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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 265 | Abril 2004

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Nicaragua

La maquila de Sébaco: sueños, realidades y frustraciones

Llegan llenas de ilusiones: un salario fijo, poder estudiar, vivir mejor... El tiempo y la realidad van haciendo humo los sueños. La maquila termina matándolos.

Jon Ander Bilbao, Olga Rocha y Magdalena Mayorga

Así como estamos en Nicaragua, así como está nuestra economía, así como está el gobierno, así como estamos en estas comunidades, aquí lo único que va a crecer son las zonas francas. Es el análisis que hace un miembro de la comunidad indígena de Sébaco, donde está ubicada la maquila de Sébaco, la primera y hasta ahora única zona franca establecida en un punto rural del país.

Es un análisis tan sencillo como verdadero. Desde hace muchos años la falta de empleos es el problema más sentido por la población nicaragüense. La empresa privada nacional no tiene capacidad de generarlos y lo apuesta todo o casi todo a la iniciativa de los inversionistas extranjeros. Lo mismo hace el gobierno. Y los inversionistas extranjeros ven en Nicaragua un territorio atractivo para instalar maquilas.

Las facilidades que los últimos tres gobiernos nicaragüenses han brindado a las empresas de zona franca han sido tales que las maquilas representan ya más de una cuarta parte de toda la oferta laboral de Nicaragua. La maquila ha venido a crear miles de empleos directos e indirectos, beneficiando así a miles de familias. Sin estos empleos -a pesar de ser mal remunerados y estar bien comprobado cuán frecuente van ligados al maltrato- la ola de emigrantes sería aún mayor o el estancamiento económico del país habría desembocado en mayores índices de violencia. Según datos oficiales, en el año 2003 más de 47 mil nicaragüenses trabajaban en empresas de zona franca, lo que significa que miles de familias tienen un ingreso fijo -semanal, quincenal o catorcenal- que les permite asegurar su sobrevivencia.

SÉBACO: LA MAYOR FUENTE DE EMPLEO

Durante seis meses investigamos a un porcentaje de la población maquilera y ex-maquilera de la zona franca de Sébaco para entender mejor la dinámica que existe entre expectativas y realidades entorno a una maquila.

Con una población de unos 30 mil habitantes, Sébaco es un punto estratégico de intersección en una cruz geográfica imaginaria que enlaza cuatro puntos centrales de Nicaragua: al nordeste Matagalpa, al sur Managua, al norte Estelí y al oeste León. Allí está ubicada la empresa Presitex Corp., maquila textil de capital taiwanés, inaugurada en el año 2000, especializada en la producción de pantalones jeans, que emplea hoy a unas dos mil personas, y que es vista por la población de esa zona como la mayor y más segura fuente generadora de empleo.

Hay muchas razones para que la gente tenga esta percepción. La crisis provocada por la baja de los precios internacionales del café, que canceló miles de empleos temporales y los pocos empleos permanentes en esta actividad, dejó a los trabajadores agrícolas sin la única forma de trabajo que conocían. Esto afectó también la producción campesina para autoconsumo. Muchos de los obreros agrícolas que vivían del café financiaban sus propias siembras con lo que ganaban en las haciendas cafetaleras, garantizando así el grano para mi familia, como dicen. La crisis del café se ha traducido en desempleo, en desnutrición y en mayor pobreza. A ella hay que sumarle los años de abandono gubernamental de los sectores productivos rurales, que han sobrevivido malamente sin financiamiento y sin ningún apoyo. Y también los bajos rendimientos de estas tierras, ocasionados por la erosión, por una insuficiente aplicación de técnicas de conservación y de manejo de suelos y por la sobrexplotación.

En tan crítica situación, estructural y coyuntural, la llegada de la empresa textilera a Sébaco en el año 2000 generó montañas de expectativas y de ilusiones entre la población de varios municipios de León, Matagalpa, Estelí y Jinotega. Tres años después, se evidencia que la fábrica no tuvo el desarrollo esperado en cuanto a ampliación de las instalaciones, generación de empleos y producción, en parte por los constantes conflictos laborales, los cambios de supervisores, de jefes de líneas, de director y de presidente. Además, Sébaco no entregó tampoco la cantidad de mano de obra proyectada, porque la ciudad tenía ya su propia vida e independencia comercial. Hoy, más del 60% de la mano de obra empleada proviene de otras ciudades y de comunidades rurales de fuera del municipio.

