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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 258 | Septiembre 2003

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Internacional

Tatuajes de pandilleros: estigma, identidad y arte

La juventud de todo el mundo está haciendo de los tatuajes una señal de identidad. ¿Qué significado tienen los tatuajes que marcan el cuerpo de los pandilleros? Partiendo de los tatuajes más usados entre los pandilleros del Reparto Schick de Managua reflexionamos sobre la identidad, el estigma y el arte expresados hoy con esta antiquísima manifestación cultural.

José Luis Rocha

Hoy más que nunca, la apariencia, el look, pregona lo que uno es. Los jóvenes a quienes se les coloca la etiqueta de hippies hacen del vestuario una militancia. En su forma cotidiana de presentarse proclaman su ideología: cada pieza del vestuario remarca sus opciones. Su vestuario es una prolongación de su cuerpo. Una extensión del fenotipo. Una manifestación de memes, para usar la muy feliz expresión con que el científico británico Richard Dawkins se refiere a los genes culturales.

Cada grupo somatiza su idiosincrasia, produce la encarnación de sus visiones. Incluso en diversas direcciones: mientras unos sectores sociales van al gimnasio al son de un cultivo casi helénico del cuerpo, los ricos de nuevo cuño-por ejemplo, los de la cúpula liberal alemanista en Nicaragua- emiten con sus abotagados cuerpos el mensaje de su creciente y desvergonzada prosperidad.

Historiadores de la vida privada como Prost, han hecho énfasis en que el cuerpo se ha convertido en el lugar de la identidad personal. Tener vergüenza del propio cuerpo sería sentir vergüenza de sí mismo. Más que las identidades personales, máscaras o personajes tomados prestados, más incluso que las ideas o las convicciones, frágiles o manipuladas, el cuerpo es la realidad misma de la persona.

La socióloga mexicana Rossana Reguillo considera que el vestuario, la música, el acceso a ciertos objetos emblemáticos, constituyen hoy una de las más importantes mediaciones para la construcción identitaria de los jóvenes. Entre esas mediaciones, los tatuajes, marcas indelebles en el cuerpo, se sitúan en un lugar preponderante y se han convertido en productores de identidad muy recurridos y eficaces. Los tatuajes encuentran su lugar en esa constelación de sentido donde el cuerpo exhibe lo que la persona quiere ser. El tatuaje es mediador entre el ser y el parecer. La verdad o falsedad, el secreto o exhibición de la persona depende de los tatuajes, de su presencia o ausencia, de su ubicación y de sus motivos.

ESCLAVITUD, SENSUALIDAD, GUERRA, MAGIA


La palabra latina para tatuaje es estigma. Entre las definiciones de estigma están: marca hecha con un instrumento afilado, marca para reconocimiento hecha en la piel de un esclavo o criminal y marca de culpabilidad. En cada época y cultura se ha atribuido a los tatuajes un sentido distinto. El tatuaje romano solía ser aplicado a los esclavos. El tatuaje egipcio estaba relacionado con el lado erótico, emocional y sensual de la vida. El tatuaje incaico estaba caracterizado por diseños gruesos y abstractos que se asemejan a los actuales tatuajes denominados tribales.

En muchas culturas, los animales han sido y son el tema más frecuente en los tatuajes, asociados tradicionalmente con la magia, los tótems y el deseo de la persona tatuada de identificarse con el espíritu del animal. En la antigüedad, también usaban tatuajes los guerreros para impresionar y asustar a los enemigos en el campo de batalla. Fueron así empleados por antiguas poblaciones de las Islas Británicas, que tatuaban sus caras y cuerpos preparándolos para la guerra. Posteriormente, algunos guerreros derivaron sus apodos de los tatuajes que exhibían. Durante mucho tiempo se supuso entre los guerreros que los tatuajes volverían invencibles a sus portadores.

Actualmente, para los pandilleros del Reparto Schick de Managua los tatuajes no tienen una finalidad mágica, sino un efecto de persuasión mediado por el sentido de los símbolos o por su mera exhibición en el cuerpo. Entre ellos los tatuajes son productores de identidad. También pueden estar relacionados con el lado erótico y sensual de la vida, aunque no menos que con su lado trágico, oscuro y doloroso. Como todo símbolo, sus tatuajes son también un dispositivo que produce relaciones sociales. O, como para los esclavos en tiempos del imperio romano, expresan ciertas relaciones sociales, adversas para sus portadores.

Antiguamente, el proceso del tatuaje era mucho más elaborado que en la actualidad. En muchas culturas era un ritual. En el antiguo Egipto, donde el arte de tatuar era patrimonio casi exclusivo de las mujeres, tatuarse era un proceso doloroso que la mayoría de las veces se usaba para demostrar valentía o confirmar la madurez, funciones que aún presenta y es posible observar tanto en los rituales de tribus de Nueva Zelanda como en el Reparto Schick.

