¿Qué es Lavalas?

Pregunto con curiosidad a un editor de un diminuto periódico de izquierda en Puerto Príncipe: "¿Estás hablando de la Organización Política Lavalas, de la Plataforma Lavalas del Movimiento Lavalas o sólo de Lavalas?"

La respuesta es compleja y hoy más que nunca cobra relevancia. En un sentido importante, Lavalas (avalancha en creole) está compuesta por una variedad de tendencias políticas que circulan alrededor de ese carismático dirigente popular que es Jean Bertrand Aristide. Estas tendencias se formaron en las luchas políticas que provocaron la caída en 1986 del dictador "Baby Doc" Duvalier y en los años siguientes.

La Plataforma Lavalas es el mecanismo político que logró ganar 17 de los 27 escaños en el Senado y 67 de los 83 en la Cámara Baja, en las elecciones de 1995. Dentro de esta Plataforma, la más importante organización es la Organización Política Lavalas, que empezó a formarse durante los primeros meses del primer período de Aristide, interrumpido bruscamente el 30 de septiembre de 1991 con el golpe militar.

En su manifiesto de abril/94 la OPL se califica como "una nueva organización política, democrática, popular y social, y las diversas corrientes de ideas de los que están presentes en la lucha por el cambio económico, social y democrático". Para el coordinador de la OPL, Gerard Pierre Charles, la organización es "protoplásmica, inmensa, llena de vida, pero sin forma". La OPL, mas que cualquier otra organización política, ha logrado dar estructura política a Lavalas y convertir el apoyo popular en votos y escaños.

El éxito de la OPL en mantener la unidad entre diversos sectores sociales y económicos está vinculado al hecho de que la movilización social de grupos populares se ha dado principalmente alrededor de argumentos anti-Duvalier, anti-golpistas y pro-democracia, relegando las cuestiones de lucha de clases a un segundo plano. Sin embargo, el pragmatismo de la OPL y su papel protagónico en el quehacer político de Haití le abren frentes vulnerables. Además de la desconfianza que provoca la OPL entre los sectores conservadores, enfrenta un fuerte cuestionamiento de los pequeños partidos de la izquierda y aún de los grupos que apoyan a Aristide.

En los últimos meses aparecen pintas en las paredes que acusan a la OPL de traicionar a Aristide. La OPL se opuso al movimiento que buscó reelegir a Aristide por tres años más con el objetivo de recuperar el tiempo perdido con los tres años de gobierno golpista. La OPL, argumentando que la comunidad internacional no aceptaría un rompimiento del calendario electoral, insistió en celebrar las elecciones en diciembre de 1995.

La división creció a raíz del debate sobre la privatización de nueve empresas estatales. Más de 190 millones de dólares en asistencia del gobierno de Estados Unidos y de las agencias multilaterales están siendo condicionados a la aprobación de una legislación que prepare el camino para la privatización de estas empresas y para la reducción de la planilla de empleados estatales. Varios grupos alrededor de Aristide se oponen a la privatización. Y el mismo Aristide, en sus discursos parabólicos, ha dado a entender que no está de acuerdo con la privatización.


¿Divorcio?

En este contexto, las distintas fuerzas políticas de Lavalas están empezando a mover sus piezas de cara a las elecciones del año 2000, y hay importantes señas de que no todas las piezas van en la misma dirección.

En octubre/96 habrá elecciones locales de varios miles de asambleas comunitarias, de delegaciones departamentales y de ocho senadores. La OPL estudia seriamente la posibilidad de ir a las urnas sin la Plataforma Lavalas. Si es así, las elecciones servirán para despejar varias incógnitas importantes: quién tiene más poder de convocatoria. Si Aristide con su carisma y sus seguidores en la Iglesia y en las comunidades marginales. O si la OPL, con sus bases organizadas en todo el país, sus programas de formación política para dirigentes, y sus vínculos con otros partidos y organizaciones políticas.

El divorcio aclararía también la naturaleza del apoyo popular que hay tras Lavalas. ¿Es un movimiento que sigue a un salvador carismático con discursos alegóricos y con una trayectoria de mucha valentía y compromiso con sus fieles? ¿O es un pueblo sumamente politizado, constructor de su destino e identificado con un proyecto político dirigido por la OPL? ¿O, si es en realidad una mezcla de ambas cosas y el resultado del divorcio va a ser el fraccionamiento y la dispersión de Lavalas, debilitando la que ha sido la unidad política de oposición más poderosa en América Latina en los últimos años?

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