LA GRAN ILUSIÓN: TRABAJAR CON SALARIO FIJO

Desde que Presitex empezó a remodelar las instalaciones que en los años de la revolución levantaron en Sébaco los búlgaros para convertirlas en una prometedora industria de agroexportación, en las comunidades cercanas y lejanas corrieron rumores esperanzados: las construcciones abandonadas se convertirían en una gran fábrica, habría muchos trabajos, pagarían buenos salarios, se multiplicarían las oportunidades... Desde antes de la inauguración de la fabrica, los de la empresa se encargaron de regar la bola de que pagarían un buen salario por trabajar con ellos... Ahora vemos que ésa fue la primera mentira que nos dijeron, cuenta una ex-maquilera.

Muchas como ella creyeron que la fábrica cambiaría sus vidas, especialmente porque, por fin, tendrían algo que anhelaban: un salario fijo, quincenal. Lo comparaban con lo que ganaban los hombres como obreros agrícolas en las fincas de café, o con lo que ganaban ellas como empleadas domésticas en Managua o en otras ciudades. Y aquel sueño que se les iba a hacer realidad las alentaba. La mayoría de las mujeres llegó a pedir trabajo con la ilusión de mejorar la casa, de financiar los cultivos de las pequeñas parcelas familiares, de pagar el estudio de sus hijos...

En poco tiempo, las nuevas maquileras, los nuevos obreros empezaron a notar que con el salario que les pagaban sus sueños seguían siéndolo. A pesar de eso, seguir trabajando en la fábrica les compensaba: era la forma más segura, realmente la única a su alcance, de garantizarse un ingreso fijo cada quince días. Por pequeño que fuera, les permitía sobrevivir. La alternativa era sombría: desempleo total o un empleo temporal cada vez más escaso en la zona. Es cierto que los salarios son sólo para medio comer y cuando llega el día de pago yo agarro todo el dinero que me pagan ¡y ya! Esos 300 pesos que me pagan a la quincena casi no son nada, pero si no los tuviera yo no sé qué haría, explica una madre joven con dos hijos, que no cuenta con el apoyo del hombre que los engendró, y que vive en su casa con diez familiares. Para subsistir, suma a su escaso salario lo que consigue el padrastro sembrando maíz y frijoles y lo que logra la abuela de los niños criando cerdos y gallinas para hacer nacatamales.

Cuadro 1


“AHORA NO ME SEPARO NI UN DÍA DE MIS HIJAS”

Hasta febrero del año 2003 en la empresa Presitex trabajaban unas 1,970 personas, el 90% mujeres (1,773), el 60% procedentes del área rural (1,182), el 45% madres solteras y el 66% jóvenes de entre 18-30 años (1,300).

Las trabajadoras y trabajadores de la maquila de Sébaco pueden dividirse en dos grandes grupos: quienes tienen responsabilidades familiares y quienes no la tienen. En el primer grupo abundan las madres solteras y las mujeres separadas que mantienen a sus hijos. También hay mujeres acompañadas y casadas y algunos varones jefes de familia.
El principal motivo que tuvieron las mujeres, especialmente las madres, para buscar trabajo en la nueva fábrica fue no verse forzadas a estar lejos de sus hijos, de sus hogares y de sus comunidades. Hasta entonces muchas trabajaban como empleadas domésticas y esto las obligaba a irse a otra ciudad y a regresar a sus casas sólo una vez al mes. La fábrica, además de asegurarles un ingreso quincenal, les permitiría estar por fin cerca de los suyos, estar a diario en su casa.

La gran significación del concepto de hogar en la sociedad nicaragüense, especifícamente en la rural, el sentido profundo que se tiene de la familia -casi nunca familias nucleares- y el valor que se da a la convivencia familiar explican este ansia por “estar en casa”, por “volver a casa”. La casa es el techo que cobija, son las paredes que sirven de sostén y de apoyo moral para poder criar a los hijos y enfrentar cualquier dificultad que se presente. Y siempre son muchas. Una joven madre de 24 años comenta: Aunque estuviera todo el día trabajando en la fábrica, no importa, porque diario puedo volver a mi casa y así no me separo ni un día de mis hijas. En este deseo la apoya su madre: Antes, cuando mi hija trabajaba de doméstica en Managua, tenía que dejar a su hija pequeña y en veces no la veía durante un mes y cada vez que venía de visita y se tenía que regresar, era difícil para ella porque su niña se quedaba en llanto. Ella estaba embarazada y lo que siempre me decía era que no quería estar lejos de nosotros.