UNA MARCA QUE ACTIVA EL RADAR SOCIAL


El tatuaje es un atributo que produce estigma. Esta afirmación suena obvia y nada polémica. Es capaz de conquistar el consenso. Nítida inferencia: el tatuaje es un dibujo en el cuerpo, los dibujos en el cuerpo desagradan a muchas personas porque pueden ser avisos sobre las malas intenciones de sus portadores, los tatuajes hacen que sus portadores sean mirados con suspicacia y rechazados.

En realidad, el problema no es el atributo en sí mismo. El estigma sólo es posible cuando ese atributo es cruzado con la variable de una categoría social. Todo un mundo de relaciones es el que hace de los tatuajes un estigma o apenas una “chavalada” (capricho de adolescentes). El tatuaje de un pandillero de Managua y el de un Miami boy que regresa a Managua motivan distintas categorizaciones. Como dijo el sociólogo canadiense Erving Goffman, todo depende de la decodificación de la audiencia.

Hoy, los tatuajes se han puesto de moda en diversos estratos sociales nicaragüenses. Jóvenes de clase media y alta también se tatúan. Pero los tatuajes tienen una valoración distinta en su medio. Por eso las muchachas también pueden y suelen tatuarse. En cambio, en los barrios marginales de la capital es muy difícil encontrar muchachas tatuadas: el tatuaje las identificaría inmediatamente como vagas, drogadictas y libertinas, atributos que en nuestra cultura son infinitamente más censurables en las mujeres que en los hombres.

El rasgo más importante para que los tatuajes activen el radar social es su ubicación. Los tatuajes de la clase media y alta se roturan en sitios ocultos (abdomen, glúteos, ingle, pecho) o en lugares que permanecen cubiertos en situaciones formales (brazos y piernas). Los tatuajes de la clase baja están en sitios muy visibles (manos, cuello, rostro). Y cuando están en las piernas, el pecho o la espalda, se les mantiene expuestos a la vista pública por la costumbre de andar sin camisa y en pantalones cortos. En el caso de los pandilleros, la localización del tatuaje también puede informar sobre su nivel de protagonismo: sólo los más arrojados se tatúan en el rostro. Esa ubicación puede distinguir a los que son meros seguidores de los que “van sobre” y se sitúan a la vanguardia durante las batallas. Por eso es más frecuente el tatuaje en la cara entre quienes han estado en prisión. La antropóloga Margo Demello sostiene que si el cuerpo sirve como lugar donde género, etnia y clase están marcados, los tatuajes y su proceso de inscripción crean en sí mismos un cuerpo cultural y mantienen límites sociales muy específicos. Expresan la posición social que el cuerpo ocupa. El mundo de las relaciones y jerarquías sociales es el que institucionaliza el tatuaje y lo eleva a rango de identificador de un grupo, de una categoría social, del prestigio o la mala reputación, siempre asociados a una conducta y a otros rasgos.

EL REVELADOR DE UN ESTIGMA


El tatuaje puede hablar de la condición estigmatizada de quien lo porta. Porque el tatuaje está destinado a transmitir información social: Dice Goffman: La información, al igual que el signo que la transmite, es reflexiva y corporizada: es transmitida por la misma persona a la cual se refiere.

La construcción social segregadora adquiere expresión somática (tatuajes, cicatrices, forma tosca del cuerpo, bastedad de los rasgos faciales) o cosmética (atuendo, tintes y cortes de pelo de baja calidad). ¿Por qué ocurre esto? El uso del tatuaje, ¿es la aceptación del estigma por el sujeto estigmatizado? ¿Le devuelve así a la sociedad su creación llevada al extremo? ¿Es una forma de pregonar su condición para encontrarse con sus iguales? ¿Es efecto del paladar socialmente condicionado? Puede ser todo esto a un mismo tiempo. A diferencia del estigma físico, el estigma netamente social, aunque no carece de expresiones físicas -de somatización y ornamentación-, es una construcción en la que desde su origen intervienen el sujeto estigmatizado y la sociedad. El su-jeto adopta un estilo y lo acompaña de unos arreglos que acentúan el estigma y lo pregonan. La sociedad proporciona el nicho de sentido para ese estigma y aplica las sanciones.

EL PANDILLERO SE EXHIBE Y SE DENUNCIA


Con el tatuaje, el sujeto estigmatizado adopta un rasgo que, en su clase y en la forma como su clase lo estila, la sociedad no acepta. El tatuado parece autoestigmatizarse. La sociedad introyectada lo estigmatiza. De hecho, él sabe que la sociedad lo evalúa, clasifica y juzga guiándose por su presentación: cuerpo y cosmética. Con el tatuaje, el pandillero abona el prejuicio social, lo provoca, lo desafía. Como carece de estigma físico, el rechazo social introyectado busca una somatización para que el sujeto se denuncie.

Y puesto que al tatuaje se asocia una elaboración teórica que racionaliza la animosidad basada en otras diferencias -como la clase social- y explica tanto la inferioridad como el carácter letal de su portador, el tatuaje se convierte en la provocación que saca a la luz todos los prejuicios sociales latentes o subdesarrollados, y logra que todos ellos alcancen su clímax. Los tatuajes controlan la percepción de los demás. Son eficaces inductores de interpretación, manipuladores hermenéuticos.

El estigma se materializa en el tatuaje. Y se vuelve tan permanente como el color de la piel. Sin ser signos congénitos, los tatuajes son una marca permanente. El tatuaje visibiliza un estigma que podría permanecer relativamente oculto. Al menos, no tan visible físicamente. El tatuaje, así como la forma de vestir, crea una deformación física que no existía. Previene y provoca al transeúnte contra su portador. Un delincuente común quiere operar de forma solapada. El pandillero tatuado se denuncia ante sus víctimas potenciales. Mientras el ladrón premeditado disimula e intenta no delatarse, el pandillero se exhibe. Situado en las antípodas del cálculo del ladrón profesional, el pandillero muestra espontaneidad en la elección de su víctima, irracionalidad en su arrojo, improvisación de sus recursos y rasgos que denuncian su propósito: los tatuajes del curriculum, la jerga que activa una alarma, la forma de caminar.

El tatuaje tiene la propiedad de relegar, marginar. Como todo símbolo, el tatuaje provoca un diálogo y crea relaciones, o recrea las relaciones, reproduce y exacerba marginaciones. El estigma previamente existente de la marginación se cristaliza en las señales distintivas del pandillero y éste se convierte en un militante de su estigma. Los tatuajes, el particular atuendo, la manera de hablar y la forma de caminar son la señal, el aviso, de que ellos se inscriben en el grupo de los desacreditados. Provocan su desacreditación, levantan la sospecha. Procuran que sea perceptible su condición de estigmatizados, rebeldes y divorciados del orden establecido. Logran ser definidos por los demás en términos de su estigma.

TRANSFORMANDO EL ESTIGMA EN EMBLEMA Y EN PRESTIGIO


Muchos de los nombres de las pandillas de Managua tratan también de corroborar el estigma, con la marginación y reputación de “dañinos” que tiene aparejada: Los Sangrientos, Los Sucios, Los Poseídos, Los Perro Mojado, Los Nazis, Los Diablos Rojos, Los Polvosos, Los Chupa Cabra, Los Pumas, Los Infernales, Los Alacranes, Los Frijoleros, Los Despeinados y Los Malditos. Son nombres que evocan marginalidad, desaliño e intención de infundir temor. El mismo cometido tienen algunos de los apodos de los muchachos:

Vaca Chela, Cascabel, Ñaña de Tigre, Chocorrón, Pelón, Siete Ñañas, Calandraca, Mano Negra, Caga Bate, Fantasmón, Cuervo, Tres Ojos. Pero ese alias que en otros evoca marginación y baja autoestima, se constituye en un elemento de identidad grupal, una especie de clave, de ‘santo y seña’ que se recibe del grupo. Una fuente de prestigio y respeto, una forma de torcerle el brazo a la maledicencia y pasarla a signo positivo.

En los tatuajes y en estos apodos, el estigma se vuelve emblema. Son una inversión existencial y social en la piel. Como en los reclusos de California, son un acto subversivo para restablecer la autoridad sobre su cuerpo y retar al sistema que intenta controlarlo. Una forma de afirmar la posesión de su cuerpo y su identidad. En definitiva, una forma de controlar su definición de sí mismos y sus experiencias de vida, antídoto contra el caos que los rodea.

Reguillo sostiene que si algo caracteriza a los colectivos juveniles insertos en los procesos de exclusión y de marginación es su capacidad para transformar el estigma en emblema, es decir, hacer operar con signo contrario las calificaciones negativas que les son imputadas. Y cita como ejemplos, la dramatización extrema de algunos constitutivos identitarios como el lenguaje corporal, el uso transgresor del discurso o la transformación a valencia positiva del consumo de drogas como prueba de ‘virilidad’ y desafío a las ‘buenas conciencias’. Puede citarse también el aumento de prestigio al interior de ciertos colectivos a medida que crece el expediente carcelario.

Los apodos y los tatuajes se convierten así en un signo de prestigio como lo son las charreteras para los militares, las corbatas para los ejecutivos, los blazers para las ejecutivas, los collares para muchas mujeres y los dientes de oro en ciertos sectores sociales. Es un signo de prestigio por el temor que infunde y el valor artístico que le es intrínseco. Después de todo, el pandillero trata de construir el buen nombre de su grupo, aunque se trate de Los Cartoneros o Los Malditos. O precisamente partiendo de esa base.