“YO QUIERO TENER MI CASA,
YO QUIERO HACER MI VIDA”

Muchas de las madres solteras que encontramos en la fábrica no habían tenido nunca antes un trabajo remunerado y, abandonadas por sus compañeros, dependían totalmente de la ayuda económica, a veces también moral, de padres, hermanos y familiares cercanos. El trabajo en la zona franca ha significado para algunas una inédita forma de independencia económica y personal. Con la maquila la vida les cambió. Disponer de dinero propio les permite asumir sus gastos y los de sus hijos y a menudo, hasta los de sus padres. Y eso les entrena en una autonomía que no conocían.

La maquila ayudó a María Rosa, una joven de 29 años, madre soltera, a independizarse de la casa materna. Tiene dos hijos, uno de ocho años y una de dos y vive con su mamá, con el compañero de su mamá, con una hermana menor y con una sobrina. Desde que entró a trabajar en la zona franca se convirtió en la única persona que llevaba regularmente dinero a la casa: 450 córdobas quincenales. Con esa cantidad, compraba los tiquetes para el bus que le lleva de su comunidad a la fábrica, compraba a crédito la comida básica para toda la familia y alguna ropa, zapatos o cosméticos. Antes de trabajar allí -cuenta- yo había trabajado de doméstica en Managua. Mi mamá siempre me ha cuidado a los niños y me ha ayudado cuando no he tenido trabajo. Pero ahora mantengo a mis hijos y hasta estoy construyendo mi ranchito. Estoy haciendo mi casa porque tengo muchos problemas en la casa de mi mamá. Ella está molesta porque me voy a otro lado, pero yo pienso seguir ayudándola. Lo que yo necesito es vivir aparte de ella porque ella es celosa conmigo y no quiere que esté con nadie, con ningún pretendiente que aparezca, pero yo quiero hacer mi vida y también quiero ir comprando mis cosas. Cuando terminábamos nuestra investigación, María Rosa se había trasladado ya con sus dos hijos a su nueva casa, construida de adobe y zinc, y seguía cumpliendo con su compromiso: ayudaba económicamente a su madre.

“ME HE CONFORMADO CON MI SITUACIÓN”

Ramona es una madre separada con cuatro hijos que vive a unos 65 kilómetros de la fábrica. Su salario es de 680 córdobas quincenales, incluidos los extras. Lo que ella gana representa la principal entrada económica de su familia, compuesta por trece personas. Otra entrada -200 córdobas quincenales- la aporta su hermana, que trabaja como empleada doméstica fuera de la comunidad y deja a sus dos hijos pequeños en la casa de todos. La tercera entrada es la del padre: trabaja temporalmente en el campo, pero nunca cuenta con una cantidad fija.

Ramona se casó a los 18 años y en quince años de matrimonio tuvo cuatro hijos. Hace unos tres años decidió abandonar a su marido por sus infidelidades. Después de trabajar como empleada doméstica en Managua, decidió probar en la zona franca. Después de dos años de trabajo intenso, considera que el salario recibido durante todo este tiempo no ha significado un cambio significativo en su economía y tampoco le ha permitido la convivencia familiar que ella y sus hijos anhelaban, pues para poder llegar a 680 córdobas quincenales no le queda más remedio que quedarse toda la semana en Sébaco en casa de una amiga, conformándose con estar en su hogar día y medio a la semana. Su casa queda muy lejos de la fábrica y si regresa a diario no tendría cómo hacer las horas extra que le garantizan aumentar algo el salario. A pesar de todo, hace lo posible por no perder ese empleo. ¿Qué otra opción tendría lejos o cerca de su casa? Se consuela con la religión: Decidí aceptar a Cristo como mi Salvador, me he conformado con mi situación y lo único que le pido a Dios es salud para mi familia y fuerzas para trabajar y tener con qué darles de comer.

CUANDO EL MACHISMO SE RESIENTE

Las mujeres que viven con su pareja buscan trabajo en la zona franca forzadas por el desempleo en que han quedado sus maridos al cerrar los beneficios de café y la quiebra de las haciendas cafetaleras. Esta realidad le ha dado una “vuelta a la tortilla”: madres y esposas que salen a trabajar, mientras sus hombres se quedan en la casa desempleados.