EL PODER DE LOS APODOS: “NO ME DIGAS DANILO”


Cuando reiteradamente llamé a un pandillero del Reparto Schick por su nombre, me corrigió: No me digás Danilo, decime Chayanne. Hay muchos Danilos en el barrio y sólo un Chayanne. Él había cultivado fama para Chayanne y ese esfuerzo no podía quedar sin reconocimiento. Su expediente delictivo está asociado al nombre Chayanne. Incluso sucedió que, sin mediar otro tipo de identificación -porque parecía superflua, frente a la evidencia del apodo-, la policía aprehendió a ese Chayanne por el crimen que cometió el Chayanne de otro barrio.

El apodo y los tatuajes le ayudan a dramatizar a su personaje. Tanto los apodos como los tatuajes hacen un zoom sobre los personajes que los pandilleros buscan representar. Dan a conocer al personaje que caracterizan. Reguillo observa: A este proceso de ‘hacerse reconocer’, le llamo ‘dramatización de la identidad’. Esa dramatización extrema es lo que Goffman llama personificación: interpretar su personaje. Como esas señales exacerban lo que son, conducen a un fundamentalismo de los símbolos, por toda la carga emocional en ellos invertida y el ejercicio de la identidad propia en contraposición a la de otros. De ahí que los pandilleros odien, más que a nada en el mundo, a sus iguales de otro signo.

El uso de estos seudónimos no está destinado a limpiar el expediente y borrar el estigma, sino a realzarlo y ponerlo en la palestra. Los seudónimos pregonan una identidad personal distinta, pero la nueva identidad registrada en el apodo no siempre produce aceptación social, evita la identificación personal o es de uso exclusivo de los miembros de su comunidad. El apodo es de uso común, exhibe el estigma y es la pista más simple para que un pandillero sea identificado y ubicado por la policía. Es la tarjeta de presentación más corriente.

La adopción del apodo tampoco se puede considerar un rito de paso porque no existe una fractura radical entre la forma de vida actual y el pasado del pandillero. En muchas ocasiones el apodo ha sido puesto desde la niñez y no coincide con su transfiguración en pandillero, como sí ocurre en el filme brasileño Ciudad de Dios con Dadito, rebautizado como Ze Pequeño cuando da un salto de nivel delincuencial, asume el monopolio del mercado de la droga y se convierte en el jefe indiscutible de la pandilla de su barrio. Los pandilleros del Reparto Schick llevan sus apodos desde muy pequeños. El expediente de pandillero consigue abonarle dignidad al apodo. Portar un apodo es, como tatuarse, una forma de hacer que el estigma -defecto, característica irrisoria, apodo infantil- se convierta en emblema: Antes yo era un gordo, ahora soy el Gordo Nacho, famoso en todo el Reparto Schick. Ese nombre hace temblar a los traidos y policías, da curiosidad a las muchachas, gana respeto entre los bróderes.

DRAGONES, MONJES, CORONAS DE ESPINAS, BRAZALETES DE PÚAS


Los tatuajes expresan significado en la vida de los pandilleros del Reparto Schick, tal como ocurre entre los reclusos californianos. Ejercen la función simbólica del lenguaje, esa misma que, según el semiólogo francés Roland Barthes, permite a los hombres construir ideas, imágenes y obras, no bien sobrepasan los usos estrechamente racionales del lenguaje. Los tatuajes son fruto de la producción de sentido de sus portadores.

Aunque algunos sean colocados a capricho, muchos son marcas referidas a hitos en la vida del pandillero: la ruptura con una novia, asesinatos cometidos, la muerte de un amigo, el llanto que han arrancado a sus madres, la pertenencia a una pandilla, etc. Los pandilleros llevan su historia inscrita en la piel. Se han tornado cuerpos comunicantes. Los tatuajes cuentan y exhiben su biografía y muestran las contradicciones en las que se debaten, pues en un mismo cuerpo coexisten vírgenes y diablos, ángeles y demonios, lágrimas y payasos, amores y desaires expresados en corazones atravesados por puñales o espinas. Un tatuaje puede fundir sufrimiento y belleza.

Por eso es tan importante el papel del tatuador, que debe ser un intérprete, porque en esa domesticación del cuerpo a manos de la cultura el tatuaje está destinado a ser un mediador entre el mundo externo y el interno. Por eso Rossana Reguillo afirma: Pensamos pues que el tatuaje -logrado a través del diálogo entre el artista y el sujeto- exterioriza unas relaciones que ya existen interiormente en el sujeto. Podemos decir que el tatuador es un artista en permanente búsqueda: cazador de ideas proyectadas en los claroscuros laberintos de la piel, un viajero de los sueños que emergen por los poros, a cincelazos. Los tatuajes tienen múltiples sentidos. Reguillo habla de que la muerte, Cristo, el diablo en contraposición con la afectividad objetivada a través de la imagen de lágrimas, corazones, rostros de mujer, etc., hablan de un mundo de miedos y aspiraciones, de esperanzas y de dolores.

Entre los pandilleros del Reparto Shick destaca su preferencia por los signos o tatuajes tribales, como el que aparece en esta página y los dos primeros de la página siguiente. Según Hermógenes Pinzón, de La Pradera, los tribales son signo de que te sentís poseído por la droga, de que estás adentro de la droga. Posiblemente, ése no era su sentido original. Pero la droga, que ahora mucho empapa, ha devenido omnipresente en todas las explicaciones. El hecho de que un tatuaje entre dentro de la categoría de los tribales parece ser suficiente razón para que sea deseable y un pandillero lo exhiba.



Algunos semejan el boceto de un dragón, o bien figuras góticas, como las casi omnipresentes gárgolas o los monjes satánicos, tan frecuentes. Wilson Arce nos decía que el monje que lleva tatuado, atravesado por un puñal y con llamas en su interior, mantiene el rostro oculto en memoria del traje que él usaba, de color negro, con el cual se cubría la cara. Las llamas y el puñal simbolizan el infierno que amenaza a los pandilleros. A veces el monje aparece leyendo un libro entre llamas: Es por los planos que hacíamos nosotros para atacar los barrios de los traidos. El libro también puede ser sobre cosas maléficas. Y agrega: Nos gusta tatuarnos monjes porque ellos, como nosotros, sólo viven en lo oscuro, no duermen, se visten de negro, usan un gorro que les cubre la cara. Todo igualito que nosotros.

Muchas de estas figuras son empleadas como formato base de los graffiti en las paredes y muros, porque en su abigarrada urdimbre de trazos los pandilleros pueden intercalar sus nombres, los de su barrio o los de sus novias y amigos, en una especie de lenguaje cifrado que sólo los iniciados pueden interpretar. Cuanto más críptico es el mensaje, mayor es el orgullo de su autor.






Proclamar que los tatuajes se los hicieron en estado de ebriedad o bajo los efectos de la coca o la marihuana es una de las excusas más manidas. Fue también usada por Eminen, el tan intencional como lucrativamente controvertido rapero estadounidense -originario de un barrio marginal-, cuando se le preguntó por uno de sus primeros tatuajes: admitió que era un signo tribal, pero dijo que no recordaba su significado porque estaba borracho cuando se lo hizo.



La corona de espinas, en sus diversas modalidades, simboliza atadura, sometimiento a un estilo de vida que implica dolor y sufrimiento. Algunos aclaran que no se trata de la corona de espinas de Jesucristo. Probablemente ninguno sabe que los tatuajes, habituales durante el imperio romano, fueron prohibidos por el cristianismo. Pero no se les escapa que están reñidos con todas las denominaciones actuales de la cristiandad. Y aunque no son infrecuentes los motivos piadosos, abundan más los de carácter -estimado, por ellos, y a mucha honra- como “satánico”.



Los brazaletes son el símbolo más usado. En general, el tatuaje juega un papel de marca identitaria. Distingue a su portador de quienes no lo tienen. Pero opera por niveles de identidad: persona, pandilla barrial, grupo generacional marginado. Si determinados tatuajes tribales identifican a sus poseedores con una pandilla específica, los brazaletes, a veces salpicados por púas, parecen ser símbolos generacionales y de estrato social. El hecho de ser los más comunes los convierte en insignias de un grupo de edad y de un estilo de vida en los barrios populares. Mediante ellos, pasan de la búsqueda de una identidad grupal a la construcción de una identidad generacional de cierto grupo de marginados. Todos sus portadores coinciden en que los brazaletes representan la rebeldía por la que han optado.



EL PAYASO, UN TATUAJE CLAVE


La mayoría de los pandilleros se tatúan un payaso que se ríe de los otros, de los enemigos. No es el payaso típico. Su sonrisa debe ser diabólica y a menudo aparece fumando un puro de marihuana, mostrando de esa forma que se ríe de las drogas y que exhibe impúdicamente el placer que se deriva de su consumo. A veces, del cabello del payaso brotan llamas infernales. Son muy convenientes para realzar su carácter satánico, que en el imaginario pandilleril está asociado a ser llamativo e inspirar respeto. Los tatuajes deben inspirar respeto en el seno de un mundo violento. Pueden ser el equivalente de una mirada permanentemente intimidante, de un ceño fruncido que se fosiliza para inspirar temor. Éste es un elemento clave. La definición de pandillero, como contrapuesto a vago, es según el pandillero Wilson Arce, la del joven que se viste bien, se viste cholo, a veces de negro, su cara es seria, como un monstruo, da miedo.