A menudo, la cultura machista, más acentuada en las zonas rurales, hace que los hombres se sientan incómodos ante esta inversión de los papeles tradicionales: el hombre proveedor y la mujer al cuidado de los hijos y del marido, apoyando en las tareas agrícolas de los varones en tiempos pico, pero siempre bajo el control del hombre. Ahora todo cambió: las mujeres salen, regresan de noche y tienen un nuevo patrón al que pasan obedeciendo muchas horas al día. Sus esposos conservan el papel de amos sólo muy breves momentos al día.

Martina, una ex-maquilera de 24 años, esposa y madre de cuatro niños, que vive en condiciones de extrema pobreza, decidió ir a buscar empleo en la zona franca. Su esposo sólo conseguía trabajo algunos días y en ocasiones pasaba una quincena sin que apareciera nada. Me acuerdo -dice- que a veces no teníamos ni un bocado de comida que darle a los chavalos. No me va a creer, pero ni para comprarles un caramelo teníamos.

A Martina la contrataron en la fábrica a comienzos del año 2000. Durante nueve meses fue el único sustento de su familia y el hambre disminuyó. Pero los problemas con su esposo aumentaron. Eran discusiones diarias: que estaba abandonando sus obligaciones como madre, que ya no servía, que había cambiado... Mayor era el descontento y la amonestación cuando alguno de los hijos se enfermaba y ella no podía quedarse a cuidarlo. Si lo hacía, en la fábrica le descontaban el día, los bonos y los incentivos. Esto colocó a Martina en una disyuntiva: o soportar los reclamos constantes de su esposo o las sanciones salariales. O los gritos o el dinero para abonar las deudas en la venta para que le siguieran fiando la comida.

“NO ES CORRECTO QUE POR UN TRABAJO
DESCUIDE A MI MARIDO”

Cuenta Martina que intentando calmar a su esposo se levantaba a las cuatro de la mañana para poder dejarle hecha la comida y lavada la ropa a todos, para dejar limpia y arreglada la casa y alistados a los más grandes para la escuela. Después de nueve horas en la fábrica, llegaba de noche a seguir atendiendo la casa... y a cumplir sus deberes de esposa. Muchas veces me negué a que me tocara -comenta con pena- porque estaba tan cansada del trabajo de todo el día, pero él se molestaba, él no comprendía mi falta de interés hacia él.

De nada sirvieron los esfuerzos de Martina. Al hombre le enojaban cada vez más sus salidas de madrugada y sus llegadas nocturnas. ¡Te estás desobligando de mí y de mis hijos! Ese trabajo te está quitando la vida, ¡yo no te mandé a trabajar! Y con lo poco que yo gano te puedo mantener: ése era el alegato diario. Después de pensarlo bien, la mujer decidió renunciar a su trabajo en la misma semana en que su esposo encontró un empleo fijo. Martina volvió a los quehaceres de la casa.

Su relación de pareja mejoró, pero la crisis económica familiar continúa. Éste es mi trabajo -dice, no percibimos si convencida o no-, él tenía razón en lo que me decía porque aunque siempre he querido trabajar, no es correcto que por un trabajo tenga que descuidarlo a él y a mi familia. Son muchas las mujeres como Martina que han abandonado su nuevo trabajo y su precaria independencia económica para “salvar” su matrimonio, porque fueron educadas para servir a los demás, para obedecer a otros y porque nunca imaginan que tienen derecho a realizar sus propios planes y sus sueños personales.

“QUERÍA AYUDAR A MI MARIDO”

En otros casos el trabajo de la mujer es aceptado positivamente por su familia. No queda otro remedio: es la única oportunidad. Una ex-maquilera recuerda: Con el cierre de Bencafé en Sébaco, mi esposo quedó sin trabajo y pensó ir a buscarlo en la fábrica de maquila, pero como allí contratan a más mujeres que hombres, yo le dije que era mejor que yo fuera la que buscara y él en otro lado porque era más fácil que me dieran el trabajo a mí por ser mujer.