La risa del payaso es su rasgo más imprescindible. ¿Es risa burlesca? ¿Es risa histérica? ¿Es risa coqueta? La risa puede ser una burla de los enemigos, como la que representa, según Norwin Peña, el tatuaje de un dragón con alas: Significa que me río porque me salgo con la mía y no me castigan. La risa puede ser la risona que sobreviene cuando se fuma un buen churro de marihuana, al que también está asociada la excitación sexual. La droga, el erotismo y lo diabólico estaban fuertemente vinculados en el imaginario medieval de la brujería y la inquisición. El payaso amalgama estos tres elementos.



LA RISA Y LAS LÁGRIMAS, LA VIDA Y LA MUERTE


La imagen del payaso se opone a las lágrimas, también un motivo consuetudinario de los tatuajes. Las lágrimas tatuadas se emplazan en sitios visibles del cuerpo. Generalmente en el rostro. El payaso se ubica en zonas que la ropa oculta. El payaso es motivo de graffitis, en las paredes y otros espacios públicos. Y se dibuja en el cuerpo o en la casa -de alguna manera, materialización del cuerpo familiar- siempre en grandes dimensiones.

Las lágrimas jamás se dibujan sobre objetos y, tatuadas en el rostro, no exceden de su tamaño natural. Remiten a lo real humano y su representación está constreñida por la experiencia inmediata y sus reglas, por las exigencias del sentido de realidad. Las lágrimas representan lo que Reguillo definió como la dimensión terrenal, elementos que rodean la cotidianidad de los actores y que son en alguna medida constatables. El payaso evoca lo fantástico, las aspiraciones, el salto de la imaginación -más catapultada aún por la droga- y el estado excepcional que es la fiesta. Su risa -la que muestra y la que está destinado a provocar- es provocadora. Es un desafío a la comunidad de los severos, ortodoxos y sujetos a las normativas más rígidas.

La risa era considerada ilícita por el venerable Jorge, recalcitrante monje de El nombre de la rosa, quien también despreciaba esos dragones, tigres y demás animales fantásticos que antes adornaban la arquitectura religiosa medieval y ahora reaparecen como imágenes inspiradoras de los tatuajes. Para el venerable Jorge, la risa sacude el cuerpo, deforma los rasgos de la cara, hace que el hombre parezca un mono. La risa es signo de estulticia. El que ríe no cree en aquello de lo que ríe, pero tampoco lo odia. La verdad y el bien no mueven a risa. Por eso Cristo no reía. La risa fomenta la duda. En definitiva, el venerable Jorge pensaba que la risa nos acaba arrastrando a una fiesta de locos. Y los locos, como los pandilleros, suelen desafiar el orden establecido.

Vladimir Propp estudió el sentido -o los sentidos- de la risa en la tradición popular de los cuentos folklóricos rusos, europeos y de otras culturas. En su análisis del cuento de la princesa Nemesyana -en ruso significa que no ríe-, Propp analiza los usos y desusos de la risa, su papel y el significado de su prohibición: Podemos observar que el vivo que penetra en el reino de los muertos debe ocultar que está vivo, en caso contrario provocará la ira de los moradores de este reino como un ser impío que ha atravesado el umbral de lo prohibido. Al reírse se delata como vivo.

Propp encontró que la risa prohibida ritualmente no sólo se da en los relatos, sino en la vida ritual, sobre todo en los ritos que representan el descenso a la región de la muerte y el retorno de ella: ritos de iniciación de los jóvenes cuando alcanzan la madurez sexual. La risa no sólo acompaña el ingreso a la vida, también lo provoca. La risa, prohibida en la región de la muerte, acompaña el paso de la muerte a la vida.

Entre las pandillas, el payaso que ríe refleja un anhelo por dar ese paso de la muerte a la vida. Por transformar las lágrimas en risa. El antropólogo Desmond Morris sostiene que la sonrisa y la risa son señales únicas y bastante especializadas; en cambio, el llanto lo compartimos con millares de especies. El llanto es más espontáneo y su manifestación es más precoz: Las manifestaciones rítmicas de llanto se manifiestan desde el momento de nacer. La sonrisa llega más tarde, aproximadamente a las cinco semanas. La risa no aparece hasta el tercer o cuarto mes. La risa y el llanto comparten el hecho de ser reacciones emocionales, contracciones musculares, acompañadas de apertura de la boca, respiración exagerada y, a veces, humedad en los ojos. Y aunque se dice lloró de tanto reír, el cronograma evolutivo sugiere que reímos de tanto llorar. El payaso que ríe evoca esa evolución, y por eso es un ideal para el pandillero que lo tatúa en su cuerpo.