Otras parejas consideraron lo beneficioso que sería para la familia contar con dos salarios. Muchas mujeres están conscientes de la importancia de su contribución a la economía familiar y han buscado la maquila para que su salario sirva de complemento al ingreso familiar. Es el caso de esta ex-maquilera: Yo antes estaba acostumbrada a los oficios de la casa y mi marido trabajaba en las tierras de su papá, pero en los últimos años los inviernos no fueron buenos y sólo pérdidas hemos sacado y no recuperamos ni lo que invertimos. Por eso yo fui a buscar trabajo a la zona franca, para ayudar a mi marido con los gastos de la comida de la casa y para comprarle zapatos y ropa a las chavalas. Después, la realidad le demostró que su salario de operaria de maquila sólo le alcanza para ayudar a garantizar la alimentación de la familia y sólo estirándolo mucho, alguna vez para esos zapatos y ropa para sus hijas que soñó comprar.

“NOS PAGAN LO MISMO
QUE CUANDO ÉRAMOS PEONES”

En Presitex sólo trabaja un 10% de varones, 1,976 en total. En muchos casos, entran a trabajar en la fábrica tras sus compañeras o amigas. Gracias a sus nuevos contactos dentro de la fábrica y a la información que manejan sobre la necesidad de personal masculino, ellas son quienes los orientan y animan a buscar empleo y es por ellas que consiguen ser contratados. La mayoría de estos hombres se ha visto obligado a abandonar la actividad agrícola. Buscan ansiosamente un trabajo en la fábrica para contar con dinero fijo. Así lo cuenta uno: Mi trabajo como jornalero estaba pésimo. El invierno había sido malo, mi familia muy desfavorable andaba. Uno aquí nunca sabe cómo va a ser el invierno, si va a ganar o si va a perder, mientras que la fábrica es un alivio: tenés garantizados tus realitos cada quincena.

Algunos cuentan que, aun pudiendo cultivar sus propias tierras, decidieron ir a la fábrica para garantizarse más ingresos que los que les prometían sus cosechas. Yo antes de ir a la zona franca trabajaba en las tierras de mi papa -cuenta uno-. Íbamos a medias en la compra de insumos para la siembra. Sembrábamos cebollas, chiltomas y tomates para comercializarlos después en Managua o Masaya, también frijoles y maíz para la familia, pero como los inviernos empeoraron, ya no producíamos nada. Por eso fui a la maquila.

Al poco tiempo de trabajar en la fábrica, muchos se dieron cuenta de que la soñada mejoría económica, basada en el hecho de recibir un salario fijo como obreros, no llegaba. En opinión de la mayoría, los salarios son igual de bajos como cuando trabajábamos en el campo de peones. Sin embargo, una mayoría decide quedarse porque el trabajo es más estable que el de obreros agrícolas temporales: Me pagan casi lo mismo, lo único bueno es que es quincenal y por eso estaré hasta que aguante.

SOLTERAS Y SOLTEROS:
UNA CLARA DIFERENCIA GENÉRICA

Solteras y solteros, aun cuando no tienen responsabilidades familiares, las asumen con frecuencia. Especialmente las mujeres, quienes aquí y en todas partes demuestran siempre un mayor compromiso con el bienestar y la vida de quienes conviven con ellas. De muchas formas se evidencia esta diferencia genérica. Muchas obreras solteras entregan más de la mitad de su salario a sus familias, mientras que la mayoría de los varones solteros destinan casi todos sus ingresos a sí mismos: sus zapatos, sus camisas de moda, sus cigarros, su guaro, hasta un equipo de sonido para escuchar “su” música...
Cuando se habla con las obreras jóvenes, la mayoría de las solteras dice aspirar a dejar la fábrica para continuar sus estudios, mientras que los varones carecen de una meta definida, lo que quieren es resolver “ya” y no les preocupa demasiado el futuro. Para todos estos jóvenes, mujeres y hombres, trabajar no es una experiencia nueva. La mayoría trabaja desde que eran muy pequeños: ayudantes de construcción, lustradores, empleadas domésticas, jornaleros, cortadoras de café... Algunos y algunas ya habían emigrado a Costa Rica o a Guatemala en busca de empleo. Para todos, lo nuevo de la zona franca era la ilusión de tener un ingreso económico fijo para realizar algún sueño personal: estudiar o continuar los estudios, independizarse, comprarse algunos “lujos”, esas pequeñas cosas que les gustan a los jóvenes y que debido a la pobreza de la familia o hasta a la irresponsabilidad de los padres no han tenido nunca.

“MI HIJA FUE A TRABAJAR
PARA MANTENER SUS ESTUDIOS”

En Presitex el segmento poblacional más significativo es el de jóvenes entre 18-30 años. Representan el 66% de la mano de obra empleada. De hecho, es condición establecida por la gerencia de la fábrica para ser admitido tener entre 18 y 35 años. Con más años, es difícil ser contratado. Sólo algunos -encargados de secciones, especializados en seguridad- tienen más de 35 años.