UN TEXTO ABIERTO A MÚLTIPLES SIGNIFICADOS


El tatuaje no es sólo un texto abierto a diversas interpretaciones, sino un texto que segrega varios significados al mismo tiempo. Es un hipervínculo que conduce a muchas rutas de sentido y desecha el teorema del tercero excluido, fruto de un maniqueísmo cognoscitivo. Por medio de ese dispositivo, los pandilleros logran poner muchas cosas juntas en una nueva relación intuitiva para producir su propio mundo de cosas, como descubrió el antropólogo británico Dennis Rodgers parafraseando a Walter Benjamín. Los tatuajes nos introducen a una dimensión donde el rigor de lo unívoco no tiene cabida porque se imponen los caprichos y creatividad de la polisemia. En decir de Roland Barthes, los símbolos tienen sus derechos y van más allá de esas cuantas libertades residuales que la letra se permite dejarles. Así lo vemos en esta expresión de un pandillero: Somos muerte arriba, palabras que significan disponibilidad para asumir riesgos, posibilidad de morir repentinamente, disposición a matar a alguien en cualquier momento o desprecio de la muerte.

Las lágrimas tatuadas, uno de los símbolos más ambiguos, tanto en el Reparto Schick como en El Salvador y en la penitenciaría estatal en Folsom, California, tienen muchos significados: haber estado en prisión, amigos muertos por pandillas rivales, personas que el tatuado asesinó. El lenguaje no es susceptible de una traducción unívoca. Sólo el positivismo literario apuesta por relaciones expresas y conscientes. Porque, de hecho, todo símbolo es portador de un significado y de múltiples sentidos. Por eso, y por la ambigüedad que caracteriza al símbolo, la risa del payaso puede tener tantos sentidos, e incluso sentidos enfrentados.

Reguillo sostiene que si el palimpsesto ha sido una figura clave para interpretar los procesos de apropiación y resistencia de las culturas populares, hoy es la figura del hipertexto la que mejor permite acercarse y comprender los procesos de configuración simbólica y social de las culturas juveniles. El hipertexto, más que una reescritura (como lo implica el palimpsesto) supone la combinación infinita y los constantes ‘links’ que reintroducen permanentemente un cambio de sentido tanto en su acepción de dirección como de significación.

LA GLOBALIZACIÓN DE LOS TATUAJES Y LA LOCALIZACIÓN DE SU SIGNIFICADO


Los tatuajes se han globalizado. Son los mismos en Berna, en Guadalajara y en el Reparto Schick. Tienen un carácter universal que se puede constatar visitando los sitios web de los virtuosos del tatuaje. Los tres puntos dispuestos como vértices de un triángulo los comparten decenas de pandilleros nicaragüenses y californianos. En Managua, esos tres puntos identifican a las pandillas de los “sureños”, enfrentadas a las pandillas de los “norteños”.

La minúscula cruz que muchos pandilleros del Reparto Schick tienen tatuada entre el dedo pulgar y el índice es muy popular entre los pandilleros californianos, donde se le conoce como pachuco cross. Los pachucos proliferaron después de la Segunda Guerra Mundial y eran, según Octavio Paz, bandas de jóvenes, generalmente de origen mexicano, en las ciudades del Sur de los Estados Unidos, singularizados tanto por su vestimenta como por su conducta y su lenguaje. Rebeldes instintivos, contra los que se ha cebado más de una vez el racismo norteamericano.

Los tatuajes representan símbolos universales. A veces reproducen símbolos comerciales globalizados, como el de la transnacional Nike. Y aunque suelen tener un significado universal, son rebautizados en cada barrio para dotarlos de un significado local. No obstante ser un dispositivo muy a propósito para insertarse en la globalización, se les reconvierte a una dimensión microfocalizada: son un híbrido de lo que Gorostiaga denominó lo glocal, fusión de la aspiración global y los aterrizajes locales. Muy pocos tatuajes son originales y exclusivos de un individuo o grupo. Los de mayor demanda parecen estar seleccionados de una gama muy reducida, sobre la cual se pueden realizar variantes que transmiten la especificidad de su portador o el sello específico del artista tatuador. Por eso es preciso que éste sea un erudito de los tatuajes, una especie de sacerdote de una tradición que se transmite de cuerpo a cuerpo.

LA HISTORIA MARCADA EN LA PIEL Y PARA SIEMPRE


De la mano de Erving Goffman se podría especular sobre si estos símbolos cumplen o no la función asignada por sus portadores: Cuando dichos signos son demandas de prestigio se los puede denominar puntos; en caso de que desacrediten reclamos tácitos, se los puede llamar errores.

Los tatuajes tienen una ambigua cualidad. Son signos de inclusión en determinado grupo y de exclusión del mundo social más amplio. El pandillero se siente amarrado y comprometido con esa identidad, que le abre las puertas en determinados ambientes y se las cierra en otros: le gana respeto en la cárcel y entre los jóvenes de la pandilla, le convierte en blanco predilecto de la policía, le clausura oportunidades de empleo. A los portadores de los tatuajes, por el hecho de compartir el mismo estigma, les espera una muy semejante “carrera moral”.

El tatuaje se convierte en un denunciador muy efectivo del estigma: los pandilleros, incluso retirados, son los primeros en ser detenidos. Sus casas, las primeras en ser cateadas. En las calles son mirados con suspicacia y temor. Y todo este comportamiento refuerza y prolonga la validez del estigma. El pandillero puede llegar a sentir, como los reclusos estudiados por la antropóloga norteamericana Susan Phillips, que su cuerpo lo ha condenado. Queda recluido en una cárcel cultural cuyos barrotes él mismo contribuyó a forjar. Las categorías de persona -su identidad social- disponibles para él no eran muy abundantes. El tatuaje las redujo a una sola con varios sinónimos: vago, pandillero, delincuente, antisocial. Y esto funciona tanto exterior como interiormente, porque el tatuaje moldea no sólo el cuerpo, sino también la psique.

Aunque los portadores del tatuaje, por medio de ese sello indeleble, quieren inicialmente que la etapa en la que se tatuaron valga por sí misma, posteriormente ésta se les convierte en un fardo al que no pueden renunciar. Mientras los adultos conceptualizan la juventud como una etapa de tránsito, valorada por lo que será o dejará de ser, los jóvenes dejan en su cuerpo esos recuerdos inamovibles, señales para que la juventud los acompañe siempre. Los tatuajes hacen que, aunque sean despojados de todo, sus portadores lleven en la piel su historia y pregonen su no arrebatable identidad. El problema es que -contra su voluntad- los tatuados pueden quedar anclados en un pasado aun cuando haya dejado de ser atractivo para ellos. Por eso pueden empezar una lucha entre su identidad interna y su apariencia física.

TAMBIÉN UNA PROTESTA POLÍTICA Y UN AFÁN DE TRASCENDENCIA


La actitud hacia los tatuajes cambia notoriamente en dependencia del interlocutor, suscitando palmarias contradicciones. Nelson Carballo, El Chapulín, dice de todas las figuras dibujadas en su cuerpo: Esto me lo hice en la loquera, cuando estaba drogado. Así bueno y sano no me lo hago. Más bien quisiera borrarlos. Pero, mientras me lo explicaba, se paseaba por las calles vistiendo un chaleco que dejaba todos sus tatuajes al descubierto. De hecho, muchos pandilleros, aun cuando han dejado atrás la belicosidad de su militancia, continúan haciéndose tatuajes, conscientes plenamente de que contribuyen a perpetuar su estigma, la segregación de que son objeto y las suspicacias de la policía. Y es que otras de las funciones del tatuaje continúan manteniendo su atractivo.

La mayoría se sigue tatuando porque considera los tatuajes como una manifestación artística y, quizás, como una inusitada forma de protesta política. Están en la línea de los hallazgos de Reguillo: La anarquía, los graffitis urbanos, los ritmos tribales, los consumos culturales, la búsqueda de alternativas y los compromisos itinerantes, deben ser leídos como formas de actuación política no institucionalizada y no como las prácticas más o menos inofensivas de un montón de desadaptados.

Medio siglo atrás, el sicoanalista Erich Fromm habló de la violencia compensatoria, sustituta de la actividad productora de una persona impotente. Afirmó que el ser humano se siente impulsado a dejar su huella en el mundo. Quiere, dentro de ciertos límites, transformar el mundo. Esta necesidad humana está expresada en las primitivas pinturas de las cavernas, en todas las artes, en el trabajo y en la sexualidad.

La capacidad para usar así sus facultades es ‘potencia’. Si, por motivos de debilidad, de angustia, de incompetencia, el individuo no puede ‘actuar’, si es impotente, sufre. El individuo impotente, si tiene una pistola, un cuchillo o un brazo vigoroso, puede trascender la vida destruyéndola en otros o en sí mismo. Así, ‘se venga de la vida porque ésta se le niega’. La violencia compensadora es precisamente la violencia que tiene sus raíces en la impotencia, y que la compensa. El individuo que no puede crear quiere destruir. Creando y destruyendo, trasciende su papel como mera criatura.

DEPORTE Y EMPLEO, ¿POR QUÉ NO ARTE?


En el rap, en los tatuajes y en los graffitis los pandilleros están emitiendo mensajes que quieren ser interpretados. Son manifestación de ansias artísticas insatisfechas y de un deseo de trascendencia. La otra vía por la que esas ansias se manifiestan es la de la violencia, la compensación por medio de la violencia. Donde no hay condiciones para la creación, se recurre a la destrucción. En el seno de una avalancha de programas orientados hacia el “desarrollo integral de la juventud”, aparecen el deporte y el empleo como panaceas contra la violencia juvenil. Ignoran que la mayor parte de los pandilleros practican deporte y que muchos de ellos tienen empleo. Esas políticas y programas no proponen, en cambio, oportunidades concretas de expresión del arte y de interpretación de las manifestaciones artísticas y políticas de las que hablan los tatuajes.

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