Un elemento que anima a los jóvenes, mujeres y hombres, a buscar empleo en la fábrica es la facilidad con que los contratan, no exigiéndoles nada, ni siquiera una mínima experiencia de trabajo con máquinas. El nivel educativo tampoco representa un obstáculo. El trabajo en la fábrica es sólo una operación rutinaria, repetitiva y mecánica. Como en la zona franca lo único que se busca es mano de obra joven y barata, poco calificada y ansiosa y necesitada de trabajar, condiciones que facilitan después un trabajo basado en la explotación, apenas existen requisitos. Sólo cuando alguna obrera o algún obrero, tras unas semanas de prueba, no logra un cierto nivel de producción, se le cancela el contrato. Producir mucho es lo único que se tiene en cuenta.

Cuadro 2


Con la inauguración de la fábrica, muchas madres se alegraron viendo que con una posibilidad de empleo más cercana a su comunidad sus hijos no tendrían que alejarse y vivirían más cerca de ellas. En algunos casos, ellas mismas animaron a sus hijos a abandonar otros trabajos lejanos para ir a la maquila. Otras madres, que por su pobreza no pudieron continuar pagando la educación de sus hijas, les aconsejaron que dejaran el aula y fueran a probar suerte a la fábrica para que pudieran costeárselos ellas mismas. Si mi hija estudiaba -dice una madre-, no comíamos, por eso ella se fue a trabajar a la zona franca, para así poder mantener sus estudios.

CUANDO LOS SUEÑOS SE ESFUMAN:
“DESISTÍ DE ESTUDIAR”

Volver a estudiar, continuar los estudios técnicos o universitarios impulsa a muchas jóvenes a la maquila. Fui a buscar el trabajo -cuenta una muchacha- porque cuando salí de quinto año de secundaria yo quería continuar estudiando y sacar una carrera, pero mis padres ya no podían gastar más. Yo pensé que con lo que yo misma ganara podría, pero no, no he podido realizar mis ideas. Aunque su sueño era emplearse como profesora y dar clases en la escuela de su comunidad, no vio más posibilidad de empleo que la fábrica. Pensaba que me podría pagar un curso de computación y estudiar los sábados. Lo pensaba, pero.... Pero la realidad fabril, que le exige cumplir con horas laborales cada sábado, hizo humo sus sueños.

Otra muchacha expone así sus dilemas: Para el año que viene quiero seguir estudiando, pero eso depende de la decisión que tome. Porque si sigo trabajando en la fábrica, no va a ser posible estudiar a la vez. ¿Por qué? Por lo cansado que resulta este trabajo. Sólo tendría los domingos para estudiar. Y no sé si en Ciudad Darío impartirán algún curso dominical. ¿Y si renuncio a mi trabajo para estudiar? Tampoco. ¿Con qué voy a tener para sostener mis estudios? Y en la fábrica no dan permiso para estudiar los sábados. Yo ya lo he solicitado y la respuesta siempre es no. Otra, que ya es bachiller, se lamenta: En la fábrica, las muchachas que somos solteras somos pocas y la mayoría si llega a trabajar es para mantener sus estudios. Pero esta ilusión que tenemos al entrar se va acabando. La empresa no da permiso, no tenés tiempo para estudiar nada. Y tenemos que decidir: o trabajamos o estudiamos.

Conocimos algunos casos donde las jóvenes intentaron realizar su sueño de estudiar, pero los impedimentos y las sanciones que les impone la dirección de la fábrica las hicieron renunciar pronto. Las que se han atrevido han sido sometidas a constantes presiones y en algunos casos, hasta despedidas. Pedí que me dejaran estudiar los sábados y no quisieron -cuenta una joven-. Me dijeron que si quería estudiar que mejor renunciara. Decidí no ir a trabajar los sábados para poder estudiar, pero la dirección de la fábrica me aplicó la sanción salarial, las pérdidas obligadas, todo eso... Desistí, ¿qué iba a hacer? Desistí.

Otra expresa: Cuando decidí entrar a estudiar, lo primero que hice fue solicitar permiso en la empresa para salir a medio día los sábados y llegar a tiempo a clase. Me negaron el permiso, la única opción que me quedó fue perder el día entero de trabajo y recibir la sanción salarial. Pierdes el bono de puntualidad, el séptimo día y el día de trabajo. Su decisión, además de las pérdidas económicas, le ganó la enemistad de su jefe de línea.

Entre las sanciones que se aplican en la fábrica están los llamados de atención: cada lunes se ven obligadas a firmarlos y los archivan en sus expedientes para que sirvan en eventuales despidos. Pero la sanción más fuerte y la más sentida, la que las obliga a desistir de sus planes y sueños es la deducción salarial cada quincena. Esta sanción reduce aproximadamente el 42% del total del salario devengado en una “quincena lisa”, que en esta fábrica es de 516 córdobas. Se trata de una pérdida drástica que agrava de inmediato la ya precaria situación económica de sus familias.

“YO YA ESTOY GRANDOTA PARA ESTUDIAR”

Un buen número de las obreras y obreros entrevistados apenas lograron aprobar la primaria completa, por las limitaciones de sus comunidades rurales, en donde a menudo las escuelas no logran cubrir la demanda de educación primaria y media, carecen de la infraestructura básica y de recursos humanos suficientes o están tan lejanas que resultan inaccesibles.

Son muchas las jóvenes que aceptan, resignadas, que estudiar no debe entrar sus planes. Yo ya no, yo ya estoy grandota -dice una-, me va a dar pena estar con los chavalitos pequeños, lo que me queda es buscar trabajo y en la zona franca es el único lugar donde me pueden contratar. Quienes piensan como ella, quienes declaran que no les gusta la escuela, ven reforzada su apatía por la maquila: allí no se motiva a nadie a empezar estudios ni a retomarlos, allí ofrecen un trabajo que no requiere ninguna preparación, allí el trabajo es tan duro y el cansancio que produce es tan profundo que cualquier otra actividad que no sea descansar y reponerse tiene significado.

EN SÉBACO SE REPITE
LA FÁBULA DE LA LECHERA

Además de ir llenas y llenos de ilusiones, todas y todos llegaron a la fábrica con temores. Con el temor de no estar preparados para trabajar en una fábrica. Con el temor de ser maltratadas. Por los comentarios que escuchaba en el pueblo -cuenta una muchacha-, conocí que en Sébaco habían abierto una zona franca, pero no me animaba a ir porque no sabía nada de lo que allí se hacía. Nunca había estado ante una máquina y me decían que me iban a poner de operaria. También tenía miedo por lo que decían de los chinos: que eran muy malcriados y que trataban mal a la gente. Pero fui. La realidad les enseñó a todas y a todos que la preparación era lo de menos. Y que el maltrato sería parte del paisaje en su nuevo trabajo. La realidad les ha enseñado, por sobre todas las cosas, que las ilusiones con las que llegaron a buscar trabajo se parecen mucho a las de aquella lechera de la fábula de La Fontaine de hace cuatro siglos y medio. Recordémosla:

Hace mucho tiempo, en una granja vivía muy pobre la joven Elisa. Una mañana la despertó su madre: Elisa, ve al pueblo, vende toda la leche que dé hoy la vaca, y todo el dinero que ganes por esa leche será sólo para ti. Elisa, que nunca había tenido dinero, se emocionó. Y empezó a soñar. Cuando ordeñó la vaca y llenó un cántaro bien grande, se fue al pueblo. Por el camino iba calculando lo que le pagarían por la leche. Y soñando en todo lo que haría con ese dinero. Primero, me compraré una cesta de huevos. Nacerán los pollitos, los cuidaré y cuando ya sean gallos y gallinas los venderé en el mercado. Y con el dinero me compraré un cerdito. Lo engordaré y cuando lo venda, con el dinero me compraré una ternera. Me dará mucha leche y venderé varios galones cada día y pronto podré tener mi propia granja y la pintaré de verde y le pondré una cerca y una chimenea y me compraré vestidos y zapatos y... y tan entretenida estaba Elisa con sus fantasías que no miró el camino y tropezó con una rama y el cántaro se le cayó de la cabeza y se le rompió. Perdió la leche, perdió el cántaro, perdió todos sus sueños... Perdió su ánimo, no supo que hacer, sólo lamentarse: ¡adiós mis pollitos y mis gallinas y mi cerdito y mi ternera y mi granja! Y colorín colorao, el cuento de la lechera miren ustedes cómo ha acabao...

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